El manuscrito de las almas Capítulo 26
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Capítulo 26

M arzo había comenzado siguiendo la estela de su antecesor.

A través de un velo de lluvia suave pero incansable se traslucía un gris en el que se fundían las construcciones y el cielo de manera casi indistinguible.

Al anochecer, la sombra que dejaba el sol tras de sí oscurecía el pueblo y las nubes descendían hasta reposar sobre el terreno.

Las gotas se congelaban en las paredes y el vaho se diluía en ese manto de bruma que no quedaba más remedio que cruzar.

Estábamos atravesando una de esas épocas en las que llegábamos a dudar de si volveríamos a vislumbrar la luz del sol o quedaríamos sepultados para siempre.

Cuando la llovizna concedía una tregua, ya en la noche, solo unos pocos valientes, quizá los más insensatos, se atrevían a transitar por las calles.

Normalmente para combatir el frío en la taberna más cercana, al calor externo de sus semejantes y al ardor interno de la bebida.

Yo era de los insensatos, con la salvedad de que hacía tiempo, desde la muerte de Flora, que había renunciado a la taberna, pues me recordaba demasiado a ella.

Esa noche, mi insensatez me llevó a un lugar que, aunque conocido, me reservaba peores destinos.

La guarida de los renegados albergaba solo un secreto para mí, aquel que había ido a buscar: la localización de los libros de Johne, Margery y Bob, los últimos seres inmortales que habitaban este mundo.

Después de un largo día moldeando el hierro, de aplastarlo con el martillo, aún conservaba fuerzas para adentrarme entre esos muros que protegían el pueblo fantasma.

Aunque esas murallas provocaban en mí el efecto contrario.

Mi respiración se tornaba más agitada cuanto más me alejaba de la entrada solo de imaginarme que me descubrían, sintiéndome sin escapatoria en esa fortificación.

Al fin y al cabo, me disponía a arrebatar parte de la vida de esas tres personas.

En cierta manera, los estaría acercando a su muerte.

Comencé allanando y revisando una a una las casas más alejadas del núcleo central.

En todas ellas había criaturas escondidas entre la maleza que revoloteaban cuando me arrimaba.

Restos de madera podrida se resquebrajaban solo con pisarlas y algunas piezas de acero herrumbroso desprendían un ligero aroma a antigüedad.

A pesar de lo pequeño del lugar, las viviendas se repetían una tras otra y parecían no acabarse nunca.

El tiempo era efímero y, puesto que no había rastro de los libros, tomé la determinación de dirigirme a sitios más peligrosos.

Caminé por esas callejuelas cada vez más angostas y, al comprobar desde la distancia que no había nadie, me interné en aquel pasaje sin salida donde una vez me los encontré, en torno a una hoguera.

Las cenizas seguían allí. Las palpé y noté cómo la húmeda gelidez me atravesaba los dedos.

A juzgar por su estado, esa noche no habían estado allí.

Tampoco vi nada alrededor donde pudiesen permanecer escondidos los libros.

Retrocedí entonces y di un respingo al ver una silueta impertérrita al fondo del callejón.

Entorné los ojos, pero la penumbra era casi total y no conseguí apreciar qué o quién me esperaba al final del camino.

Quise creer que a quienquiera que estuviese allí le estaría sucediendo lo mismo, así que me quedé inmóvil e intenté pasar desapercibido entre las sombras.

Pareció surtir efecto, pues la figura reanudó la marcha y dejó libre la salida.

Cuando el contoneo de su rabo se perdió a la vuelta de la esquina supe que se trataba solo de un gato.

De ser Tiberius, Margery no debería de andar muy lejos.

Dado que no disponía de mejores alternativas, decidí seguirlo para dar con ella.

Anduve con tiento para no ahuyentarlo, pero, cuando estuve lo suficientemente cerca, el sonido de mis movimientos me delató.

Expelió un bufido y se batió en ágil retirada.

Con todo, me dio tiempo a reconocer el pelaje blanco de su pecho.

En efecto, era Tiberius. Lo seguí con la mirada hasta adentrarse en un edificio a poca distancia.

Me aproximé pegado a la pared de la callejuela hasta que me vi frente a una enorme fachada.

Con toda probabilidad debía de ser la más alta del pueblo.

Bajo el pórtico que daba acceso a la casona escuché el eco agudo de la voz de Margery.

Me asomé al interior y la vi arrojando una piedra de un lado a otro de la estancia.

Lo repetía una y otra vez. No quise entrar para no desvelar mi posición, así que la escuché conversar con Tiberius como si lo estuviese haciendo consigo misma mientras ambos perseguían esa roca que no dejaba de lanzar.

Hasta que no se fuesen de allí, poco podía hacer.

Debía aguardar para investigar el sitio, pues desde donde me hallaba se vislumbraban baúles, estanterías y otros muebles donde quizá podrían estar los libros.

Era el primer rincón de ese pueblo fantasma en el que parecía haber habido vida con anterioridad.

La niña no se cansaba de su juego y yo continuaba escudriñándola en la distancia, hasta donde me alcanzaba la vista.

Establecí mentalmente el orden en que lo registraría todo una vez que se marchasen.

Pero mi exceso de curiosidad y mi impaciencia me llevaron a mirar a través de la ventana contigua sin reparar en que había un objeto en el alféizar que tiré sin querer.

El choque de este contra el suelo resonó entre aquellas paredes.

Noté la mirada de Margery clavada como si fuesen las garras de su gato.

Me apresuré a esconderme de nuevo a un lado de la puerta, pero, al oír sus pasos correr hacia la salida, supe que no iba a ser suficiente.

Di una enorme zancada y doblé el primer recodo del edificio.

Al amparo del callejón, me cubrí la boca y contuve la respiración.

Agucé el oído y rogué para mis adentros que la niña me tomase por un animal que había huido.

Tras un largo minuto, así fue. Margery se alejó calle arriba con Tiberius y me permitió al fin inspeccionar el lugar.

Tenía el pálpito de que hallaría el tesoro.

Me interné en la casa y la piel se me estremeció.

Podía respirar la humedad, y no era agradable.

Un sabor a tierra mojada y pútrida, que notaba cada vez que tragaba saliva, se instaló en mi garganta.

Allí dentro me sentía como si estuviese encarcelado.

Me asfixiaba como si el aire también hubiese estado preso durante años.

Aunque esa sensación se me agarró al cuerpo y no lograba desembarazarme de ella, seguí adelante con el plan y examiné los numerosos trastos que había por allí, muchos más de los que en un principio había vislumbrado desde fuera.

Al igual que en el resto del pueblo, todo era desorden y podredumbre, aunque al menos había indicios de una vida anterior.

Debió de ser una familia con dinero, a juzgar por la opulencia a mi alrededor.

Sin ir más lejos, me pareció llamativo que la escalera que se perdía en la segunda planta se hallase en el interior de la estancia y no adosada a la fachada exterior.

Eso solo se lo podían permitir aquellos que disponían de espacio de sobra en la vivienda y se podían permitir el lujo de perder un poco para este fin.

Abrumado por la magnificencia, mi mente comenzó a divagar.

Me preguntaba quién podría haber elegido ese sitio para hacer su vida.

Un lugar alejado y escondido del resto de la civilización.

Más curiosidad aún me suscitaban los motivos de su partida.

Hasta entonces siempre había visto la guarida de los renegados como el pueblo donde vivían Johne, Margery y Bob, pero ellos solo habían sacado provecho de su abandono.

Este debía de haberse erigido mucho antes.

De repente, la historia de aquel emplazamiento, otrora lleno de vida, ahora asolado, se convirtió en un misterio que me habría gustado descubrir.

Sin embargo, esos no eran mis fines. Mis elucubraciones me estaban desviando del camino, así que aparté esos pensamientos y me centré en la búsqueda de los libros.

Comencé por lo más evidente: una estantería repleta de libros cuyas hojas, si no las trataba con cuidado, se desharían entre mis dedos.

El paso del tiempo afectaba a todo; al menos, así debía ser.

Llevármelos a casa era del todo imposible, pues la pila me superaba en altura, así que fui de abajo arriba revisando la última página de cada uno de ellos en busca de la rúbrica de Angus.

A mitad de camino ya tenía la certeza de que allí no iba a hallarlos.

Todos adolecían de una vejez que seguro no tendrían esos tres libros malditos.

No obstante, terminé con la librería y pasé a un baúl.

Gozaba de un sistema de cierre con pernos de hierro, aunque la pátina de herrumbre que los cubría hacía pensar que se quebrarían solo con acariciarlos.

Sin embargo, resultó seguir siendo tan robusto como el primer día, lo que me hizo interesarme todavía más.

Si alguien se había molestado en protegerlo con tanto cuidado significaba que debía de contener algo valioso.

La escasa claridad nocturna que se filtraba por los recovecos de las paredes se perdía antes de llegar al corazón de la residencia, donde me hallaba. La ceguera hacía todavía más difícil resolver ese mecanismo. No llegué a conseguirlo porque un grito me sobresaltó.

—¡Ahí está! —exclamó Margery desde el umbral—. Te lo dije. Te dije que no me lo estaba inventando.

A su lado reconocí la figura de Bob a contraluz.

Su respiración profunda y pausada rajaba el aire que nos separaba.

Sujetaba una lámpara con el único brazo que le colgaba del torso.

El olor del aceite quemándose me alcanzó al instante.

Ya era demasiado tarde para huir, estaban obstruyendo la salida.

Me puse en pie y aguardé en silencio, pensando cuáles deberían de ser mis siguientes pasos.

—Me ha seguido y se ha escondido —prosiguió Margery irritada—. No nos buscaba a nosotros, no quería que lo viera. Corre, avisemos a Johne.

Bob la apaciguó posando una mano sobre su hombro.

—¿A qué ha venido? —No era la primera vez que lo escuchaba hablar, pero sí la primera que se dirigía hacia mí—. ¿Por qué se ha colado a hurtadillas?

¿Qué había cambiado para que me hablase directamente en esa ocasión? El tono lúgubre se unía al habitual rostro sombrío del chico, que mostraba un alma atormentada, un lamento continuo.

Tenía que tomar una decisión rápida. Reflexioné con apremio en medio de la repentina calma, solo interrumpida por la inquietud de Margery.

Aunque el poblado era pequeño, quizá nunca lograse encontrar esos libros por mi cuenta.

Quizá los mantenían a buen recaudo y jamás los hallaría yo solo.

Decidí ser sincero e intentar convencerles con mis argumentos.

Les hablé de las conclusiones a las que había llegado acerca de Angus; del futuro que nos esperaba si aquella aberración de la naturaleza salía a la luz y se propagaba por el resto del mundo; del error tan grave que suponía desdeñar a la muerte.

—No sé si los rumores llegan hasta aquí —dije—, pero cada vez hay más miedo a la plaga.

En Edimburgo los cadáveres se amontonan y es cuestión de tiempo que se extienda al resto de la región, nada puede detenerla.

¿Y si es incurable? —Hice una pausa en la que Bob permaneció inmóvil, escuchándome abatido, con el hastío trazado en su expresión—.

Este vínculo no os exime de la enfermedad, del sufrimiento, del dolor.

¿Os imagináis una vida eterna sometidos a las fiebres?

Dime, Bob, ¿de qué le sirven las alas a un pájaro que vive enjaulado?

¿Merece la pena ser capaz de volar y jamás alzar el vuelo?

—No lo escuches —replicó quejumbrosa Margery—. Está intentando engañarnos. No nos podemos fiar de él. Avisemos a Johne y que él se encargue.

La niña tiró de la túnica de Bob hacia atrás, pero este continuó clavado en el sitio, sin avanzar ni retroceder.

—Creed lo que os digo —insistí—. Lo mejor para vosotros y para todos es que esto no llegue a saberse. Llevadme hasta vuestros libros, acabemos con el vínculo y salvemos las almas del mundo entero. Hagámoslo juntos. No pretendo obligaros, sino haceros entrar en razón.

—No puedo —repuso Bob. Luego se giró hacia Margery—. Tienes razón, Johne sabrá lo que hacer. Aunque te advierto que es posible que debamos marcharnos de aquí definitivamente.

—No quiero… —lloriqueó antes de volverse hacia mí—. Le odio. Todo es culpa suya.

—Todo esto no es necesario. Rompamos los vínculos y no os volveré a molestar. Podréis vivir aquí, en paz, el resto de vuestras vidas. Johne no tiene por qué saberlo.

—Johne es nuestra familia, estúpido —restalló Margery—. Si rompemos su libro, morirá con él. Ya era muy mayor cuando se convirtió, no sobrevivirá. No pienso dejar que lo hagas, me da igual el resto del mundo. Nadie se ha preocupado nunca por nosotros, tampoco nosotros lo haremos.

—Venga, vámonos —sentenció Bob retirando las lágrimas que embadurnaban la cara de la niña—. Si una vez encontramos un lugar como este, podremos hallar un nuevo sitio donde asentarnos. Tenemos todo el tiempo a nuestra disposición.

—Bob… Margery…

Pero estos ya me habían dado la espalda.

El muchacho se alejaba balanceándose, agarrando con fuerza la mano de Margery, cuyo caminar arrastrando los pies resonaba con demasiada claridad.

Al último que perdí de vista fue al gato, cuyo pelaje negro destacaba en medio de la niebla que terminó por devorarlos.

A esas alturas, quedaba más cercano el amanecer que el ocaso, así que emprendí el camino de vuelta con la convicción de que había fracasado.

De que era el culpable del triste destino que se cernía sobre la humanidad.

Había malogrado el propósito de Angus y nos había condenado por ello.

Johne, Margery y Bob abandonarían la guarida de los renegados en unos días y nunca más volvería a saber de ellos.

No tendría forma de encontrarlos y, más tarde o más temprano, se forjarían nuevos vínculos.

Almas y libros se unirían para dar lugar a seres que no eran ni humanos ni seres divinos.

La maldición de la inmortalidad se propagaría como una enfermedad a la que solo podríamos combatir, pero nunca derrotar.