El manuscrito de las almas Segundo interludio #2
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Segundo interludio #2

—Disculpe, ¿qué va a hacer con eso? —dijo mientras se arrimaba al médico.

Antes de que este pudiera contestarle, la acción habló por sí sola.

Practicó una incisión profunda sobre una zona oscurecida en su axila y un reguero de sangre negra brotó a presión, llegando a manchar el rostro de Johne.

Una mezcla de herrumbre y putrefacción se coló por su nariz.

Intentó decir algo, pero las palabras se enredaron en su boca.

Una intensa bola de fuego anidó en su estómago y, casi al instante, todo comenzó a dar vueltas a su alrededor hasta que cayó desmayado.

El médico abandonó por unos instantes a su paciente principal para atender a Johne, inconsciente en el suelo. Con ayuda del cochero, lo trasladaron a otro cuarto más fresco y lo tumbaron. Bajo las indicaciones del doctor, el cochero le mantuvo las piernas elevadas.

—Traiga un poco de agua —exigió Saunders a la posadera, que observaba la escena desde la puerta de la estancia.

Poco después apareció con una jarra llena que el doctor vertió sobre la cara de Johne. Luego tomó un trozo de tela y se la secó. Tras unos minutos, el rubor regresó a su rostro y el semblante se tiñó de vida otra vez.

—¿Qué ha pasado? —repuso Johne al verse rodeado por extraños.

Durante unos instantes tan solo reconoció a su cochero, no así a las otras dos personas que lo miraban.

Unos parpadeos después, lo recordó todo—.

Vaya… Vaya momento para desmayarme. Disculpen, soy verdaderamente aprensivo con la sangre.

No puedo ni verla, como habrán podido comprobar.

De súbito, vino a su mente la imagen de Eleonora y entonces la preocupación lo asestó de nuevo.

—¿Y Eleonora? ¿Está bien?

—Ahora mismo volveremos con ella, usted quédese aquí, reposando.

—De eso nada —le contradijo—. Esto no ha sido nada. Tengo que estar con mi mujer.

El médico hizo un gesto de reprobación, pero decidió no iniciar una discusión.

Cuando los cuatro se dirigieron al cuarto de Eleonora, algo les impidió acceder.

La puerta parecía bloqueada. Saunders le indicó a su pupilo, que era el único que se había quedado dentro, que intentase abrirla, pues algo parecía estar obstruyéndola.

—He sido yo —respondió el chico—. He colocado la otra cama a continuación de la de la señora, contra la puerta, para que nadie más pueda entrar.

—¿Por qué has hecho eso? —preguntó Johne en un conato de ira—. Muchacho, no juegues con esas cosas. Abre de una vez y no habrá represalias.

—Sé lo que le pasa a su esposa. Tiene bultos horrorosos, negros y grandes, en ambas axilas, en el cuello y en la ingle. Puede sonar extraño, pero creo que ha enfermado de la plaga.

—Jovencito, no seas necio. Aquí no existe esa enfermedad, te lo digo por experiencia —insistió Johne—. Deja que sea tu maestro, que es quien verdaderamente sabe de enfermedades y curaciones, quien te lo diga. No te hagas el valiente y déjanos entrar.

—Doctor Saunders, usted lo ha visto —repuso el chico—. ¿Cree que me estoy equivocando?

Todos se volvieron hacia el médico. La incertidumbre se leía en su mirada. Se quedó en silencio unos segundos hasta que respondió:

—Los he visto y no te negaré que lo he pensado por unos instantes, pero la probabilidad es bajísima. Por eso lo he deses­timado.

—Pero… —Las palabras quedaron ahogadas en la garganta de la posadera. Después tragó y volvió a intentarlo—: Pero usted me dijo que venía de Francia, que allí la muerte acechaba en cada esquina. ¿Es posible que haya traído la plaga con usted?

Desde que el aprendiz lo había mencionado, a Johne no había dejado de rondarle lo mismo por la cabeza.

No quería admitirlo, pero, de ser así, tampoco quería asumirlo.

No le importaba a cuántas personas pudiese arrastrar con ellos, su mujer debía ser atendida y nada iba a impedirles volver a su ho­gar.

Sin embargo, no había contado con aquel obstáculo, aquel estúpido niño que se creía un héroe.

—¿Es eso cierto, señor Campbell? —inquirió el médico.

Johne balbuceó, incapaz de confirmarlo ni desmentirlo. Para el doctor, aquello fue más que suficiente para dar crédito a lo que había visto y lo que su joven discípulo había constatado.

—¿Qué pretendes? —le preguntó el médico a través de la puerta.

—Por lo que sabemos, no todo el mundo muere.

Procederé a terminar lo que usted ha comenzado: realizaré sangrías en cada uno de estos bultos y le administraré algunas drogas para calmar el dolor.

Me quedaré aquí el tiempo que haga falta e intentaré que se recupere.

No pondré en riesgo la vida de otras personas, no dejaré que nadie más se contagie.

—¡Estúpido! Tú serás el primero en contagiarte —chilló Johne desesperado. Sus palabras resonaron en el vacío del pasillo—. Vamos, déjame entrar. Debo acompañar a mi esposa, no puedes privarme de eso. No tienes ningún derecho.

—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr. Y, si me contagio, me quedaré aquí solo hasta morir.

—¡Maldición!

Johne golpeó la puerta con fuerza, intentó echarla abajo sin éxito.

Con la cara desencajada interpeló a la posadera para que buscase otra forma de acceder al cuarto, exigió al doctor que hiciese entrar en razón al descerebrado de su ayudante y miró a su cochero apelando a cualquier tipo de apoyo.

Pero ninguno de ellos cedió. Todos habían aceptado ya lo que estaba por venir y solo restaba esperar.

Tanto fue así que los tres unieron sus fuerzas para doblegar el ímpetu de Johne, que no dejaba de ir en aumento.

Este se desgañitaba por deshacerse de los brazos y piernas de quienes lo apresaban, manteniéndolo inmovilizado con dificultad en el gélido suelo de otra de las estancias de la posada.

Mientras tanto, el doctor Saunders pretendía forzarlo a consumir una de sus drogas que lo dormiría durante unas horas.

El líquido oscuro se derramaba por su cara, pero no conseguía tocar su lengua.

En un segundo intento, una vez dentro, Johne lo escupió y tiznó los rostros de sus captores.

Finalmente, taponando nariz y boca lograron que se lo tragase.

En ese instante, a la señal del médico, ambos liberaron a Johne, cuyos ojos inyectados en sangre juzgaban a los allí congregados.

La violencia que despedía tensó el ambiente, pero el efecto de la droga fue casi inmediato y su respiración pasó de entrecortada y rápida a lenta y profunda.

Una vez acostado, al doctor no le fue difícil conservarlo en el mismo estado los dos días siguientes.

Le administraba un par de veces al día la misma sustancia, que ingería inconscientemente.

Ninguno abandonó el lugar y fue la posadera la que se encargó de abastecerlos con alimentos, tanto para ellos como para los aislados, a los que se los dejaban en el alféizar de la ventana, desde el exterior.

Solo cuando el joven dictó la funesta sentencia y confirmó que Eleonora había perecido ante sus ojos, dejaron que a Johne se le pasasen los efectos de los calmantes y recobrase el sentido.

Fue Saunders, bastante habituado a dar ese tipo de noticias, quien le informó del triste desenlace.

Todavía aturdido, Johne no supo reaccionar.

Palideció y sus ojos se cristalizaron, pero permaneció inmutable hasta que su cochero lo arrastró al exterior, donde el aire purificado por la tormenta lo desintoxicaría por completo.

Se dejó arrastrar como si de un ser inanimado se tratase, como si su alma se hubiese quedado en el interior de esa posada para siempre.

Los días se sucedieron para Johne como si el tiempo no existiese, incapaz de discernir el día de la noche, las personas de los animales, la realidad de la imaginación.

No reparó en qué momento había desaparecido el cochero de su lado ni sabía por qué seguía deambulando por las callejuelas de ese pueblo que había visto morir a su amada esposa.

Se ahogó en jarras y jarras de alcohol, frecuentó todas las tabernas hasta que una a una le fueron vetando el acceso.

Comenzó a merodear por los suburbios más truculentos en busca de la ansiada embriaguez.

Derrochó su fortuna en forma de vómito, que ensuciaba las calles cada madrugada, cuando su cuerpo no lo soportaba más.

Se vaciaba y, a la mañana siguiente, el ciclo volvía a comenzar.

Los escasos momentos de lucidez le servían para mirarse a sí mismo y no reconocer a quien estaba viendo.

Su ropa fue pasando de bruñida y elegante a sucia y andrajosa.

Ya no vestía con el estilo que siempre lo había caracterizado, sino con las prendas viejas de los que se apiadaban de él.

Porque, en uno de esos instantes de clarividencia, observó que su nuevo hogar era el suelo de un estrecho callejón cubierto por una cornisa con la que resguardarse de los constantes aguaceros.

Sin embargo, lo que lo golpeó con más fuerza fue perder su bastón, pues era el único recuerdo material que le quedaba de Eleonora.

Ya no tenía nada por lo que vivir, ni tampoco tenía el valor para dejarse morir, aunque su comportamiento lo estuviese acercando a ese desenlace con más celeridad de lo normal.