El manuscrito de las almas Capítulo 28
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Capítulo 28

L levaba junto a la forja más de medio día.

Había perdido la cuenta del tiempo que había transcurrido desde que el maestro herrero me había dejado con la única compañía de las sombras que se proyectaban en la pared.

Detrás de mí, el fuego de la fragua brillaba con intensidad, sobre todo cuando lo alimentaba con más madera; por el contrario, a mi lado, la delgada fogata de una antorcha se contoneaba e iluminaba mis manos llenas de hollín mientras estas conformaban el acero.

Cuando los pensamientos se me enredaban en la cabeza, solo el estruendo constante del martillo sobre el yunque lograba alejarlos.

Pero aquello no podía durar para siempre, la extenuación comenzaba a aflorar y debía descansar para poder dedicar al trabajo otras catorce horas la siguiente jornada.

Cuando terminé con la tarea que me ocupaba, extinguí las llamas hasta que solo fueron humo en el aire y ascuas entre las cenizas, y abandoné la herrería.

En el exterior, el silencio era tal que los martillazos seguían retumbando en mi cabeza.

La brisa nocturna era suave y el cielo se mostraba en todo su esplendor.

Pese al frío, resultaba extraña la ausencia de gente por el pueblo, aunque no tardé mucho en hallar la explicación.

Fue al vislumbrar, tras un grupo de casas, un enorme resplandor anaranjado en medio de la oscuridad.

Volví la esquina y vi una gran cantidad de personas congregadas en pleno centro de una de las plazas más grandes de la zona.

El rumor se extendía por toda ella. Atraído por la curiosidad, me aproximé a un hombre que, como muchos otros, sujetaba una lámpara y participaba de aquella sorprendente iluminación grupal.

—Disculpe, ¿de qué va todo esto?

El hombre no emitió sonido alguno, ni siquiera se molestó en volverse hacia mí, tan solo me instó con un gesto a mirar más allá de las cabezas que se alzaban frente a mí.

Al fondo discerní a tres mujeres y un hombre sobre una tarima, los cuatro apresados por pies y manos.

A un lado del estrado se erguía una horca y al otro aguardaba una figura corpulenta con el rostro cubierto. Lo supe entonces sin atisbo de duda.

—¿Se trata de un juicio por brujería? —le insistí al hombre a mi lado.

—Así es. —Hizo una pausa y continuó ensimismado en el espectáculo. Unos segundos después se volvió y me dirigió la mirada por primera vez—. Y no es un juicio, es una sentencia. Esos cuatro no volverán a ver la luz del día.

El estómago se me contrajo. Ya había tenido suficiente contacto con la muerte.

Lo último que necesitaba en ese momento era ser testigo de esa burda ceremonia que solo me revolvería por dentro.

No respondí, tan solo me di la vuelta y me alejé.

Aunque la sensación de que iba a vomitar ya se había agarrado con fuerza a mis entrañas y me acompañó todo el camino de regreso a casa.

Me tomé un cuenco de avena, que me recompuso el vientre, me quité la camisa de lino y la hundí en la tinaja de agua.

Removí hasta que se hubo empapado, la saqué, estrujé con la poca fuerza que me quedaba y la dejé secando sobre un asiento.

Justo en ese momento, alguien aporreó la puerta tres veces seguidas.

Golpes secos y sonoros. Me apresuré a buscar otra de mis camisas y, cuando me hube cubierto el torso, la abrí.

Una ráfaga de viento me estremeció la piel.

Allí no había nadie esperando, así que asomé la cabeza más allá del umbral y eché la vista a un lado y otro para corroborar lo mismo.

Saqué el cuerpo entero y escudriñé calle abajo, de nuevo sin distinguir nada ni nadie.

Sin embargo, al volverme hacia dentro, estaba ahí, colgando de la madera.

Un clavo la mantenía sujeta por la esquina.

La cogí, rompí el lacre endurecido y extendí el papel.

Se trataba de una carta manuscrita de caligrafía exquisita, con un trazo inclinado y una pulcritud que rara vez había visto antes. Comencé a leerla ahí mismo:

Querido Roy:

Me han advertido de tu incursión nocturna a nuestra humilde morada.

También he sido informado de las intenciones que te impulsaron a hacerlo.

He de decir que, a pesar de lo que puedas imaginar, no creo que falte razón en tus convicciones.

Entenderás, no obstante, que lo que nos estás pidiendo es una decisión vital, en un sentido completamente literal.

Destruir el vínculo nos hará perder los años de vida acumulados hasta ahora.

Sin embargo, tras sopesar las circunstancias en términos globales, creemos que no podemos seguir así, que debemos hallar una solución ecuánime para todos.

Después de mucho reflexionar y debatir, Bob, Margery y un servidor hemos decidido que estamos dispuestos a hacerlo, siempre y cuando tengamos tu honorable palabra de que nuestros caminos no volverán a cruzarse.

No queremos abandonar nuestra guarida y tememos que, si sigues viniendo, al final otros nos encontrarán y nos echarán.

Es eso precisamente lo que nos ha movido a tomar esta dura aunque necesaria decisión.

Como comprenderás, no ha sido fácil y requerimos de un último empujón por tu parte.

Para demostrar nuestra férrea voluntad en este asunto, queremos que seas tú quien ejecute el acto en cuestión, pues creo firmemente que ninguno de nosotros seríamos capaces de hacerlo llegado el momento.

Para cuando estés leyendo estas líneas, nosotros ya estaremos aguardando en la vieja casa de Angus Morrison.

Porque ¿qué mejor lugar para terminar que donde comenzó todo?

Es un lugar tranquilo, alejado, por el que rara vez pasa alguien.

Te esperaremos durante toda la madrugada y, de no aparecer, entenderemos que has rectificado.

En ese caso, confío en que tengas la amabilidad de cumplir tu parte del trato.

Sin más, espero que nos veamos pronto o que no volvamos a hacerlo nunca.

J. W.

De manera inconsciente, volví a mirar a ambos lados de la desolada calle. En un arrebato, siguiendo las indicaciones de Johne Wayfarer, eché a correr en dirección a lo alto de la colina, a las afueras de la ciudad, hacia la casa de Angus. A culminar su maldito propósito de una vez y para siempre.

El pueblo aún permanecía desierto, sin miradas furtivas que juzgasen mi carrera.

No me paré a pensar ni por un instante, no quería arriesgarme a perder la única oportunidad que se me había brindado para cumplir con el que creía que era mi cometido.

No fue hasta alcanzar el punto de encuentro que acusé la fatiga adherida a mis piernas.

Entre jadeos, oteé el horizonte y divisé las tres figuras impertérritas detrás de la casa, junto al cobertizo.

Bob, a la izquierda, se mostraba tal y como siempre lo había hecho, con un pavor inconsciente reflejado en el rostro, pero sin retirarme la vista de encima.

A la derecha, Margery no dejaba de moverse en el sitio, inquieta, con una ligera mueca de melancolía en los labios.

Johne se alzaba en medio de ambos, con la templanza que lo caracterizaba, como el pilar que mantenía a esas almas ancladas a este mundo.

Sin embargo, había algo distinto en sus rasgos.

Con las facciones endurecidas y la mirada circunspecta, era como si se dispusiera a hablar en serio por primera vez.

Un latigazo gélido me hendió de arriba abajo.

Lo que antes era una ligera brisa ahora había virado a un vendaval que se colaba por mi vestimenta para dormir.

El sudor no hacía sino exponerme aún más al frío de la noche.

Me percaté de que estaba temblando, aunque quizá se debiera a lo que estaba a punto de hacer.

Fuera lo que fuese, apreté los puños, respiré hondo y grité hasta hacerme oír por encima del silbido del viento.

—Gracias por venir, Johne. Agradezco su cooperación. —Este guardó silencio. Ni siquiera mostró un gesto de aprobación. Permanecía impasible—. Sé lo duro que puede ser esto, pero no hay otra manera. Su vida y la de los suyos seguirá siendo como hasta ahora, con la diferencia de que…

—No es necesario que repitas lo que ya sé, joven —interrumpió por fin Johne—. Que haya accedido a hacerlo no implica que esté dispuesto a aceptar tu condescendencia.

Se giró hacia Margery y esta se acuclilló en el acto.

Al ponerse de nuevo en pie, aguantaba los tres libros.

Tardó unos segundos y necesitó que Johne le insistiera un par de veces para que la niña atravesase el espacio que nos separaba y me entregase aquellos tomos como si de una ofrenda se tratasen.

En cuanto los hubo soltado, se volvió con apremio, profiriendo quejidos que no cesaron ni al hallarse de nuevo al amparo de su protector.

Admiré con pausa la belleza que había en cada uno de esos libros: los bordados y acabados de la cubierta, la letra cuidada y las hojas tan impolutas que nunca habría apostado a que soportaban el peso de más de treinta años.

Bob Scott, la pulsión del rechazo; Margery Woods, efímero recuerdo; y Johne Wayfarer, la dura senda de la vida .

Un nuevo escalofrío me sacó de la abstracción.

—¿Qué hago ahora? —grité—. ¿Cómo debo hacerlo?

—Tan solo… —Johne titubeó—. Simplemente destrúyelos. Separa las tapas del resto y acaba con todo.

Margery enterró la cabeza entre los brazos de Johne.

Obedecí sin alargar más la tragedia. Hice acopio de fuerza y desencajé las hojas de las tablillas de madera que preservaban los manuscritos.

Luego despedacé hoja tras hoja, dejando caer los pedazos resultantes, algunos volaron lejos antes de depositarse en el suelo.

Cuando finalicé el sacrificio, observé a los tres afectados cuyos semblantes apenas habían cambiado.

—¿Se siente algo diferente? —pregunté al aire.

—Nada —repuso Johne, que había comenzado a aproximarse a mí con lentitud, seguido de Margery y Bob—.

Esto no es algo brusco, nuestra transformación tendrá lugar a lo largo de los próximos días.

Y no habrá más repercusión que el paso acelerado del tiempo, con todo lo que ello conlleva.

—El vagabundo se detuvo frente a mí. No recordaba que fuese tan alto—.

Ahora, Roy, deseo fervientemente que cumplas con lo pactado y nos dejes vivir en paz el poco tiempo que nos quede.

Asentí con la cabeza, algo intimidado. Johne me ofreció la mano, que estreché de inmediato en señal de aceptación. Por primera vez en toda la velada, una sonrisa frívola arrugó su cara como lo hiciera antaño, lo que me provocó la última sacudida que sufrí esa noche.

Era mi intención despedirme para siempre cuando una explosión restalló en mi cabeza y me nubló la visión.

Instantes después, parpadeé con dificultad y vi que todo a mi alrededor era difuso, como en un sueño.

Un pitido rechinaba en mi oído y noté un sabor metálico en los labios.

Yacía en el suelo, aturdido, sin saber por qué tenía magulladuras en los brazos.

No lograba unir las piezas en mi mente, pues la oscuridad estaba devorándome por dentro.

Entonces claudiqué al cansancio y al dolor y me dejé arrastrar hacia la inconsciencia hasta que todo fue negrura.