El manuscrito de las almas Capítulo 25
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Capítulo 25

L a pala seguía allí tirada y el hoyo cavado.

Quizá alguien lo había visto, pero ya nada me importaba, todo estaba perdido.

Saqué las memorias de mi madre y las miré.

Estas ya me habían dado todo lo que podían ofrecerme.

Observé sus huesos en el fondo de la tumba y me sentí avergonzado.

Había profanado su descanso por segunda vez en vano, así que al menos intenté que tuviese algún sentido.

Arrojé el libro a la zanja, como ya hiciera la noche que la enterré, y comencé a rellenarla.

Lo hice con sosiego porque sabía que cuando apelmazase el último montón de tierra todo habría terminado.

Acabé y me di la vuelta sin más demora. Tomé el camino hacia el pueblo con el ruido de la pala rozando contra el suelo.

Poco después, la lluvia se desató con violencia y me apresuré a resguardarme bajo la cornisa que sobresalía de la fachada de una casa.

El temporal fue breve, pero suficiente para limpiar las calles.

Reanudé entonces el camino. Me sorprendí dejando atrás mi propia casa, como si mis piernas supiesen mejor que yo que todavía no estaba preparado para zanjar el asunto. Continué hacia las afueras.

El aire pesaba como un yunque. Era la herencia que había dejado la tormenta, que se agarraba a la piel y me dificultaba la respiración mientras encaraba el ascenso por la senda que conducía hacia la periferia.

Una senda que ya había transitado antes y que sabía adónde dirigía.

Hacia el último reducto en el que buscar alguna respuesta, aunque solo fuese de consuelo.

Si el temporal había devastado el exterior, las palabras de Johne habían hecho lo propio dentro de mí.

Su discurso resonaba en mi cabeza. Al principio para machacarme con que no las volvería a ver, pero después para meditar sobre algo de lo que había dicho, que quizá había soltado cegado por la rabia, pero sus palabras escondían algo mucho más significativo, más trascendental.

Acudió a mi memoria la última vez que ahorcaron a un asesino en la plaza.

A pesar de estremecerme al oír el crujido de su cuello, el cual silenció a todos los allí congregados, la sensación que llegó a continuación, la de sentirme a salvo de nuevo, la desplazó.

Pero ¿qué habría pasado si hubiera sido inmortal?

¿Cómo se le habría castigado? ¿Cómo se le impediría volver a repetir sus crímenes?

Aquel pensamiento me atenazó el corazón.

Lo que para unos pocos podría ser una bendición se convertiría en una maldición para muchos otros.

Ese poder, esa superioridad, en las manos equivocadas tendría consecuencias nefastas.

Y no solo eso, sino incluso en manos adecuadas, ¿qué evitaría a estas corromperse?

Me aterraba el mero hecho de imaginármelo.

Pero ¿podría siquiera permanecer esto en secreto, en posesión de solo unos pocos, o terminaría por propagarse como lo estaba haciendo la plaga?

Y, de ser así, ¿sería acaso mejor? Tal y como había indicado Johne, el sufrimiento seguiría estando presente, la enfermedad continuaría golpeándonos, ¿y quién nos ayudaría a sanarnos o a atenuar ese dolor?

¿Por qué habrían de existir médicos que nos tratasen si no iban a recibir nada a cambio?

Al fin y al cabo, cualquier oficio existía como medio para la supervivencia, para comprar alimento.

Pero, si la supervivencia ya se encontraba garantizada, ¿qué obligaría a trabajar a la gente?

La población seguiría creciendo, pero ¿quién construiría nuevas casas?

Por bienestar, por placer o por puro egoísmo, nos veríamos abocados a saquearnos los unos a los otros o estaríamos forzados a vivir una eternidad huyendo en busca de cobijo allá donde lo hubiese, siempre con la angustia de ser asaltados en cualquier momento.

Porque no habría un oficial que se encargase de que se cumpliese la ley.

¿Qué ley? Al final, la sociedad como tal dejaría de existir, nadie haría nada por el prójimo, y la codicia y el individualismo nos someterían.

En medio de todas esas elucubraciones, me detuve al llegar a la antigua casa de Angus Morrison.

Pese a la humedad que emanaba del interior, accedí.

Entre los escombros quemados discerní algo que no había sido presa del fuego.

Me aproximé al rincón y, al agacharme, lo reconocí.

Era la faltriquera que llevaba Angus el día que lo maté, la que contenía su libro.

En su interior había frascos y papeles. Revisé estos últimos y di con uno que corroboró que Angus había llegado a las mismas conclusiones que yo.

Se trataba de una lista de nombres. Identifiqué algunos de ellos, como los de Octavia Clark, Pattie Webster o Ted Ferguson.

Había otros tantos que no me sonaban. Sin embargo, lo verdaderamente llamativo fue que la mayoría de ellos estaban tachados.

Solo había tres que no lo estaban: Johne Wayfarer, Bob Scott y Margery Woods.

Esa noche obtuve la respuesta a todo. No la que quería, pero no siempre suceden las cosas como nos gustaría.

Anhelaba haber podido devolverles la vida a todas ellas.

A Catriona, a mi madre, a Flora. Pero sabía que debía dejarlas ir de una vez.

Hasta ese momento, aún las sentía cerca, como si sus muertes solo hubiesen sucedido en mis pesadillas.

Esa noche gélida, en cambio, las estaba matando definitivamente.

Y el dolor anegó mis entrañas, me atravesó como cien dagas.

Yo no era quién para burlarme de la muerte.

Ni yo ni nadie. Ese era el propósito de Angus Morrison, del Ángel de la Misericordia.

Como a mí, le habían azotado los horrores de un infierno en la Tierra.

Había entendido la importancia del órgano regulador de la muerte, que la vida estaba irremediablemente ligada a esta.

Que, si una no existía, la otra también desaparecería.

Desde que hube de afrontar la partida de mis seres queridos, había estado lidiando con una crisis de fe.

Había renegado de Dios, lo había culpado de todos mis males.

Había pasado mucho tiempo esperando una señal, por pequeña que fuese, que me demostrase que estaba equivocado. Por fin la vi con nitidez.

—Perdóname —dije en voz alta, en medio de la casa, pretendiendo expiar mis pecados.

Me llevé conmigo de vuelta a casa la lista de Angus con los nombres de los que había convertido.

Un nuevo sino se abrió ante mí. Estaba en la obligación de asumir su legado, de continuar con ese propósito que yo le había arrebatado junto con su vida.

Era mi responsabilidad restituir el orden y devolver el equilibrio al mundo.

Debía acabar con los inmortales y enterrar ese terrible secreto con ellos.