El manuscrito de las almas Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

—Sí —respondió categórica—. Pensé que, al recuperar el libro, terminarías por unirlo todo por ti mismo.

Seré sincera, no tenía confianza en que fueses a ser capaz de ello.

Y, por lo que veo, acerté. —La risotada de Flora resonó en la explanada.

A mí, sin embargo, no me resultó gracioso—.

Por eso tomé la determinación de volver algún día, cuando la enfermedad de mi marido estuviese bajo control, quizá incluso con él, y asegurarme de que lo habías averiguado todo.

Y es lo que he hecho. Déjame que te explique esa parte de la historia.

Al llegar al pueblo, a Flora no le supuso mucho esfuerzo dar con Helen, pues coincidió que, a los pocos días, falleció.

Desilusionada porque el secreto hubiese muerto con ella, hizo guardia, a escondidas, en el cementerio, a la espera de que la enterrasen y de conocer a algún familiar al que seguirle la pista.

Flora fue testigo de mi encuentro con Johne y Bob, y vio cómo yo arrojaba el libro a la zanja donde yacía mi madre.

El gesto captó su atención, más teniendo en cuenta que aquella supuesta inmortalidad involucraba de alguna manera a los libros.

En ese momento se abrieron dos frentes: el único familiar conocido, yo, y un libro que, si se apresuraba a desenterrar, podría resolver el misterio.

Aguardó entre las tinieblas, como había estado haciendo todo ese tiempo, y cuando no quedó nadie, en mitad de la noche más oscura, extrajo el libro y volvió a cubrir la tumba con la misma tierra todavía sin apelmazar.

Dado que ella no sabía leer, convenció al sacerdote con el que vivía, el padre Philip, para que le leyese el libro.

Mientras tanto, se dedicó a seguirme hasta que el destino le brindó la oportunidad de estrechar lazos tras la trifulca en la taberna de la que me salvó.

Al mismo tiempo que descubría que yo tampoco sabía nada, ella continuó con sus pesquisas e intentaba guiarme hacia el camino correcto, avezada en el tema que para mí aún era desconocido.

Según me aseguró, para cuando nuestra relación había llegado al nivel de confianza adecuado, los acontecimientos se precipitaron.

Ella misma, con ayuda del padre Philip, aunque sin darle mayores explicaciones, había estado redactando dos textos: uno sobre su vida y otro sobre la de su marido.

Tal y como había descubierto, le había pedido al clérigo que le encuadernase el suyo con su propia piel, a lo que había accedido sin reparos gracias a su pericia en el arte de la curtición.

El mismo día en que este estuvo terminado, Flora murió a manos de Angus Morrison.

Por fortuna para ella, el vínculo con su manuscrito ya se había forjado y solo hubo de recuperarse de la inconsciencia que había supuesto que le clavasen una daga para volver a la vida que nunca había perdido.

—A partir de aquí, ya conoces el resto —zanjó Flora.

Puso las manos en forma de cuenco y las hundió en el agua del caballo. Después aproximó la boca y alivió su sed tras la larga explicación.

—¿Funcionó? ¿Ha sanado tu marido?

Aquella pregunta albergaba un temor mayor para mí.

Desde que había entendido la última voluntad de Angus, todo mi afán había sido cumplirla.

Y esto se reducía a destruir los libros y eliminar así todos los vínculos sobrenaturales que existiesen, dejando que semejante descubrimiento muriese soterrado junto al último de los que lo conocíamos.

Si Flora y su marido eran seres inmortales, también pasarían a engrosar la lista de Angus con los nombres de los inmortales.

Por fortuna, aún no le había desvelado mis planes y no iba a hacerlo hasta tener esa parte clara.

Quizá Flora, después de todo, no iba a ser quien me ayudase a conseguirlo, a pesar de que me habría encantado.

—Sí… y no —apuntó Flora. Sus habituales rasgos alegres se oscurecieron en su rostro—.

Mi caso fue la evidencia de que funcionó, de eso no cabe duda.

El problema vino cuando convertí a Irvine.

—Inspiró profundamente y se explicó—: Para cuando llegué a mi hogar, la enfermedad no se había aletargado ni un poco.

Su estado era mucho peor de como lo había dejado.

Su hermana me confesó cuando llegué que había perdido toda esperanza y que creía que no llegaría a tiempo para despedirme de él.

Mi marido se encontraba postrado en cama, incapaz de manejarse por sí solo incluso en las tareas más sencillas.

Los espasmos se habían incrementado tanto en cantidad como en intensidad, pero lo peor estaba sucediendo en su cabeza.

Era un desconocido para mí, como yo lo era para él.

La confusión ocupaba gran parte de su día, y solo en inusuales momentos de lucidez algo parecía retorcerse en su mente y verme como siempre lo había hecho.

Por desgracia, estos instantes eran tan efímeros como una estrella fugaz en el cielo.

A Flora se le ahogaron las palabras y se apresuró a esconder su cara en el claroscuro.

Apenado por esos sentimientos, y cómplice al mismo tiempo, no pude más que agarrar su mano para que no se sintiese sola.

Quizá fuese algo ingenuo, pero era capaz de anticipar lo que estaba por venir en su historia.

—No tardé más de una semana en tener encuadernado el manuscrito de mi marido con su piel —continuó Flora cuando hubo recuperado la entereza—.

Funcionó, estaba segura de que había funcionado.

Y ese fue el problema: Irvine no podía morir.

La enfermedad siguió avanzando, la situación era insostenible y su sufrimiento hacía ya mucho que se me había contagiado.

En lugar de salvarlo, lo había condenado a vivir una vida eterna de padecimiento sin atisbo de un final.

Mi marido ya no era él mismo, aunque yo supiese que seguía ahí, debajo de esa coraza.

Durante semanas me debatí sobre cuál era mi deber, si mantenerlo con vida a toda costa o abandonar mi egoísmo y dejarlo marchar.

Tuve que tomar aquella decisión yo sola, pues, cuando Irvine volvía en sí, yo solo quería disfrutar junto a él, aunque fuesen unos minutos.

Al tiempo supe que aquello no merecía la pena.

Una noche, entre lágrimas y rabia por no haberlo conseguido, arrojé ambos libros, el suyo y el mío, a la misma hoguera y dejé que se consumieran juntos hasta que se fundieron en uno solo.

Si no iba a ser con él, no quería vivir eternamente.

Pasé toda la madrugada en vela, con el miedo en el cuerpo de que Irvine se marchase en cualquier instante.

Él no volvió a ver la luz del día, pero sus últimas horas, aunque las pasó durmiendo, fueron plácidas.

Me alegré al menos de haberle dado un último descanso en vida antes de que lo hiciese para el resto de la eternidad.

Las lágrimas surcaban las mejillas de Flora.

A juzgar por su expresión, era la primera vez que hablaba de ello, que lo soltaba y lo dejaba marchar como ya hiciese con su marido.

Sabía que la tristeza regresaría, yo mismo había experimentado los vaivenes, pero aquello era un paso hacia la aceptación.

Me limité a estar allí para lo que precisase, aunque solo necesitó tiempo que le aclarase la garganta.

Flora volvió a ser como la recordaba, tan dura como la roca, al menos en apariencia.

Cuando se hubo sosegado, le formulé la última de mis cuestiones:

—¿Cómo me encontraste? Me refiero a esta noche, en la casa de Angus. Tuve mucha suerte de que lo hicieras, pero no alcanzo a ver cómo.

—Acababa de llegar al pueblo y me dirigí a tu casa.

Eres el único motivo por el que he regresado para cerrar esa parte de mi vida y poder avanzar.

Como de costumbre, no estabas allí —dijo con mordacidad—.

Vi una carta en el suelo, junto a tu puerta, y reconocí tu nombre en la parte superior.

Como no sé leer, y no volvías, me abalancé sobre un paisano al que vi pasar para que me leyese la carta.

El hombre se asustó y retrocedió, en parte por la embriaguez que llevaba encima.

No sé qué se imaginaría al verme abordarlo con semejante capa.

—Ambos soltamos una carcajada. Luego siguió—: Por suerte, aún conservaba las facultades justas para leer.

Me puse en camino con la única idea de encontrarme contigo.

No esperaba verte en apuros. Sin embargo, cuando desde la base de la pendiente vi que caías en una zanja, supe que había hecho bien en ir a buscarte.

Le hice dar al caballo lo máximo de sí y ascendimos presurosos con el temor de no llegar a tiempo.

El resto de la charla se convirtió en un amasijo de bromas y risas, hasta que tomamos la decisión de irnos a descansar. Mientras caminábamos de vuelta a la choza, le adelanté el motivo por el que los renegados me querían muerto y la emplacé a darle el resto de los detalles a la mañana siguiente.

—Voy a necesitar tu ayuda para conseguirlo —dije al fin, cuando supe que podía contar con ella—, aunque aún no sé cómo.

Accedimos con sigilo para no molestar al padre Philip y tendimos un par de mantas sobre el hueco de suelo que quedaba libre.

Una vez abrigados, nos dispusimos a dormir.

Instantes después noté que ella ya lo había hecho.

Por mi parte, creía que no iba a conseguir conciliar el sueño tras la ingente cantidad de información recibida.

Pero erré. Toda la tensión que me había invadido al estar a un paso de la muerte, así como el hecho de ver a una muerta regresar del más allá, se tornó en cansancio.

Sin darme cuenta, claudiqué ante la somnolencia.