Capítulo 33
F lora debía entender por qué estaba dispuesto a destruir todo rastro de aquella aberración, como mi madre lo había llamado en sus memorias, para que su implicación fuese total.
Por ello, reviví cada uno de mis hallazgos sobre los motivos que habían traído a Angus al pueblo después de más de treinta años.
Con expresión alegre, Flora prestaba atención y corroboraba la imagen que me había forjado sobre el médico, que había sido su vecino durante tanto tiempo y siempre se había mostrado dispuesto a intentar algo diferente con su marido.
La charla se alternaba con un desayuno que el padre Philip nos había dejado preparado.
El sacerdote, según me explicó Flora, se despertaba antes del alba y se internaba en el bosque a rezar hasta pasado el mediodía, momento en que regresaba y se dedicaba a labores más cotidianas.
Sin embargo, esto no le había impedido demostrar su hospitalidad dejando una hogaza de pan, mantequilla y un huevo cocido para cada uno.
—Honestamente, no sé cómo hacerlo —anoté mientras masticaba—.
Ahora mismo los renegados ya saben lo que ando buscando.
Han intentado matarme, así que ellos también deben de estar buscándome a mí; aunque me encuentro en una posición ventajosa, es imposible que den conmigo mientras esté aquí.
Pero no puedo pasar el resto de mi vida escondido en el bosque.
Ya he perdido el jornal de hoy en la herrería, no aguantaré mucho más si no trabajo.
Y no sé siquiera por dónde empezar a buscar sus libros.
Tengo la certeza de que deben de estar en algún sitio de ese pueblo abandonado, pero ¿dónde?
Flora me observaba con una sonrisa velada, una carcajada contenida con el tragar de la comida. Algo cruzaba su mente y yo ansiaba saber el qué, porque sus ojos encogidos parecían decirme que lo tenía todo bajo control.
—Anoche, cuando me contaste lo que pretendías hacer —se arrancó al fin con la boca despejada y una mirada maliciosa—, no caí en la cuenta. Pero, al despertar esta mañana, me he acordado de algo que puede sernos de utilidad.
—¿Sernos? —la interrumpí animado—. ¿Quiere eso decir que estás conmigo?
—¿He dicho «sernos»? Quería decir serte de utilidad.
—Un silencio incómodo precedió al estallido—.
¡Claro que sí, caraid ! ¿Qué más podría hacer yo aquí?
Los amigos están para ayudarse, aunque a este ritmo me vas a deber demasiadas jarras de cerveza.
—Tras las risotadas, su semblante se tornó más serio antes de proseguir—: Ahora escucha, Roy, voy a contarte algo sobre mí que no sabes.
»Pese a ser la mujer más fuerte que hayas conocido —volvió a sonreír—, hay algo que no soporto, algo que me provoca una sensación irracional de angustia: las tormentas.
Desde que era pequeña, que me escondía bajo las piernas de mi padre, hasta el día de hoy, en cuanto escucho un trueno romper el cielo, un nudo me estrangula por dentro.
Aunque en mi tierra siempre haga frío y los días sean grises la mayor parte del año, las tormentas no son habituales.
Es por ello que nunca termino de acostumbrarme.
Es un miedo del que, incluso con la madurez, no he conseguido desprenderme.
—Flora se encogió de hombros como signo de resignación.
Yo, en cambio, me hallaba desconcertado, sin saber adónde iba a parar aquello—.
Cuando se avecina la tempestad, siempre corro a cobijarme a casa y me arrimo al fuego cuanto me es posible para que el chisporroteo de las llamas y su calor me protejan.
A juzgar por tu cara, veo que no entiendes a qué viene todo esto.
Es comprensible, pero dame unos minutos más.
Verás, a los pocos días de llegar a las Tierras Altas me sorprendió una de estas tormentas.
Sentí el pánico, pero no de la misma manera que siempre lo había sentido, sino con mucha mayor intensidad.
El sonido de cada trueno hacía restallar mi corazón en un latido que me dolía como un puñetazo, la luz del relámpago me obligaba a cerrar los ojos y me aterraba volver a abrirlos, y todo mi cuerpo temblaba sin control.
El fuego no consiguió apaciguarme en esa ocasión.
Nada lo hizo, de hecho. Ni siquiera la compañía de mi marido me tranquilizó.
Solo tenía fuerzas para apretar los puños y rogar a los dioses que detuviesen de una vez aquel martirio, aquel extraño castigo que habían vertido sobre mí por algún motivo que desconocía.
Aunque el temporal duró apenas unos minutos, la sensación perduró durante horas en mí.
Me horrorizaba pensar que el aguacero y la ventisca pudiesen regresar.
Solo cuando reparé en que las nubes del cielo se habían desvanecido fui capaz de sosegarme.
Como si evocar ese recuerdo la hubiese transportado allí de nuevo, Flora tuvo que inspirar hondo, pues su respiración se había exagerado mientras lo contaba.
Su mirada parecía cuestionarse el motivo por el que yo aún me encontraba desconcertado.
Ante la ausencia de reacción por mi parte, Flora expuso su teoría:
—Roy, aquella tormenta no fue distinta a las demás.
La que era diferente era yo —sentenció—.
No puedo asegurártelo, ni siquiera puedo darte una explicación lógica, pero algo me dice que el motivo por el que la tormenta me incapacitó tanto aquella vez fue porque me había convertido en uno de esos seres.
Flora aguardó. Yo, una vez más, no hice nada.
Bien podría haberse tratado de una tormenta más intensa de lo normal o que le hubiese pillado en un momento de debilidad, ambas explicaciones razonables, aunque lo que rodeaba a ese vínculo sobrenatural no solía serlo.
Pese a ello, no lograba discernir el sentido de sus palabras.
—No lo sé… Quizá tengas razón —dudé—. Pero ¿y si ha sido casualidad? Y, en cualquier caso, ¿cómo podemos sacar ventaja de ello?
Flora soltó un bufido de exasperación.
—Roy, amigo, veo que tengo que explicártelo todo.
¿Y si los renegados también le tienen un miedo irracional a algo?
Podría ser una forma de doblegarlos, de llegar a ellos sin que puedan defenderse.
Puede que esté equivocada, pero no tenemos nada que perder.
Solo hay que descubrir sus mayores temores.
La claridad atravesó mi mente tan rápido como lo hace la luz de una vela al prenderse. Mi corazón comenzó a palpitar solo de pensarlo. Acababa de recordar que a Margery siempre la acompañaba su gato Tiberius.
—¡La niña! —exclamé—. Margery va con su gato a todos lados. Puede que no tenga nada que ver, pero… ¿y si le tiene miedo a quedarse sola en la oscuridad? Es muy normal en los niños. ¿Y si es por eso que siempre necesita compañía?
De súbito, la hipótesis de Flora cobraba sentido, quizá por ser la única, y colocaba una frágil posibilidad en la lejanía.
Convencido de que, de estar en lo cierto, la clave residía en Tiberius, tomamos la determinación de ir en su busca ese mismo día, al amparo de la madrugada, aprovechando el desconcierto que, a buen seguro, aún sobrevolaba las cabezas de los renegados.
Al caer la noche, nos pusimos en marcha.
Flora acarició el cuello de su caballo justo antes de que lo montásemos.
Cabalgamos hasta el cementerio, lo amarramos a un árbol a poca distancia de la entrada y continuamos nuestro camino a pie por el interior del bosque.
Aunque no llovía de forma constante, las gotas que se derramaban de las hojas de los árboles eran suficientes como para que, unidas al viento que las mecía, nos fuese imposible encender la lámpara sin que la llama se extinguiese poco después.
Por fortuna, había recorrido ese sendero antes, más de lo que habría deseado, y no necesitaba mucha luz para distinguir las siluetas a mi alrededor y avanzar en la dirección correcta.
Para Flora, que parecía desenvolverse con gracilidad entre vegetación y animales, tampoco supuso ningún problema.
Al llegar a la guarida de los renegados, en lugar de acceder directamente, decidimos bordear la muralla y apostarnos en una zona elevada desde donde se podía vislumbrar gran parte de las casas, aunque estas se encontraban tan juntas entre sí que impedían distinguir las callejuelas que formaban.
Aguardamos largo rato con la esperanza de ver a alguno de los tres merodeando por allí.
No fue así y tuvimos que desistir cuando una nube plomiza descendió e invadió hasta donde alcanzaba la vista.
Nos adentramos entonces de lleno en ese pueblo fantasma.
Aunque la bruma nos mantenía ocultos, provocaba el mismo efecto en ellos.
Si no nos andábamos con precaución, podríamos encontrárnoslos de frente.
Fue el agudo oído de Flora el que respondió con la precisión de un felino cuando oyó, entre el soplido del viento y los espeluznantes crujidos que nos rodeaban, unos golpes sordos contra el suelo.
—Cuidado —bisbiseó—. Hay alguien cerca.
Guiado por su mano, nos apresuramos a resguardarnos en la primera casa que tuvimos a nuestro alcance y nos tiramos al suelo para camuflarnos con el entorno.
Poco después, el canturreo de Johne se unió al compás que marcaba con su bastón.
Pasó de largo. Por gestos, Flora me indicó que la siguiese.
Al principio reticente, finalmente me dejé llevar, no sin antes asomarme por el hueco de la puerta y comprobar que el vagabundo se había alejado bastante.
—Quizá él nos lleve hasta la posición de Margery —masculló en el momento en que Johne dobló la esquina—.Ya decidiremos luego cómo abordarla, pero lo primero es encontrarla.
Sin embargo, Johne se dirigía hacia el pueblo. Dejamos de seguirlo cuando atravesó el hueco en la muralla y se internó en el bosque que lo llevaría hasta el cementerio.
—Al menos ahora hay una persona menos de la que preocuparse —dije buscándole el lado positivo.