Capítulo 31
E l hombre al que amaba yacía junto a ella en su lecho.
Flora sonrió involuntariamente. Se aproximó a su mejilla y lo besó con suavidad, temerosa de que, pese a la respiración profunda de su marido, se despertase con el roce de sus labios.
Toda la angustia de la noche anterior ya había quedado atrás con el paso de la madrugada.
Flora poseía esa cualidad, afrontaba la vida con ilusión y entusiasmo aunque las adversidades nunca dejasen de golpearla.
Quizá en parte porque, en su situación, lo contrario la habría abocado al desánimo perpetuo.
No había amanecido, aún se filtraba hacia el interior de la casa el débil resplandor de la luna en medio de la oscuridad.
Sin embargo, Flora acostumbraba a madrugar más de lo habitual y disponer así del tiempo suficiente para toda la faena que tenía por delante.
Se deslizó del camastro y se dirigió a tientas hacia la alacena, desde donde no dejó de observar a Irvine durmiendo mientras ella tomaba un cuenco lleno de leche y avena de su cosecha particular. Paladeó el momento.
Al salir, la claridad la cegó, pese a las nubes que cubrían hasta donde alcanzaba la vista.
Unas gotas se deslizaron por el rostro y las manos de Flora, únicas partes de su cuerpo que no llevaba abrigadas.
Atravesó el vergel que ocupaba la zona trasera de su vivienda mientras enumeraba para sí misma las tareas previstas para esa jornada.
Hacía tiempo, desde que a Irvine habían empezado a azotarle aquellos temblores, que se encargaba ella sola de todo, aunque jamás se había quejado, tampoco en los días más duros.
Llegó al cobertizo y desanudó las cuerdas que bloqueaban el portón.
Al adentrarse, las ovejas se enderezaron una tras otra y se arrimaron a la valla que las separaba de la libertad.
Los balidos no tardaron en extenderse, aunque, por suerte, se encontraban a suficiente distancia como para no despertar a Irvine.
Ese día era el turno de las que ocupaban el lado más al oeste, así que abatió la correspondiente puerta y la mitad de los animales se abalanzaron en tropel hacia el húmedo campo que los aguardaba.
—Tranquilas, tranquilas. Hay hierba para todas.
Cogió uno de los sacos llenos de heno que tenía arrinconados en el cobertizo y lo arrastró hasta el interior del ala este, donde el resto de los borregos se arremolinaron en torno a Flora, sabedores de que de ella dependía su subsistencia.
—Mañana os tocará salir a vosotras.
Como cada año, en invierno el pasto era mucho más escaso, así que solía aprovechar los meses más prósperos, donde la hierba no se agotaba por más que comiesen sus ovejas, para acumular la mayor cantidad de hierba posible, secarla al sol y almacenarla para que pudiesen sobrevivir durante el periodo invernal.
Sirvió la comida, dejó pastando a la parte del rebaño a la que no le había permitido salir y cruzó hasta el establo.
La pose de su caballo era tan elegante como siempre, sin perderla de vista en todo su recorrido, tan derecho como sus patas le permitían.
Flora le acarició las crines y el animal relinchó en respuesta.
Luego se abrazó a su cuello y se evadió de la realidad.
Aquel ritual era de lo más relajante para ella y, por encima de cualquier otro, intentaba que no le faltase ningún día.
Cuando su mente regresó al establo, miró de soslayo y corroboró que aún quedaba agua suficiente en el abrevadero, así que solo hubo de rellenarle la comida antes de salir de nuevo al exterior, donde abrazó la lluvia que le limpió el sudor de la cara.
Sorteó a cuantas ovejas se interpusieron en su camino y llegó al cercado que delimitaba su era.
Inició entonces el trayecto que la llevaría de un extremo a otro, examinando con minuciosa atención cada tablón de madera y cada alambre en busca de algún desperfecto que reparar.
Después trocearía con el hacha algunos de los leños que se apilaban en el cobertizo y finalmente iría al pozo a por agua para los próximos días.
Ese era el plan para lo que restaba de mañana.
En todo ese tiempo, Flora no perdió de vista la ventana de su casa en la lejanía, donde, de despertarse, alcanzaría a vislumbrar a su marido y podría correr a asistirlo. Sin embargo, no fue así, sino que pasaron las horas y llegó el momento de recoger al rebaño.
El sol debía de encontrarse en su cenit, aunque las nubes lo ocultasen, así que regresó sobre sus pasos en busca del merecido descanso.
Le resultó extraño que Irvine aún no se hubiese manifestado.
Un conato de recelo la puso nerviosa y se apuró.
Cruzó el umbral y sintió la calidez que albergaban esas paredes.
Pero aquel pequeño placer se esfumó cuando vio a su marido tendido sobre el camastro, mirando de un lado a otro sin parar.
—¿Por qué sigo aquí si ya no es de noche? —preguntó el hombre.
—Eso mismo digo yo. ¿Por qué no me has avisado como siempre?
Las facciones de Irvine dibujaron una mueca de horror al oír la voz de su mujer. A Flora se le clavaron como un puñal. Aunque no fue la primera vez que le sucedía algo así, no se acostumbraba, ni jamás lo haría, a que su marido la mirase como si se tratase de una desconocida.
—¿Dónde está Flora? Por favor, llame… llámela. La necesito a ella. Ella es la… única que puede ayudarme.
Los ojos de Flora se empañaron y a punto estuvieron de derramar un reguero de lágrimas, pero esta apretó los párpados con fuerza y consiguió hacerlas retroceder. Se acercó y trató de hablarle con dulzura hasta que su cabeza volviese a reconocerla.
—Irvine, mi amor, soy yo, Flora.
Unos tensos instantes después, la palidez del hombre desapareció y, como si ese olvido nunca hubiese sucedido, continuó hablando:
—¿Cómo están las o… ovejas? ¿Has sacado las que tocaban hoy?
—Sí, tú no te preocupes por eso. Sabes de sobra que me manejo bien. Mejor que tú en tus tiempos mozos.
Irvine suspiró una carcajada y todo pareció volver a la normalidad.
Flora lo ayudó a ponerse en pie y aguardó los primeros pasos hasta ver en qué estado se encontraba su marido ese día.
En esa ocasión, no parecía tener grandes dificultades; otras, debía ser Flora la que lo guiase y lo sujetase incluso para ir del lecho al asiento.
El hombre permaneció contemplativo, alternando la mirada entre el paisaje a través de la ventana y su mujer, que preparaba el almuerzo.
Flora puso a hervir agua y vertió patatas y algunas verduras. La estancia se llenó de un aroma dulzón y meloso, de olor a hogar. Las sirvió junto con un cuenco de sopa, se sentaron juntos y charlaron.
—Esta tarde creo que daré por finalizada la cosecha de la avena. Como muy tarde, mañana.
—¿Y la cebada?
—La cebada hace ya casi un mes que la terminé de recolectar.
Ahora nos toca pasar el invierno como mejor podamos.
También hoy aprovecharé para esquilar alguna oveja.
No les quitaré toda la lana, estoy dejándolas con suficiente como para que no mueran de frío en los meses venideros.
Aprovecharemos el tiempo junto a la lumbre para hilar la lana. Para cuando…
Flora interrumpió su discurso al ver cómo la sopa se escapaba por las comisuras de Irvine. Cada vez le ocurría con más frecuencia, como si algo impidiese que la comida bajase por su garganta.
—Deja que te ayude —terció Flora.
En ese momento, como si de un latigazo se tratase, la cabeza de su marido se torció con violencia hacia el hombro y regresó a su posición original con la misma brusquedad.
Ese espasmo había sido de los fuertes. Flora, aun estando acostumbrada como para que casi le pasasen desapercibidos, se sorprendió ante la virulencia de este.
—Esta noche, cuando termine la faena, iré en busca del médico —sentenció preocupada—. Algo va mal. Peor aún, me refiero.
El hombre no contestó, aunque su rostro reflejó un atisbo de vergüenza.
Flora no dejó de pensar en su marido durante el resto de la tarde.
Era cierto que los quehaceres lograban que su mente volase lejos, pero en esa ocasión la preocupación parecía haber aprisionado al pájaro que llevaba dentro.
Así que, cuando el ocaso amenazaba con cubrirlo todo de negro, dio por finalizada la jornada.
El desasosiego no la había abandonado hasta el punto de no catar el guiso que acababa de preparar para la cena.
Lo majó para Irvine y se lo sirvió, suplicando para sus adentros que esa comida transformada en puré no le supusiera ningún problema mientras estaba fuera. Se abrigó entonces y abandonó la casa.
Por primera vez ese día, la lluvia había cesado.
Sin embargo, la humedad se enroscó en su piel como si las gotas de agua hubiesen quedado suspendidas en el aire.
Su oído se aguzó ante la oscuridad que había teñido el paisaje.
La llama del candil solo llegaba a iluminar sus zancadas.
No se cruzó con nadie en el tiempo en el que atravesó la pequeña aldea, aunque tampoco encontraba alma alguna durante la mañana.
Eran pocos los habitantes del lugar y sus casas estaban alejadas las unas de las otras.
Se sentía afortunada de tener un médico en la aldea, de lo contrario habría tenido que cabalgar con más frecuencia de la deseada al pueblo de al lado.
Los sonidos nocturnos inquietaron a Flora durante el trayecto, pero por encima del miedo estaba la esperanza, que era lo que la movía en ese momento.
Hacía tiempo que Irvine había empezado a manifestar algunos síntomas sutiles pero extraños.
Por desgracia, estos no se quedaron ahí, sino que fueron a más y, con el tiempo, no solo se limitó al ámbito físico, sino que notó asimismo comportamientos preocupantes en su personalidad.
La pesadumbre la desanimaba al ver la deriva que estaba tomando y se horrorizaba solo con pensar que Irvine pudiese terminar completamente impedido. O algo peor.