Capítulo 30
A quel estado resultaba más placentero de lo que cabría imaginar. Solo la inconsciencia fue capaz de llevarme a esa ausencia de preocupaciones, que hacía tiempo que no experimentaba. Por desgracia, el sopor que me mantenía anulado no duró eternamente. Pronto comenzó a desvanecerse.
Un sonido áspero se coló entre mis primeros pensamientos.
Fue su cadencia la que despertó el resto de mis sentidos.
Todavía cegado y paralizado, sentí un martilleo penetrante algo más arriba de la nuca.
Sin necesidad de palparme, supe a qué se debía el calor que palpitaba en la parte trasera de mi cabeza.
Mi mente, aún dispersa, volvió a ese ruido repetitivo que me había sacado del letargo, aunque para entonces lo acompañaban el empuje del viento y unos murmullos que no alcanzaba a distinguir.
Tras un instante, aún con los párpados caídos, se filtraron destellos de luz que se me clavaban en las cuencas de los ojos como hierros punzantes.
Con esfuerzo, logré abrirlos y reparé en que tenía el suelo frío y duro a menos de un palmo.
La confusión me impedía entender dónde me hallaba ni recordar cómo había llegado hasta ahí.
El sabor amargo en la lengua se me derramó por los labios en un chorro de sangre y saliva cuando despegué la mandíbula.
La piel como escarcha me erizó el vello y, de un latigazo, me hizo consciente de la situación: tenía los brazos atados a la espalda.
Al disiparse el velo que me emborronaba la visión, comprobé que aquel tañido machacón que me había despertado era el de una pala extrayendo y apartando tierra junto a mi cuerpo.
Me retorcí desde el suelo y vislumbré a Bob, que ejecutaba la acción sin dirigirme la mirada.
Nunca había llegado a descifrar el rostro de ese muchacho, pero no parecía enorgullecerse de lo que estaba haciendo. O al menos eso quise pensar.
—Por favor… —mascullé con la garganta fruncida. No logré articular más palabras.
El sepulturero se detuvo en seco y aguardó unos instantes antes de alejarse. Me arrepentí de haberme delatado, pues había comenzado a unir las piezas de cómo había acabado así.
Con toda la premura que mi abotargada cabeza me permitía, me revolví hasta colocarme bocarriba.
Noté que las piernas aún las tenía libres, así que volví a girarme, me puse contra el suelo y me doblé sobre mí mismo.
Con dificultad, logré posicionarme con las rodillas hincadas sobre el terreno y una vaga esperanza me impulsó a continuar.
Sin embargo, alguien se abalanzó sobre mi espalda y fui a chocar contra la gravilla.
A horcajadas sobre mí se encontraba Margery, que rompía la calma de la escena solicitando ayuda a voz en cuello.
Muy poco después, discerní los pies de Johne a la altura de mis ojos.
—Vaya, vaya… Eres más duro de lo que pensaba, joven. Semejante palazo habría tumbado a cualquiera durante mucho más tiempo. Se ve que ese cuerpo de herrero es más robusto de lo que aparenta.
Luego se acuclilló a mi espalda y noté la soga apretarme los tobillos uno contra otro. Intenté resistirme, librarme de todas las ataduras, pero la niña seguía inmovilizándome. Para cuando esta me soltó, ya no tenía ninguna opción.
—Podría amordazarte, pero realmente no lo creo necesario —se jactó Johne, de nuevo erguido, meciendo su bastón—. Este lugar está desierto, nadie podrá oír tus gritos. Me divertirá más ver tus infructuosos intentos de salvarte.
La intuición me llevó a mirar alrededor y constaté la certeza de las palabras del vagabundo, así que desistí sin tan siquiera intentar pedir auxilio. Bob había reanudado su tarea, y el tamaño de la zanja que estaba abriendo se parecía cada vez más a mi complexión. El miedo me atenazó.
—Eso —prosiguió Johne señalando el hoyo con la mirada—, como habrás adivinado, es para ti. —Luego rio a carcajadas en medio de la lobreguez de la noche—. ¿De verdad creías que íbamos a aceptar nuestra muerte sin oponer resistencia?
—Yo no iba a…
—¡Sí que ibas a hacerlo! —me interrumpió con ímpetu—.
¿Es que no ves lo que está pasando en Edimburgo?
He visto la plaga de cerca, sé lo que hace y sé lo que nos aguarda.
Es solo cuestión de tiempo que llegue aquí.
Y si tú nos privas de lo único que puede hacerle frente, de lo único que puede protegernos, te aseguro que nos estarías asesinando.
—La ira articulaba cada una de sus frases—.
Pero tu simpleza nos ha salvado. Todo lo que tienes de fuerte te falta de ingenio, amigo mío.
Si te hablo con honestidad, de no haberte confiado, esto no habría funcionado.
No teníamos ningún otro plan. Si te hubieses rebelado, si tu reacción no hubiese sido tan inocente, posiblemente el resultado habría sido el inverso.
Al fin y al cabo, míranos: una niña, un tullido y un anciano.
¿Qué opciones tendríamos contra un rudo herrero?
Solo una: que fueses tan tonto como para creernos sin cuestionarte nada.
La decepción y la vergüenza se enfrentaban en una lucha interna por dominar mis sentimientos.
—¿Cómo…? —Con el orgullo destrozado, al menos necesitaba entenderlo. Fue como suplicar por un último deseo.
Margery, que parecía haber entendido el ruego, tomó algunas de las hojas esparcidas por el terreno y me las acercó.
—¿Ve esto? Todo falso —aclaró la niña con aguda soberbia.
—He de decir que todo nos ha resultado tremendamente oportuno —continuó Johne, ahora con júbilo contenido en lugar de rabia—.
Estas copias son casi idénticas a los originales y gracias a ti, que nos dejaste el camino despejado cuando mataste al necio de Angus Morrison, las encontramos.
Subimos al día siguiente a comprobar que, de una vez por todas, el médico había muerto.
Y ahí estaban, en su faltriquera. —Agarró una de las tapas del suelo y la observó mientras continuaba hablando—.
La única diferencia es la cubierta. Salta a la vista que en esta ocasión ha utilizado piel de oveja.
¿Ves el tono que tiene? Difiere de los nuestros, es más claro.
Aunque, para ser justos, es normal que no apreciases una diferencia tan sutil.
—Levantó la cabeza y le preguntó a Margery—: Tú pasaste más tiempo con él, lo engañaste hasta el fin de sus días, ¿por qué crees que haría algo así?
La expresión de la niña se tintó de desconocimiento.
—Nunca entendí a ese hombre. Me alegra haber escapado de su lado.
Cuando la boca ya no me sabía a sangre, tragué saliva y me aclaré la garganta. La lucidez había regresado a mi mente y, pese al pánico de ver cómo el hoyo se hacía cada vez más profundo, el frío me mantenía encogido sobre mí mismo. Todavía plagado de dudas, Johne siguió con su discurso:
—Nos viniste muy bien para llegar hasta Angus Morrison, hiciste el trabajo difícil, teniendo en cuenta que él nos buscaba a nosotros y debíamos permanecer ocultos en las tinieblas.
Tú lo mataste antes de que pudiera robarnos los libros originales.
Supongo que pretendía intercambiarlos por estas copias tan cuidadas y acabar con nosotros sin que nos diésemos cuenta.
No puedo negarlo, el médico era inteligente. Pero nosotros lo somos aún más.
—Ya os lo he dicho —intercedí—, Angus solo quería enterrar su descubrimiento.
—¡Y a nosotros con él! —intervino sobresaltada Margery—.
Solo fuimos sus sujetos. Incluida yo, su propia hija.
Me trató como trataría a un animal. Solo me arrepiento de no haberme quedado a verlo quemarse vivo hace treinta años.
Nada de esto habría ocurrido y tú no estarías a punto de morir esta noche.
Y, como si estuviese expurgando sus pecados, Margery se desahogó con un moribundo como yo.
Sabedora de que mis horas estaban llegando a su fin, decidió compartir conmigo, como si de una hazaña se tratase, cómo engatusó a Angus Morrison.
La rabia dirigía cada palabra que salía de su boca y se vanagloriaba de ser la artífice de todo aquello.
—Ha costado, pero al fin se pudre en el infierno —sentenció.
En ese momento, Bob soltó la pala y el rumor de la tierra cesó. Con una voz todavía ajena para mí, le hizo constar a Johne que su labor había concluido. El vagabundo se agachó por última vez y sus rasgos se arrugaron al sonreír.
—Yo soy mucho más elegante, Roy. No quiero mancharme las manos de sangre ni del hollín que ensucia tu piel.
No necesito verme envuelto en un forcejeo que sé que no puedo ganar.
Tan solo te arrojaremos a tu tumba y dejaremos que el peso de la tierra te aplaste.
En poco tiempo, te faltará el aire y sufrirás una muerte agónica.
Y nosotros ni siquiera estaremos aquí para escucharlo.
No nos acompañarás en nuestras pesadillas, porque habrás muerto tú solito, muchacho.
—Tomó aire—. ¿Tienes algo más que decir?
Me negué a darle el gusto. Mantuve los labios sellados y asumí mi sino. De una patada, me hizo rodar y caí al fondo de la zanja.
Estaba lloviendo tierra, pero me daba igual, había fracasado.
Cerré los ojos y dejé que mis pensamientos me acompañasen hasta el final.
Cuando exhalase mi último aliento, ya nada tendría importancia.
Todas las preguntas quedarían atrás. La tristeza sustituyó cualquier otra sensación.
Dejé marchar las preocupaciones, la culpa y la vergüenza.
Solo me imaginé a Catriona, cuyas facciones se desdibujaban cada vez más en mi memoria, y recé para mis adentros.
Rogué a Dios, el mismo a quien mi madre, Helen, siempre había encomendado nuestro destino, para encontrármelas al otro lado.
El miedo se disipó y una insólita paz anegó mi alma. Estaba preparado para irme.
Pero, de pronto, las estrechas paredes que me mantenían prisionero comenzaron a retumbar.
El estruendo se hizo cada vez más vigoroso, como si algo se estuviese aproximando.
Cuando me convencí de que aquello no era fruto de mi imaginación, agucé el oído.
Se trataba de las herraduras de un caballo chocando contra el terreno.
Se detuvieron al mismo tiempo que Johne clamó al cielo de dolor.
La tierra había dejado de caer sobre mí y escuché unos pasos en las inmediaciones del hoyo.
Mientras tanto, Margery lloraba y no dejaba de interpelar a Johne, del que no recibía contestación.
En medio de tanto alboroto, yo solo entreveía el cielo de la noche, hasta que a este lo eclipsó una figura que me observaba desde arriba.
Me tendió la mano, pero la confusión me había dejado petrificado.
Por más que entornaba los ojos, no distinguía sus facciones.
¿Un ángel? ¿Existían de verdad? Una esperanza irracional cruzó por mi mente.
— Greas ort, Roy! No hay tiempo que perder. O acabaré contigo ahí abajo.
—¿Flora? ¿Eres tú, Flora? Pero…
—Ya habrá tiempo de explicaciones, amigo —dijo mientras retiraba parte de la tierra que me cubría—. ¡Ahora coge mi brazo!
Me giré y le ofrecí mis manos amarradas.
Noté el tirón hacia arriba. Con facilidad, deshizo el nudo y luego hizo lo propio con el de mis pies.
En la distancia, observé a Johne, rodeado de Margery y Bob, tendido en el suelo, con la vereda de fondo que se perdía en el bosque.
Parecía que había recobrado la consciencia, aunque seguía aturdido.
Con celeridad, seguí las instrucciones de Flora y me subí a su montura, donde ella ya aguardaba con impaciencia.
En cuanto me agarré a su cintura, azuzó al caballo con las riendas y en pocos segundos dejamos atrás a las tres personas que habían intentado asesinarme.
Sin embargo, lejos de sentir alivio, la zozobra me oprimió el pecho al recordar a quién tenía delante.
Alguien a quien yo mismo había enterrado.
Un nuevo cúmulo de cuestiones me asaltaron.