Capítulo 33 #2
La humedad congelaba mis mejillas, aunque en esa ocasión iba preparado y el frío solo me cortaba la cara. El resto del cuerpo estaba bien resguardado por varias capas de ropa norteña por cortesía de Flora. No obstante, no dejaba de apretar los puños para que la sangre me calentase las manos.
Después de deambular por gran parte de las callejuelas y callejones, fue una exhaustiva revisión de las casas la que nos condujo al fin a nuestro objetivo.
El gato apareció delante de nosotros. Al vernos, su pelaje se tensó, soltó un bufido y nos mostró su afilada dentadura.
Desde detrás, se oyó la voz aguda de Margery, que estaba a punto de salir de la improvisada vivienda.
Imbuidos por la agilidad del animal, logramos ocultarnos a tiempo para que la niña no nos viese, aunque no teníamos la certeza de si el ruido nos habría delatado.
—¿Qué te pasa, Tiberius? —Margery miró en derredor y serenó al gato con unas cuantas caricias en el lomo—. Venga, vamos a dar un paseo.
Con la misma prudencia que habíamos tenido con Johne, fuimos tras ellos.
Esta correteaba de lado a lado y hablaba con su mascota sin cesar, lo cual nos facilitaba el acecho, pues vivía despreocupada y con poca atención a lo que sucedía a su alrededor.
Su travesía callejera finalizó cuando se internó en esa gran construcción donde, tiempo atrás, yo mismo había estado indagando en busca de los libros.
Parecía que era uno de los lugares predilectos de la niña, pues lo visitaba con asiduidad y siempre volvía al mismo juego, el de lanzar una y otra vez una piedra.
—Es el momento —le dije a Flora. Cada uno nos encontrábamos a un lado del pórtico de acceso—. No tiene más salida que esta. Solo tenemos que entrar y hacernos con el gato. Las sombras nos ayudarán a pasar desapercibidos mientras nos acercamos.
—¿Te crees capaz de atrapar a un gato? —preguntó Flora con socarronería.
Negué con la cabeza tras recapacitar—. Bien, porque yo sí.
Hagamos lo siguiente: yo iré primera y, en cuanto vea una buena oportunidad, me abalanzaré sobre el animal y regresaré corriendo hacia la puerta.
Cuando me veas atravesarla, deberás colarte y cerrar para que Margery no pueda escapar.
En ese momento, busca un sitio donde esconderte.
Yo ya habré soltado al gato y me encargaré de bloquear la puerta desde fuera.
Recuerda que la idea es que la niña se sienta sola, es vital que crea que no hay nadie más en la oscuridad de la sala.
Parecía fácil en teoría, pero estaba supeditado a cazar a Tiberius.
De no ser así, el plan se derrumbaría y quizá no habría otra oportunidad igual.
Súbitamente noté el castañeteo de los dientes, en esa ocasión no a causa del frío.
Hice un ademán y le abrí paso a Flora. Agucé el oído y, a los pocos minutos, el alboroto reverberó dentro del enorme espacio.
Todo eran gritos y confusión, hasta que distinguí los pasos de Flora dirigirse hacia mí.
Era mi momento. Cuando la vi traspasar el umbral, realicé los movimientos con toda la delicadeza que pude y subí algunos peldaños de la escalera que había pegada a uno de los laterales.
Permanecí callado hasta que la quietud volvió a reinar en el lugar y me fijé en Margery.
La niña caminaba con lentitud, se desplazaba como si el suelo fuese a hundirse bajo sus pies en cualquier momento.
El eco de sus pasos subía hasta el piso superior.
Intuía que se encaminaba hacia la salida.
Sin embargo, la tranquilidad dio paso a la desesperación cuando advirtió que estaba encerrada.
—¡Johne! ¡Bob! ¡Abridme! —El chorro de voz parecía que iba a despellejar su garganta—. ¡Ayuda, por favor! ¡Estoy encerrada!
Margery continuó pidiendo auxilio angustiada unos segundos más.
Luego el griterío cesó y un golpe seco precedió al silencio.
La oscuridad bañaba el lugar y me era imposible ver lo que había sucedido.
Descendí ligeramente y agucé la vista. Apenas alcancé a ver la silueta de la niña como si fuesen trapos sucios junto a la puerta.
Aguardé. Margery se levantó por sí sola.
Parecía aturdida, pues se estaba revisando los brazos y palpando la cabeza sin entender muy bien qué le había ocurrido.
Cuando fue de nuevo consciente de su situación, cayó de rodillas y comenzó a sollozar.
El llanto era cada vez más audible, aunque entre los quejidos solo distinguía palabras sueltas.
Cruzaba la estancia a rastras, aunque a veces los brazos le fallaban y su cabeza chocaba contra el suelo.
Cada caída era más estrepitosa que la anterior y le suponía un esfuerzo mayor para levantarse de nuevo.
En un rincón lucía un pedazo de claridad que se filtraba del exterior.
Ahí era donde quería llegar, aunque su cuerpo se estaba quedando sin fuerzas por el camino.