El manuscrito de las almas Capítulo 27
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Capítulo 27

E l sol rayaba el alba y Margery sabía lo que aquello significaba.

Era día de mercado y, por tanto, jornada de trabajo para ella.

La niña deambulaba con optimismo por los caminos pedregosos que bordeaban y se internaban en la ciudad.

Pocos días se antojaban tan propicios como aquel para que la gente saliese a pasear, pues había un inusual cielo despejado y eso se notaba en el ambiente.

Allá por donde pasaba, había grupos de personas charlando entre sí, o jugueteando, si de niños se trataba.

Mientras tanto, ella caminaba sola sin perder el rumbo.

No podía negarse a sí misma que a veces la envidia la asediaba, pues veía una inocencia en la mirada de sus iguales que ella no recordaba haber tenido nunca.

Como en cada ocasión, Margery permanecía largo rato acechando a la muchedumbre, observando cómo esta crecía mientras ella pasaba desapercibida entre el gentío.

No era hasta que el bullicio era suficiente que pasaba a la acción.

Estiró las piernas, se mezcló entre la multitud y se dispuso a comenzar con el consabido teatro.

Merodeó alrededor de uno de los puestos hasta que leyó la candidez en el rostro de una mujer que se acercaba a este. La niña lo tuvo claro solo con verle la expresión.

—Disculpe que la moleste, señora —dijo con un fingido temblor en la voz—. Creo que he perdido a mi madre. Hay demasiada gente aquí y no la encuentro. Me tiene dicho que, si me pierdo, no me aleje y aguarde a que ella aparezca. ¿Le importaría que me quedase con usted mientras?

La sonrisa que se le había trazado a la mujer le indicó a Margery que había caído en su trampa como lo hacían los peces en las redes de los marineros.

—Claro que sí, niña. Ven, dame la mano.

Agarrada a la mujer, ambas se detuvieron frente a un expositor plagado de tarros sobre una alfombra. La mujer comenzó a preguntar a la tendera.

—Disculpe —dijo dirigiéndose hacia la vendedora—. Necesito algún ungüento para la piel. ¿Qué puede recomendarme?

—Caray, tendrá que ser más específica. Tengo de todo.

—La mujer que sostenía la mano de Margery enarcó una ceja confundida.

La dueña del puesto continuó—: Verá, tengo uno a base de caléndula y árnica, que vale para casi todo, siempre y cuando no sea nada grave; también tengo bálsamo de limón, para sarpullidos e irritaciones; luego hay uno de cera de abejas, pero ese es más para prevenir y proteger.

También los hay para tratar picaduras de insectos, por ejemplo. Dígame, ¿qué necesita exactamente?

Las mujeres se enzarzaron en una extensa conversación con los pormenores que una y otra se intercambiaban, pero Margery ya había dejado de escuchar.

Se encontraba justo donde ella quería, así que, sin despegar la vista del diálogo que tenía lugar un poco más arriba, deslizó la mano con cuidado.

Escondió uno de los envases en una pequeña bolsa que le colgaba de la cintura.

—¡Ya la veo! —interrumpió Margery la charla señalando con la mano libre en una dirección cualquiera—. ¡Mi madre está allí!

Sin conceder tiempo a réplica, se zafó de la mujer y corrió hasta perderse en el tumulto.

Ninguna de las dos mujeres se sorprendió, ambas continuaron con su debate como si nada hubiera sucedido.

Margery, sin embargo, había conseguido su botín.

Ahora venía la segunda parte de la artimaña.

Oteó el horizonte y, poco después, echó a correr.

—¡Oiga! ¡Oiga! —La primera mujer que reaccionó a su llamada se convirtió en su objetivo.

Era una anciana que parecía estar tan sola como ella—.

Perdone… —La niña se tomó unos segundos hasta recuperar el resuello mientras la anciana la observaba con el ceño fruncido—. Disculpe, se ha olvidado de esto.

Margery le mostró el ungüento recién robado. La mujer no lo reconoció.

—Te estás equivocando, chiquilla. Yo no he comprado nada de eso.

Luego se giró con la intención de alejarse. Margery titubeó y comenzó a sollozar hasta que la anciana, preocupada, se volvió.

—Ya me he vuelto a equivocar… Si regreso con esto, mi madre se enfadará, pensará que no valgo para nada. He debido de confundirme de persona y ahora no la voy a encontrar.

Una lágrima asomó y se precipitó al suelo. La anciana se acuclilló con esfuerzo y no tardó en compadecerse de la niña.

—Tranquilízate. ¿Cómo era esa mujer que buscabas?

—Pues era pequeña y delgada… O al menos a mí me lo parecía. El pelo… el pelo creo que blanco como el suyo y… No recuerdo nada más.

—Está bien, no te preocupes. Dime, ¿qué contiene el tarro? —se interesó. A Margery se le iluminó la cara, pues sabía que lo más difícil ya lo había conseguido.

—Es para la piel. Para insectos, sarpullidos. Para protegerla de todos los problemas. —La anciana rio ante la ocurrencia de la niña y comenzó a remover las monedas que guardaba en una bolsita. Margery se adelantó—: ¿Lo compraría usted?

La anciana asintió y le dio monedas por valor del precio que Margery le indicó.

Entonces se separaron y la niña se jactó consigo misma de lo sencillo que le había resultado.

Dos hurtos más después, Margery se retiró del bullicio y aguardó sentada contra la pared de un edificio, cerca de la salida del mercado, a esperar a que este se renovase con gente nueva que no pudiese reconocerla.

Además, el sol se encontraba en su punto más alto, lo que significaba que era el turno de otra de sus tretas.

Vigiló con diligencia el acceso al mercado y halló a su hombre. Uno que, tras un buen rato inmóvil, había realizado el gesto que Margery estaba buscando. Este parecía desconcertado, aunque su semblante permanecía serio. Se aproximó con cautela a él y le tiró de la manga.

—Disculpe, señor. Estoy esperando a mi madre, pero no aparece y temo que se haya ido sin mí. Tiene el pelo larguísimo y rojo como el fuego. ¿La ve desde ahí? Soy demasiado pequeña y me da miedo perderme si entro a buscarla.

El hombre, con desdén, ojeó sin complicarse mucho y luego negó con la cabeza. En silencio, se dispuso a retirarse, pero Margery se abrazó a su pierna y comenzó a gimotear.

—Está bien, está bien. Deja que mire de nuevo —le concedió el hombre—. Pero no te prometo nada.

A Margery no le importaba porque volvía a encontrarse en una posición en la que dominaba la situación.

La fuerza con que se amarraba a la pierna de aquel hombre le permitió hurgar en la bolsa que le colgaba de la cintura.

En cuanto palpó el tamaño de ese objeto, lo sustrajo sin que este se percatase.

—Lo siento, chica, no la veo. Y ahora, si me lo permites, tengo que dejarte. Ánimo, seguro que pronto aparece.

Margery no hizo ningún aspaviento, pero una voz grave reverberó a su espalda.

—Yo en su lugar no me iría con tanta celeridad.

—El hombre se detuvo en seco y se volvió para contemplar las facciones envejecidas y el pelaje blanco como la niebla de aquel que lo había advertido.

Era un hombre alto que, pese a no aparentar la necesidad, se apoyaba sobre un bastón—.

He estado observando su encuentro y puede que la niña estuviese buscando algo más que a su madre, ¿no es así? —inquirió directamente a Margery.

El hombre desanduvo sus pasos con una mueca de enfado, receloso también del mendigo, y preguntó:

—¿La conoce? ¿Está con usted?

—En absoluto. Yo solo soy un simple vagabundo, aunque con el honor de un soldado.

Vivo de la caridad de las buenas gentes del lugar, no de arrebatarles sus preciados bienes.

—La condescendencia llenaba su boca—. Son personas como esta chiquilla las que consiguen que todos desconfíen de los de nuestro gremio.

Pero no todas las hojas de un árbol son igual de verdes.

También están las malas hierbas que crecen alrededor.

El hombre al que había robado se volvió hacia Margery.

La niña se había encogido y parecía mucho más pequeña de lo que era.

Intimidada, sacó un reloj de mano que el hombre le arrancó de los dedos sin mesura.

Su cara se enrojeció y su respiración se aceleró mientras luchaba por contener sus instintos.

—¡Vulgar ladrona! No quiero volver a verte por aquí o llamaré al alguacil y no tendrá piedad contigo, ¿me oyes? Aunque tengas… ¿Cuántos años tienes? ¿Ocho, diez? Me parece increíble… —Margery no se inmutó. El hombre transformó por completo su cara al dirigirse al anciano—: Muchas gracias, señor…

—Johne Wayfarer, para servirle a usted y a este pueblo.

—Gracias, de verdad. Es una reliquia familiar de mucho valor. Se ha parado el mecanismo y venía a que la arreglasen. De no ser por usted, la habría perdido a manos de esta rata —dijo con desprecio—. Dígame, ¿puedo compensarle de alguna manera?

—Como le he dicho, mi sustento se basa en la generosidad de la gente. Con un pedazo de pan que llevarme a la boca me sería suficiente para pasar lo que resta de día.

—De eso nada. Déjeme ver… —El hombre sacó unas cuantas monedas y se las ofreció a Johne—. Tome, con esto tendrá para subsistir al menos unos días. Es mucho menos de lo que vale este reloj, así que se las doy con mucho gusto.

Luego hizo una reverencia que se vio correspondida por Johne y sus caminos se dividieron.

Margery los vio perderse a ambos entre los edificios.

Luego caminó con ligereza y aumen­tó el ritmo hasta acabar corriendo en la dirección que había tomado el vagabundo.

Al adentrarse en un callejón, atisbó la figura de este, que se apoyaba en una pared de piedras enormes mientras contaba las monedas recién adquiridas.

En cuanto Margery le dio alcance, este le soltó unas pocas.

—Aquí tienes tu parte, Margery.

La niña sonrió y se sentó junto a él a recuperar el aliento.

—Esta vez era un objeto muy valioso —le reprochó Margery—. Tendrías que haberte quedado al margen. Habríamos sacado mucho más que esto por el reloj.