El manuscrito de las almas Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—Ya te lo he dicho muchas veces, Margery.

Es difícil y arriesgado vender objetos robados.

Los compradores suelen estar prevenidos y en seguida te delatan.

Además, es muy habitual que tengan algún marcado personal que reduce su precio.

Nuestra partida se desarrolla entre monedas. Dinero directo y sin complicaciones.

—Sin complicaciones… —refunfuñó Margery con la mirada perdida en el suelo—. Hoy han estado a punto de pillarme. Cada vez es más difícil, la gente ya conoce el peligro y está alerta. Johne, ¿vamos a vivir así siempre?

Se encogió de hombros y enseñó una enorme sonrisa que mostró una hilera de dientes sorprendentemente bien cuidados.

—Veo a los demás niños —prosiguió Margery— y me gustaría vivir como ellos, sin preocupaciones.

—¿Y crees que no las tienen? Y, si es así, ¿no crees que más pronto que tarde las tendrán? Acabarán por trabajar y sus vidas serán como las nuestras.

—Seguro que no de la misma forma. —Johne suspiró y se dejó caer hasta sentarse junto a ella, que siguió preguntándole—: Si nos pillan a alguno de nosotros, ¿qué sería de mí? ¿Qué pasaría si me separasen de ti?

—Esta es la vida que nos ha tocado —explicó Johne—. Yo he elegido adaptarme, pero no puedo arrastrarte conmigo. Solo tú puedes decidir tu destino.

Aquellas palabras confundieron a la niña, que no entendía qué podía hacer ella para revertir la situación. Se hundió entre sus piernas y ambos dejaron que el silencio reinase en aquel pasaje al que apenas llegaba un hilo de claridad. Al cabo de un rato, Johne intervino de nuevo:

—Hemos terminado por hoy, ¿no es así? —La niña asintió sin mirarlo—. Sígueme, tengo algo que enseñarte.

Callejearon hasta llegar a una plaza, donde Johne hizo un gesto y ambos se quedaron quietos durante un tiempo. Margery le insistía para que le contase de qué iba todo aquello, pero él solo le pedía paciencia.

—Fíjate —dijo al fin—. ¿Ves a ese hombre que camina por allí?

Margery lo confirmó con la cabeza. Siguió con la mirada el caminar de un hombre que portaba un maletín, perdido en sus pensamientos. Cuando este se alejó colina arriba, Margery apuró unos segundos más.

—Tú sabes que yo no soy tu padre, que te encontré y te traje conmigo.

Te cuidé como pude, como mejor supe —comenzó Johne—.

Pero hay algo en lo que te mentí. Te conté que no sabía quiénes eran tus padres.

Lo hice para protegerte, para evitarte ese sufrimiento.

Sin embargo, con el tiempo, me he dado cuenta de que no puedes renunciar a tus raíces.

Nadie puede. Tarde o temprano ibas a necesitar saberlo, a exigirte a ti misma descubrirlo.

Como te he dicho, solo he sido tu compañero en este tramo del camino, pero eres tú quien tiene la última palabra.

—Respiró hondo y lo soltó—: Ese hombre que hemos visto, el que llevaba el maletín, es tu verdadero padre.

¿Te has fijado en su ropa? No hallarás ni un rasguño.

Tampoco se le marcan los huesos en la cara ni está pálido como el agua del río.

Es médico y goza de gran prestigio en la comunidad.

A Margery se le llenaron la cabeza de pensamientos, de preguntas, de dudas. Tanto fue así que se quedó bloqueada intentando encontrar las respuestas en el rostro de Johne. Este se rio, pero no dijo nada más.

—¿Por qué? —dijo Margery con las cejas caídas—. ¿Por qué me abandonó? No lo entiendo…

—Si algo bueno tenemos los renegados de la sociedad como nosotros es que pasamos desapercibidos. No somos nadie, menos incluso que un perro callejero. Aunque, a veces, esto puede reportarnos beneficios, como lo fue en esa ocasión.

»Había un lugar al que me gustaba ir de vez en cuando, en la noche, para tener controladas las debilidades de los hombres.

Hablo de un sitio donde estos acuden en busca de compañía femenina, discreta y cercana.

Este médico, llamado Angus Morrison, se convirtió en cliente habitual, siempre de la mano de la misma señorita.

Parece que se fraguó una verdadera historia de amor entre ambos.

Una historia prohibida, clandestina, que se vio interrumpida de forma abrupta cuando apareciste tú, aunque aún no estuvieses entre nosotros.

Escuché su última discusión, una en la que debatían sobre ti.

Para ella, era la vía de escape, la forma de dejar aquel horroroso oficio.

Sin embargo, para él, suponía perder todo el reconocimiento social que tanto le había costado conseguir con años de esfuerzo, de abrirse hueco paciente a paciente.

Nunca más volví a verlos juntos. De hecho, pasaron años hasta que volví a cruzarme con Angus Morrison.

A quien sí vi fue a la mujer. Te tuvo a ti y aguantó un tiempo, pero una madre no puede criar sola a su hija, ni mucho menos dedicarse a ese negocio al mismo tiempo.

Tuvo un final maltrecho e inesperado, y terminó muriendo en la soledad de la noche, contigo entre sus brazos.

Allí no había nadie más que yo rondando y no pude eludir el llanto con el que clamabas desangelada para que alguien te cuidase.

Así que decidí hacerme cargo. El resto ya lo conoces.

Esta es la verdadera crónica de cómo tú y yo nos conocimos.

Margery sentía el hielo en el pecho. La información era tanta y tan imprevista que no supo cómo reaccionar. No sentía enfado, ni tristeza, ni alivio. Solo vacío y una ligera sensación de asfixia.

—¿Por qué me cuentas esto ahora?

—Ese hombre sigue vivo, está a pocas casas de ti y ni siquiera sabe de tu existencia. Pero tiene una responsabilidad que estás en el derecho de exigirle. Te estoy ofreciendo todas las opciones, entre ellas una vida mejor junto a él. Está en ti escoger la que más te convenga.

Margery se sentía confusa, sin entender del todo bien lo que aquello conllevaba.

Esa era una decisión demasiado complicada para una niña tan pequeña.

Ella solo quería a alguien que la quisiera, que la cuidase y que tomase las decisiones importantes por ella.

Pero su vida nunca había sido como ella querría, así que, mientras Johne permanecía en silencio, ella se sumergió en su alma hasta donde fue capaz.

En el fondo de su memoria, cuando hubo dejado atrás su rutina, las dificultades y penurias, solo halló a una persona.

Lo tuvo claro, no había ninguna decisión que tomar.

—No pienso abandonarte. No soy como ellos. No soy como él —sentenció en alusión a Angus Morrison—. Ese hombre no es mi padre y jamás lo será, pase lo que pase. Quiero seguir viviendo contigo.

Johne esbozó media sonrisa, gesto muy poco habitual en él, y se quedó pensativo unos segundos en los que Margery ardía en deseos de escuchar su réplica. Al fin, el hombre salió de su ensimismamiento y su expresión se tornó en una más perspicaz, más propia de él.

—Está bien, pequeña. Ahora que has elegido libremente, voy a plantearte algo diferente, algo nuevo.

—Margery arqueó las cejas y aguardó las palabras de su interlocutor, cuya mirada parecía crepitar como el fuego—.

Quiero ofrecerte algo mejor, siempre lo he querido.

Así que llevo un tiempo pensando en un nuevo ardid.

Una engañifa que nos proporcionará cierta estabilidad y a ti te sacará de las calles durante una larga temporada.

¿Quieres saber de qué se trata, mi querida Margery?

La niña sacudió la cabeza con efusividad y sus ojos se abrieron de par en par.

—He estado observando a Angus Morrison. Es un hombre de costumbres.

Es sencillo predecir sus movimientos. Cada vez que sale de casa tengo claro su destino y no suelo errar en mi predicción.

Si hay algo en lo que destaca este señor es en su afán por sobresalir en el campo de la medicina, y jamás dejaría un enfermo a su paso.

Vamos a forzar su encuentro contigo. Buscaremos un elixir adecuado para que caigas enferma, algo que no sea grave, pero que lo aparente.

Y un día de tormenta, de las tantas que nos azotan, te interpondrás en su camino.

—Johne se relamió—. Una niña huérfana, tirada en medio del diluvio, enferma y sin posibilidad de que nadie más que él la salve.

Un dulce para Angus Morrison, no te dejará atrás.

Y, una vez que te hayas hecho con su hogar, te harás con su corazón.

Eres buena en el arte de la mentira. No sospechará ni por un minuto que tus verdaderas intenciones serán engañarle y robarle durante años.

Le darás su merecido. Te cobrarás todo lo que te debe y ni siquiera lo sabrá. No podrá evitarlo.

—¿Pero tendré que vivir con él?

—Así es. ¿Durante cuánto? El tiempo que nosotros queramos —aclaró Johne—.

Nosotros seguiremos viéndonos, ya que el médico pasa gran parte del tiempo fuera de casa.

Así que tú y yo podremos encontrarnos siempre en el mismo lugar y me contarás cómo te ha ido el día.

Paladearás tu venganza a fuego muy lento, como mejor se saborea.

¿Qué te parece? ¿Estás dispuesta a ello?

Margery no lo dudó. Ya podía ver con claridad esas imágenes en su cabeza. También vislumbró el golpe fatal.

—Y un día —espetó Margery con una repentina furia—, cuando menos se lo espere, lo abandonaré yo a él. Y sufrirá en su carne lo mismo que yo. Y jamás entenderá por qué.

Johne se sorprendió y luego soltó una tímida carcajada.

Un súbito viento trajo consigo un grupo de nubes grises y sumió en la lobreguez a la ciudad entera.

La lluvia se precipitó con intensidad y disgregó a la marabunta de personas que se atisbaban al final del callejón.

Ellos, sin embargo, dejaron que la tromba de agua entibiara sus enardecidos pensamientos mientras la niña se regocijaba en su futuro inminente.

—Venga, Margery, vayámonos ya. Tenemos mucho que preparar.

Ambos se fundieron con el estrecho pasadizo que había sido testigo de sus propósitos hasta que ni ellos mismos se distinguían en medio de la penumbra.