Segundo interludio
E l terreno se había vuelto irregular. Los hoyos a lo largo de la senda y las piedras en el camino hacían que el carruaje se tambaleara.
El hombre salió de la abstracción que lo mantenía disfrutando del paisaje y echó la vista a un lado.
Observó que su mujer seguía dormitando. A los pocos días de su partida, ella había empezado a acusar un cansancio generalizado y se pasaba gran parte del viaje entre sueños.
El hombre le acarició la pierna y volvió de nuevo la mirada al exterior.
Divisó el horizonte y reparó en que hacía rato que el sol había iniciado su descenso.
Se puso en pie en el estrecho habitáculo y se dirigió a quien llevaba las riendas de los caballos.
—Joven. ¡Joven! —repitió alzando la voz. El cochero se giró—. El sol está a punto de ponerse. Es hora de buscar un lugar donde hospedarse si no queremos que nos alcance la oscuridad.
El cochero hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza.
Este distaba mucho de ser un chaval. Una barba raída y una tez agrietada indicaban que, con toda probabilidad, apenas tendría unos años menos que él.
Sin embargo, se había acostumbrado a dirigirse así a todo aquel que aparentase ser más joven, sobre todo si consideraba que pertenecía a un escalón social inferior.
Al poco tiempo, cuando medio sol ya se hallaba oculto tras la montaña, el carruaje se detuvo en seco. Su mujer se sobresaltó y lo miró con la confusión cubriendo su rostro.
—¿Dónde estamos, Johne?
Este sonrió, agarró el bastón que había reposado en el suelo durante todo el trayecto y se apeó del transporte.
La claridad que aún invadía el entorno dejó ver el porte lustroso de Johne: la ropa cuidada y limpia hasta el más mínimo detalle, el peinado pulido y ese bastón cuya empuñadura de plata relucía impecable.
Se volvió y le ofreció la mano a su esposa, que la agarró con fuerza hasta posarse sobre el inestable suelo.
Frente a ellos, una pequeña construcción rodeada de bosque parecía el lugar idóneo para pasar la noche antes de reanudar su camino al día siguiente.
Se internaron en la posada cogidos de la mano.
Al atravesar el umbral, la piedra de las paredes y la ausencia casi total de ventanas hicieron que el frescor los golpease.
La estancia estaba tenuemente iluminada por diminutas velas que les otorgaban un respiro a sus ojos.
—Buenas noches tenga usted. Mi nombre es Johne Campbell —dijo con énfasis—. Esta es mi adorada esposa, Eleonora. Estamos de paso, venimos de Francia y nos dirigimos hacia la costa oeste de Escocia, a nuestro hogar. ¿Podríamos alojarnos en sus dependencias?
—Por supuesto —aseveró la mujer al otro lado del mostrador.
El olor del dinero cambió su expresión—.
En estos momentos se encuentran todas a su disposición.
Con el pueblo a pocos minutos a caballo no es habitual que se alojen muchos huéspedes por aquí.
Sin embargo, disfrutarán de la tranquilidad del monte y nadie los molestará.
Por ese motivo, el precio será algo más elevado, ¿está usted de acuerdo?
—El dinero no será ningún problema. Por favor, asígnenos el mejor de sus cuartos a mi esposa y a un servidor. Y, para el cochero que aguarda en la puerta, escoja uno de calidades medias para que se sienta cómodo.
La posadera accedió sin reparos y, mientras anotaba sus nombres en un gran libro de hojas pálidas, continuó con la charla:
—¿Y cómo les ha ido por tierras francesas?
—A nosotros muy bien. Nos han acogido unos familiares de mi esposa y hemos estado entre lujos.
Aunque, para la gente de a pie, la situación es convulsa.
Se palpa un enorme descontrol debido a la plaga que los azota y hay caos allá donde mires.
Por suerte, no he estado en presencia de ningún cuerpo afectado, solo sé lo que se rumorea sobre la enfermedad.
Una verdadera lástima. Menos mal que nosotros estamos lejos y a salvo, ¿no cree?
Su interlocutora asintió en silencio y, acto seguido, los guio hacia sus aposentos. Antes de cerrar la puerta, Johne le ofreció una pequeña bolsa cuyo tintineo interior daba buena cuenta del contenido.
—Creo que con esto será suficiente para cubrir la pernocta de los tres.
A la mujer se le ensancharon los ojos y el rubor acudió a sus mejillas. Tartamudeó hasta que fue capaz de articular más de dos palabras seguidas:
—Señor, aquí hay mucho más de lo que…
—Tómeselo como una muestra de gratitud por su amabilidad —interrumpió Johne con aires orgullosos—. Tengo la certeza de que, si alguien más se persona esta noche, podrá insinuar que la posada se encuentra completa.
Johne le guiñó un ojo y cerró la puerta sin posibilidad de réplica. Los pasos de la posadera se escucharon alejarse por el pasillo.
—Estoy tremendamente cansada hoy —apuntó Eleonora—. Creo que no cenaré nada. Necesito descansar. Y necesito que sea ya.
Johne la dejó durmiendo en aquel duro jergón, que evidenciaba que había sido más que generoso con el precio que había pagado, y se marchó a tomar un tentempié junto con la posadera.
Esta, al menos, le ofreció algo de conversación.
O más bien unos oídos para escuchar todo cuanto Johne quiso contar sobre su andadura por Francia.
Un rato después, fue el golpeteo de las gotas al chocar contra la techumbre de la posada lo que dio por finalizada la charla.
Una intensa lluvia se había desatado en el exterior y Johne decidió retirarse antes de que el ruido creciente pudiese llegar a desvelarlo.
Aunque no tuvo problemas en conciliar el sueño, pocas horas hubieron de pasar hasta que, en mitad de la noche, unos gemidos se hicieron cada vez más y más sonoros y terminaron por despertarlo.
Su mujer se quejaba y se retorcía a su lado.
Johne intentó aplacar su malestar, pero al rozar su piel notó cómo esta ardía.
Se volvió hacia la lámpara que había en el suelo, junto al lecho, y la prendió.
El olor a carne quemada de la grasa lo abofeteó hasta que, pasados unos segundos, el aroma se estabilizó y se acostumbró.
La acercó a su esposa, todavía con los párpados caídos, y advirtió cómo le brillaba el rostro.
El sudor le cubría toda la cara, que exhibía una mueca de angustia.
—Eleonora. —La zarandeó con cuidado—. Eleonora, despierta. Estás teniendo una pesadilla.
La mujer no se inmutó. Los lamentos provenían de su garganta. Johne se percató de que su pecho subía y bajaba de forma acelerada. Supo que algo no iba bien, que aquello no era un simple sueño, así que se envolvió en una bata y salió al pasillo.
Notó el frío atravesar el fino lino que lo cubría.
Todas las velas del lugar ya se habían extinguido, lo que confería un tono lúgubre a cada rincón del edificio.
Gracias a la lámpara que portaba, consiguió desplazarse hasta llegar a la entrada.
Alzó la voz en busca de la posadera, pero nadie apareció.
En medio de esas palabras perdidas en el aire no había silencio, sino la furia del agua y el viento arreciando contra la puerta y las pocas ventanas.
Intranquilo, Johne se dedicó a aporrear todas las puertas hasta que de una de ellas salió su cochero.
—¿Sabes dónde está la posadera? A Eleonora le pasa algo y necesito que venga a verla un médico.
—Puede que esté durmiendo fuera de la posada, señor —respondió con duda—. Creo que hay una pequeña casa detrás.
—Vaya a buscarla inmediatamente. —El cochero se miró a sí mismo, a la ropa de noche que llevaba puesta, y después exhaló un suspiro de resignación—. ¿A qué está esperando? ¡Vamos!
Unos minutos después el cochero se había ataviado con ropa de abrigo y había salido a la tormenta. No había errado en su suposición, pues trajo consigo a una adormilada posadera.
—Usted dijo que el pueblo está a unos minutos a caballo.
He de suponer que habrá algún médico allí, ¿no?
—La mujer asintió con la cabeza incapaz de hacerlo con la voz—.
Por favor, acompañe a mi cochero y tráiganlo.
Es urgente, a mi esposa le pasa algo. —Hubo un silencio en el que se coló el sonido de un trueno—.
Sabe que el dinero no es problema, así que no se demore.
Mientras el cochero y la posadera se alejaban, Johne volvió a la alcoba donde yacía su mujer en el mismo estado en el que la había dejado.
No respondía a sus palabras, no parecía llegar a escucharlas siquiera.
Tomó un paño, buscó la tinaja con agua de la posada y lo hundió en esta.
Luego regresó para cubrir su frente con la vaga esperanza de que surtiera algún efecto.
No había pasado ni una hora cuando escuchó el ruido de los cascos de los caballos acercarse y detenerse con brusquedad al otro lado de la pared. Johne salió con cierto temor a que regresasen con las manos vacías, pero este se esfumó al ver a un hombre y un chaval aproximarse.
—Buenas noches, señor. Soy el doctor Saunders —se presentó mientras le estrechaba la mano a Johne.
Este desvió la mirada al muchacho—. Este es mi aprendiz, lo tengo acogido en casa una temporada para adiestrarlo en el arte de la medicina.
No se preocupe, por ahora solo se dedica a observar y a asistirme. Dígame, ¿qué sucede?
—Gracias por venir, doctor. Venga por aquí. —Los guio hacia su alcoba—. Mi esposa está siendo asediada por unas fuertes fiebres, tiene que ayudarla.
El doctor Saunders comenzó a explorar a Eleonora.
Revisó varias zonas de su piel e intercambió unas inaudibles palabras con su aprendiz, que se encontraba al otro lado del camastro.
Este obedeció lo que parecía una indicación, pues hurgó en el interior del maletín hasta dar con un delgado instrumento metálico que le entregó presuroso al médico.
Mientras tanto, la posadera, el cochero y el propio Johne contemplaban la escena desde los pies de la cama.
Johne no despegaba la mirada de aquel escalpelo que acababa de agarrar el doctor Saunders.