El manuscrito de las almas Capítulo 33 #3
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Capítulo 33 #3

Flora estaba en lo cierto y yo había acertado en que tenía un miedo irracional a la oscuridad. Era el momento de tomar ventaja.

—¡Margery! —dije forzando una voz tan grave como pude—. ¡Margery!

La niña giró la cabeza en mi dirección, pero no pareció verme. La penumbra nos cubría a ambos, aunque percibí las bolas brillantes en las que se habían convertido sus ojos.

—¿Quién ha dicho eso? —Las palabras le temblaban—. ¿Quién anda ahí?

Dejé que el silencio incrementase la tensión que flotaba en el ambiente. Margery volvió a repetir las mismas preguntas mientras retrocedía. Terminó apoyada sobre la pared que había frente a mí y comenzó a desgañitarse. Se tumbó de lado y se ovilló sobre sí misma mientras el llanto la invalidaba.

—¡Margery! Si quieres salir de aquí, tendrás que responder a una pregunta. ¡Solo una! Pero has de decir la verdad o terminaré contigo.

No respondió. De no ser por los gemidos, habría pensado que se había desvanecido. A juzgar por la ansiedad de su voz no tardaría mucho en hacerlo.

—¡Margery! ¡Dime! ¿Dónde guardas tu libro, ese que te concede la vida eterna?

Contuve la respiración. La pregunta bien podría haberle desvelado mi identidad. Sin embargo, la niña no se encontraba en sus cabales y no reaccionó.

—¡Habla! —exigí.

—¡No lo sé! De verdad que no… —Entonces hincó la frente en el suelo, enterró la cabeza entre los brazos y se tapó los oídos.

De repente la puerta principal se abrió con violencia y la luz de la noche dibujó la senda hacia la salida.

Era Bob que, con presteza, se acercó a la niña con su habitual contoneo.

Desde mi posición, vi cómo Margery no respondía a las palabras ni zarandeos del sepulturero.

Este no se dio por vencido y agarró la muñeca de la niña, que seguía inconsciente.

Luego tiró de ella hacia la puerta, con la dificultad que suponían sus propias limitaciones físicas.

No obstante, el coraje de Bob consiguió sacarla al exterior, donde Margery volvió a abrir los ojos.

Bob continuaba bajo el pórtico, con la respiración exaltada, cuando de súbito torció el cuello y su mirada sombría me atravesó como una flecha.

Su semblante taciturno me intimidó. Parecía estar amenazándome de forma velada, aunque no fuese posible.

No podía saber que yo era quien se ocultaba entre las sombras.

Desde que este apareciese para rescatar a Margery había permanecido inmóvil.

Sin embargo, Bob no despegó la vista de la posición exacta en la que me hallaba, aunque no hizo nada más que volverse hacia la niña.

Poco después, se alejaron de allí y la calma regresó al lugar.

Todavía desconcertado, salí asegurando cada paso que daba. Aún debía pasar desapercibido, aunque no tenía la seguridad de si eso seguía siendo posible, dadas las circunstancias. Varias casas más allá me encontré con Flora, que vigilaba desde ahí la casona.

—¿Lo has conseguido? —inquirió. Negué con la cabeza—. ¿Qué ha pasado?

—Tenías razón, la oscuridad la estaba asfixiando. Estaba doblegada, totalmente derrotada, pero ha aparecido Bob y se la ha llevado.

—Maldición. Tendremos que volver a intentarlo…

—No —la interrumpí—. Margery no sabe dónde están los libros. He sentido el pánico cuando me lo decía. Creo que es cierto, que ella no tiene esa información. Tendremos que buscar otro modo.

—De acuerdo, Roy, pero será mañana. Para cuando lleguemos a la casa del padre Philip, apenas quedarán unas horas para el amanecer. Tenemos que descansar y pensarlo con la cabeza despejada.

Se lo concedí, aunque me sentía contrariado. Los renegados ya sabrían que no había cejado en mi empeño de hacerme con sus libros, así que podrían prepararse. Todo el tiempo que dejásemos pasar era ventaja que estábamos despilfarrando.

Flora y yo no charlamos durante el camino de vuelta, más por mi decepción que por el cansancio en sí.

Sin mediar palabra, en cuanto accedimos a la choza, nos tumbamos sobre las mantas que nos hacían de lecho.

Ella se durmió pronto, pero yo no dejé de retorcerme en el suelo, agitado por la incertidumbre y la impaciencia.

Tuvieron que pasar horas, o quizá solo minutos, no lo pude saber, hasta que logré desconectar la mente.

Y, en ese endeble duermevela, el sonido de la madera me sobresaltó.

Por momentos creí que había sido fruto de mi imaginación, pero, cuando los golpes insistentes sobre la puerta despertaron a Flora, comprendí que no era así.

Distinguí de soslayo al padre Philip revolverse sin llegar a salir del sueño que lo embargaba.

Con un gesto, le indiqué a Flora que no se levantase y me dirigí con prudencia hacia la entrada.

Al otro lado percibí una respiración profunda, a una cadencia lenta.

Descorrí el cerrojo y deslicé la puerta con suavidad.

Esta chirrió en su recorrido. Con el brazo izquierdo levemente doblado por el codo, se retiró la capucha y se mostró ante mí.

Tragué saliva, el corazón se me aceleró y noté la inquietud en la punta de los dedos.

—Bob… —Enmudecí. Su indescifrable expresión me perturbó—. Me has encontrado.