El manuscrito de las almas Segundo interludio #3
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Segundo interludio #3

La falta de recursos lo forzó a dejar la bebida, pues lo poco que obtenía de la mendicidad era algo de pan duro o queso.

Aquello, pese a lo que en un principio creyó, fue todavía peor.

Su cuerpo no estaba preparado para dejar el alcohol después de los meses que llevaba consumiéndolo.

Jamás antes había sudado gotas de hielo que lo atravesaban como si de filos de espadas se tratase.

Los espasmos de su cuerpo lo controlaban a él, y no al contrario.

Y, cuando todo esto desaparecía momentáneamente, caía preso de un sueño profundo que le duraba varios días.

Con todo, las circunstancias aún empeorarían.

Fue durante una de esas noches en las que la niebla era tan densa y viscosa que le impedía ver más allá de sus propias manos.

El silencio era atronador, la brisa nocturna escarchaba sus pulmones a través de los numerosos agujeros de su ropaje y el ritmo acelerado al que bailaba su pecho no le permitía conciliar el sueño.

Johne se estaba revolviendo en busca de un hueco de suelo menos duro cuando percibió unos golpes sordos aproximarse a él.

Elevó la mirada, pero no distinguió nada, pues todo a su alrededor era blanquecino.

Volvió a cerrar los ojos y a abrazarse a sí mismo, y entonces los volvió a escuchar.

Sin molestarse en despegar los párpados, supo que era el sonido de unos pasos.

Estos se acercaron hasta su rostro, momento en el que notó el vaho que salía de su propia nariz retornar y calentarle ligeramente la cara.

Abrió los ojos y dio un respingo hacia atrás al ver a aquella figura observarlo desde arriba.

La silueta le resultaba familiar, pero aún no alcanzaba a reconocer sus facciones, que se encontraban ocultas en la sombra que ella misma proyectaba.

Solo al oír la suave voz femenina, algo en su interior se resquebrajó.

«Vamos», murmuró. Al ponerse en pie y sobrepasarla en altura, vio la expresión de Eleonora como si nada de todo aquello hubiese sucedido, como si todo hubiera sido una pesadilla.

Su piel seguía tersa y su aspecto desprendía el carisma que lo había enamorado la primera vez.

Vestía un elegante y pomposo vestido cubierto en su totalidad por plumas negras que se movían acompasadas cuando esta se puso en marcha.

Johne la siguió sin dudarlo ni un segundo.

Recorrieron el pueblo vacío de actividad.

A veces se paraban y Eleonora le hacía gestos mudos que no lograba comprender.

Intentaba decirle algo, pero no sabía el qué.

Él gritaba, pero no se oía a sí mismo, no al menos más allá de su propio pensamiento.

Cuando Eleonora reanudaba la ruta, Johne la seguía embelesado, pero algo dirigía sus piernas y le privaba de acercarse lo suficiente como para lograr tocarla, como anhelaba de verdad.

Pese a que no entendía adónde iban, suspiraba por que esa madrugada nunca terminase.

Sin embargo, en cuanto lo deseó, llegaron a la última de las paradas.

Eleonora señaló con el dedo hacia un montículo cubierto de maleza que crecía en torno a una construcción en las afueras de la ciudad.

Johne se apresuró a rebuscar en él y halló su bastón.

No era una réplica, no cabía duda de que era el suyo, lo reconocería en la distancia.

Al volverse, Eleonora se había esfumado.

Johne, desesperado, desanduvo sus pasos y los volvió a recorrer.

Repitió numerosas veces el trayecto que acababa de realizar, pero su esposa nunca volvió a mostrarse ante sí.

Las lágrimas anegaban sus ojos, ensuciaban sus mejillas y salaban sus labios.

En pleno centro de la ciudad, abandonado a su suerte, Johne sollozaba sin pudor a ser escuchado.

Y, de repente, un cansancio abrumador lo invadió de dentro afuera.

Perdió la consciencia y se golpeó la cabeza contra la piedra húmeda.

Los pájaros cantores lo despertaron al alba.

El cielo lucía despejado y, frente a él, todo el horizonte eran árboles, hierba y flores.

Su agudeza mental lo sobrecogió. Sentía un alivio generalizado; ni frío, ni temblores, ni aturdimiento.

Estaba tirado en el suelo, pero no en medio del pueblo, sino en las afueras, entre las malezas donde había recuperado su bastón.

Todo cuanto recordaba se le antojaba lejano.

Tan alejado y tan difuso en su memoria que no era capaz de distinguir si había sido real o no, si alguna vez se había desposado con una mujer llamada Eleonora o si siempre había sido un vagabundo que soñaba con pertenecer a la aristocracia.

En las profundidades de la espesura que se extendía frente a él, unos sollozos agudos lo sacaron de su abstracción.

Parecían el llanto de un bebé, aunque aquello no tuviese ningún sentido.

Echó mano del bastón que siempre lo acompañaba para ayudarse a erguirse.

Ya no tenía la certeza de nada, ni siquiera de si aquellos quejidos perdidos en el bosque eran verdaderos o fruto de sus delirios de grandeza.

Ni siquiera de su propio nombre. Se encaminó hacia la arboleda y se internó con la esperanza de hallar allí la confirmación de su locura.

Y, mientras tanto, hasta esclarecerlo todo, decidió bautizarse a sí mismo con un nombre más acorde a su posición, a su modo de vida.

El primero que acudió a su cabeza fue el de Johne Wayfarer.