El manuscrito de las almas Capítulo 32
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Capítulo 32

E l trote del caballo me relajaba. Nos habíamos alejado de la antigua casa de Angus Morrison y cabalgábamos bordeando el pueblo a un ritmo vertiginoso.

La velocidad de la montura hizo que las edificaciones de piedra pronto quedasen atrás, amontonadas en la distancia, apenas distinguibles en la oscuridad de la noche.

Ahora todo cuanto nos rodeaba era naturaleza.

El animal sorteaba los numerosos árboles que pronto se transformaron en bosque.

Al amparo de este, la escasa claridad nocturna no lograba colarse entre las hojas, un manto de sombras gélidas nos envolvía.

Lejos de inquietarme, esa sensación calmó mis tribulaciones.

Con los ojos cerrados, dejé que la brisa contra mi rostro se llevase mis recelos.

No sabía cuánto duraría el viaje, ni siquiera sabía hacia dónde nos dirigíamos, pero anhelaba que no acabase nunca, pues tenía la certeza de que, en cuanto el caballo cesase su galope, la realidad regresaría para atizarme con más fuerza que antes. Tal y como acabó sucediendo.

El animal relinchó tras un brusco recodo y se detuvo al borde de una llanura que se extendía ante nosotros.

La ausencia de espesura permitió al fin vislumbrar algo de luz de luna.

Flora descendió del caballo y continuó a pie, tirando de las riendas, por un delgado sendero.

El silencio interpuso un abismo entre los dos.

En ese instante, los recuerdos se agolparon en mi cabeza.

Había enterrado a Flora con mis propias manos.

Había cavado su tumba durante toda una noche y había contemplado durante horas su expresión invariable.

Me había martirizado, culpado y avergonzado de haberla llevado hasta aquel desenlace.

Y ahora volvía a sentirme engañado y estúpido.

Flora también me había ocultado algo, no sabía el qué, y temía que, cuando lo descubriese, eso terminase de destrozar mi ya resquebrajado corazón.

El único atisbo de esperanza radicaba en que ella me acababa de salvar la vida y eso tenía que significar algo.

Aun así, no conseguí librarme de la desconfianza.

—Baja, Roy —solicitó Flora cuando el caballo se paró.

Frente a nosotros, una pequeña choza se levantaba en medio del llano cercado por el bosque.

Flora, como si conociese cada detalle de ese emplazamiento, se alejó de la vivienda hasta llegar a un poste de madera, donde ató al animal.

Junto a este, había un bebedero al que el corcel se abalanzó como si nunca antes hubiese bebido agua.

Luego Flora regresó cargando las alforjas y golpeó la puerta.

Un hombre orondo asomó minutos después cubierto por una sotana negra que le llegaba hasta los pies.

Noté los rasgos de asombro en su cara al reconocer a Flora, lo cual me hizo sentir algo menos ingenuo.

Parecía que no era el único al que sorprendía la presencia de la norteña.

—Buenas noches, padre Philip —dijo Flora con fulgor en su voz—. Como le advertí antes de mi precipitada partida, he regresado.

La extrañeza le duró al sacerdote lo que Flora tardó en saludarlo.

Con cortesía, hizo un gesto para que accediésemos a su humilde morada.

Desubicado, me limité a seguir a Flora hasta unos asientos donde aguardamos a que el hombre volviese.

Al unirse a nosotros de nuevo, este había tapado su calvicie con un bonete oscuro.

—Hace mucho frío —dijo con humor señalando con el dedo el gorro que cubría su cabeza.

Ver las facciones joviales del sacerdote me hizo dudar de todo cuanto me habían contado sobre los cristianos.

No me pareció el enemigo que siempre me habían descrito, solo un hombre normal que sobrevivía como podía por su cuenta.

Quizá no eran las personas, sino las ideas, las que forjaban bandos.

Me habría gustado escuchar lo que tenía que decir al respecto de esas habladurías y su postura acerca de la doctrina de Dios, de no ser por que había dudas más acuciantes que ansiaba conocer.

—Disculpe las horas, padre Philip —se excusó Flora con una imperceptible reverencia—. En otras circunstancias, habría esperado al alba para venir. Pero todo se ha atropellado y no teníamos adónde ir.

El clérigo hizo una mueca en señal de aceptación. A mí, sin embargo, se me acababa de agotar la paciencia que me quedaba.

—Ya está bien, Flora —intervine con brusquedad—. Necesito que me lo expliques todo. ¿Quién eres? ¿Cómo es posible que estés aquí?

En ese momento, el padre Philip terció:

—Creo que tenéis mucho de lo que hablar —afirmó mientras se ponía en pie—.

Es un asunto vuestro, no mío. Como le dije a Flora, esta modesta vivienda siempre tendrá las puertas abiertas para ella y los suyos.

El resto no es de mi incumbencia. Os prepararé una tisana para que recuperéis el calor corporal y me retiraré a dormir.

Vi alejarse al hombre y luego miré a Flora, cuyo semblante no reflejaba más que la afabilidad que siempre había tenido.

—¿Por dónde quieres que empiece?

—Quiero saberlo todo. Cuéntamelo como tú consideres, pero hazlo sin escatimar en detalles. Solo así podré perdonar tus mentiras.

Flora soltó una carcajada ante mi repentina arrogancia.

Luego, todavía risueña, me aseguró que nada de lo que sabía de ella era mentira, que no se había inventado una vida.

Tan solo había decidido omitir conscientemente parte de esta, aunque su pretensión siempre fue la de, con el tiempo, desvelármelo todo.

Su historia daba comienzo en la aldea donde vivía en las Tierras Altas, como no podía ser de otra manera.

Me recordó la inusual y extraña enfermedad que padecía su marido, la cual había sido la rienda que había tirado de ella todo ese tiempo, como las correas movían a su caballo.

Habló del declive de Irvine; de la funesta expectativa que se cernía sobre él, pues estaba abocado a una muerte prematura plagada de frustraciones y dependencias; y del encuentro fortuito con Helen en el que descubrió que Angus y ella parecían conocer el secreto de la inmortalidad.

Y eso es lo que decidió perseguir, lo único que podría salvar a su marido.

Yo escuchaba sus palabras con atención, aunque me costó cuando su relato se tornó en susurros.

Cerca de nosotros, la acentuada respiración del padre Philip ratificaba que se había entregado a los sueños.

No queríamos incomodarlo, especialmente después de la hospitalidad con la que nos había tratado, y, como apenas había hueco en esa especie de cabaña para distanciarnos de su catre, decidimos continuar nuestra conversación en el exterior.

Cuando salimos a la intemperie, el castañeteo de mis dientes y el temblor de mi cuerpo se hicieron irrefrenables.

Aunque el cielo continuaba despejado, la gelidez era hiriente.

Además solo llevaba encima una camisa de lino holgada, la que me había puesto aprisa antes de dirigirme a la casa de Angus.

Flora se percató de esto, se desabrochó su gruesa capa de lana y me envolvió con ella.

En pocos segundos, sentí mis huesos templarse y mi piel colorearse con la sangre que me volvía a circular.

Para ella, en cambio, fue como si el frío no le afectase, como si fuese un urogallo que, con su denso plumaje, no necesitaba más que su complexión para conservar el calor.

Se lo agradecí con un gesto silencioso y continuamos atravesando el claro guiados por la luna.

Aún quedaban muchas dudas que disipar, pero volver a oír su voz, su tono y lo que me había desvelado hasta el momento hizo que el recelo desapareciese.

No parecía la traición que me había imaginado, no se asemejaba a la mentira de los renegados, cuyo fin último había sido mi muerte.

La complacencia regresó a mí y me permitió sentirme cómodo a su lado.

Nos sentamos sobre las rocas que formaban el improvisado abrevadero. El caballo a nuestro lado permanecía impasible, tan recto como lo habíamos dejado.

—¿Por qué no me hablaste de todo esto desde un principio? —la insté a proseguir.

—Debes entender que eras un desconocido para mí.

Me adentré en una ciudad extraña en busca de un secreto todavía más extraño.

No sabía en quién podía confiar, tenía que ser cautelosa.

—Flora hizo una pausa antes de continuar—: No obstante, no me llevó mucho tiempo saber que tú estabas de mi parte.

Buscabas lo mismo que yo, y por eso estaba decidida a contártelo todo.

Y así habría sido de no ser por cómo se apresuraron los acontecimientos.

—Hay algo que sigo sin entender. Déjame recapitular: llegaste a descubrir lo mismo que yo, que existía una posibilidad de vencer a la muerte, y, cuando estuviste al tanto del procedimiento y los pormenores, regresaste a tu tierra para salvar a tu marido.

Pero antes de eso yo te di sepultura, así que para entonces tú debías de haberte convertido.

Podrías haberme buscado antes de marcharte. ¿Por qué no lo hiciste?

—¡Lo intenté! —repuso exaltada—. En cuanto exhumé mi propio cuerpo, traté de dar contigo.

Durante dos días me fue imposible encontrarte, nunca estabas en casa.

Recorrí el pueblo, te busqué en la taberna, en el cementerio…

Nada. Creí que, después del varapalo, te habrías marchado.

Y yo no podía apurar más mi regreso, la situación de Irvine ya era crítica antes de salir de las Tierras Altas.

Lo único que se me ocurrió fue dejarte el libro de Helen con la esperanza de que, más tarde o más temprano, regresases a tu hogar y atases cabos.

Aquella fue la revelación más inesperada de su narración. Las preguntas empujaban con tal ímpetu por salir que atoraron mi garganta y no pude más que tartamudear. Carraspeé y al fin conseguí ordenar mis pensamientos.

—¿Fuiste tú quien robó el libro de mi madre?