Capítulo 31 #2
El médico de la aldea ya conocía su caso, aunque aseguraba no haber visto nunca nada parecido.
Le llamaba la atención la evolución negativa tan marcada.
De hecho, en los últimos meses, se había acentuado mucho más.
Había puesto en práctica diversas teorías, pero todas habían resultado infructuosas.
Flora anhelaba que, con la aparición de los nuevos síntomas, al doctor Angus Morrison se le iluminase el ingenio o que los dioses obrasen a través de sus manos y diese con un nuevo remedio que lo curase.
Flora llegó al fin a la casa del doctor.
Frente a esta, se cambió el candil de mano y aporreó la puerta.
Su cuerpo temblaba ante la posibilidad de que no se le ocurriese nada, pero respiró hondo y decidió no adelantarse a los acontecimientos.
Escuchó al hombre dirigirse hacia la puerta, aunque distinguió también otra voz a su espalda.
Parecía la de una mujer, aunque no supo reconocerla.
—Buenas noches, Flora —dijo Angus tras dejarse ver al otro lado del marco. Un sofocante calor emanaba del interior—. ¿Qué hace aquí tan tarde? ¿Ha ocurrido algo grave?
—Depende de lo que entienda por grave. A mí al menos me lo parece.
—Las facciones del médico no cambiaron. Permaneció impasible a la espera de más información—.
Se trata de Irvine. Anoche sufrió un brote, algo diferente que lo desorientó por completo.
La situación se volvió insostenible, pero no quise molestarle porque sucedió bien entrada la madrugada.
Hoy, sin embargo, aunque no ha mostrado agresividad, he visto aspectos de él que no había observado antes. Me gustaría que viniese a casa y…
—Flora, cuando he dicho grave pretendía decir urgente —la cortó en seco—.
Sabe que la situación de su marido… de Irvine es delicada y compleja a un tiempo.
Pero en ningún caso parece tratarse de una urgencia.
Por lo que me cuenta, es solo el avance inexorable de los síntomas que llevamos tantos meses viendo.
Me comprometo a ir a visitarlos mañana mismo.
Hoy tengo una visita inesperada, solo esta noche, y no me gustaría perder la oportunidad. Espero que lo entienda.
—Pero… —A pesar de su impaciencia, Flora se contuvo. No había nada erróneo en la argumentación de Angus—. De acuerdo, disculpe que lo haya molestado.
Angus la emplazó a verse el día siguiente y Flora volvió a quedar envuelta en la noche.
Tuvo que reprimir un rastro de impotencia y rabia que le recorrió la espalda, a sabiendas de que no eran más que los sentimientos ocasionados por la coyuntura, cada vez más insostenible, a la que se enfrentaba su marido.
Todavía clavada frente al hogar del médico, volvió a oír la voz.
Constató, esa vez con toda seguridad, que se trataba de una mujer y que no era ninguna vecina.
Sintió interés por esa conversación privada.
Arrimó la oreja a la madera como lo hacía el médico al pecho de sus pacientes.
Una parte de ella sabía que estaba obrando mal, pero un pálpito le decía que aquello podría resolver sus problemas.
Apagó la llama y se camufló en la penumbra.
Le era complicado conectar todas las palabras que se decían.
El fuego crepitaba alto en el interior y sus voces eran tenues, pero constató que estaba en lo cierto, que habían mencionado en varias ocasiones la palabra «inmortalidad».
Al principio no pudo creérselo. No parecían estar bromeando ni contándose cuentos.
Estaban debatiendo de verdad sobre la vida y la muerte.
Hablaron varias veces sobre el libro de una mujer, una tal Helen Strong, y también nombraron en repetidas ocasiones un pueblo del que no había oído hablar con anterioridad.
De repente, un corzo salvaje la sobresaltó.
Este se asustó tanto como ella, pues salió huyendo por donde había venido.
Sin embargo, el ruido que había originado le hizo sospechar que Angus podría haber reparado en su presencia, pues la conversación quedó en silencio.
Temerosa de que la descubriese, decidió escabullirse y regresar a casa.
Quizá al día siguiente, cuando el doctor Angus los visitase, podría averiguar algo más si trataba el tema con sutileza.
Aquello la llenó de una renovada ilusión.
No terminaba de creerlo, pero había una ínfima posibilidad de que fuese real.
Y, en ese caso, sería el remedio para la enfermedad de Irvine y la solución a sus problemas.
Pero aquella ensoñación se fue apagando poco a poco con el paso de los días, ya que Angus jamás apareció.
Flora había decidido no presionarlo, así que no volvió a ir en su busca, pese a faltar a su promesa.
Sin embargo, tras varias jornadas sin noticias, fue incapaz de reprimirse más y partió hacia su casa.
Su optimismo se desvaneció al advertir que allí no había nadie.
A juzgar por lo que dejaban ver las ventanas, no era algo temporal.
Bajo ese techo apenas quedaba nada. Angus Morrison se había marchado de la aldea.
Aquel revés marcó profundamente a Flora, que regresó cabizbaja y sin esperanza alguna.
La situación en su hogar no mejoró su ánimo, pues ese día Irvine ni siquiera había logrado levantarse de la cama.
Pasado el mediodía, este aún seguía postrado en el lecho, que, a buen seguro, lo vería morir en poco tiempo.
Flora se arrimó a él. No dijo nada, no intentó nada, se limitó a besarlo y a abrazarlo.
Esa fría tarde la pasaron así, sin hacer nada más, sin hablar.
Después de muchísimo tiempo, más del que alcanzaba a recordar, Flora rompió a llorar.
Las lágrimas brotaban sin posibilidad de detenerlas. Hasta que los dos sucumbieron al sueño.
A la mañana siguiente, como el aire limpio que deja una tormenta a su paso, en la mente de Flora solo quedaba un pensamiento: no estaba dispuesta a rendirse.
Después de que la inquietud rubricase su noche, de no haber dejado de cavilar el asunto en sueños, Flora había vuelto en sí y lo tenía claro.
Iba a perseguir aquella quimera, aunque fuese lo último que hiciese en su vida.
Al menos tenía que intentarlo por su marido.
Galopó hasta la aldea donde residía la hermana de Irvine, que los solía ayudar a menudo.
No se atrevió a contarle todo por miedo a que no la creyese; ella tampoco lo habría hecho.
Se limitó a decirle que tenía indicios de una posible cura para su hermano y que debía viajar hasta un pueblo, donde la hallaría.
La hermana accedió a mudarse un tiempo para cuidar de Irvine e incluso aportó algo de dinero para que pudiese emprender el viaje.
Unas horas después, Flora estaba lista para partir, pero apenas restaban unas horas de claridad, así que pospuso su salida hasta el amanecer.
Esa noche preparó una cena especial para los tres a modo de despedida y disfrutó de su compañía por última vez en mucho tiempo, pues tardaría en regresar.
A la mañana siguiente, cuando el sol aún se escondía tras la montaña, cargó las alforjas y se subió a su montura con decisión.
Le acarició el cuello al caballo, anticipándole lo que se le venía por delante, y lo palmeó para que se pusiera en marcha.
El entorno se fue transformando a lo largo del camino. Un camino que la llevó, días después, hasta un pequeño pueblo cerca de Edimburgo.