Capítulo 24 #3
—Debo dialogar con todos y cada uno de ellos.
Tiene que ser decisión suya, como también ha sido tuya.
No pienso arrebatarles de nuevo la vida a esas personas sin su consentimiento, sin que sepan el desenlace que les espera.
La razón será mi bandera. —Angus levantó la mirada, que había esquivado desde que hubiese empezado a desvelar sus planes, y se cruzó con la sonrisa orgullosa de Helen—.
Mi intención tan solo es romper el vínculo.
Pero si lo que venga después les parece insoportable, si no quieren verse envejecer súbitamente o no quieren que sus familiares sospechen de nada, tengo preparada una dosis de una droga fuerte que se los llevará sin dolor.
Se irán apagando hasta caer en un sueño del que no despertarán.
Por supuesto, será su elección. Solo quiero que tengan todas las opciones a su disposición.
—¿Volverás entonces conmigo? —repitió Helen—. Partiré mañana al alba, no tengo tiempo que perder. Catriona, la mujer de Roy, dará a luz pronto y quiero estar allí para ayudarla. Después dejaré que sea Dios quien decida mi suerte.
Angus negó con la cabeza y le explicó que aún tenía que cerrar algunos asuntos antes de abandonar la que también había sido su casa. Después de todo, había vivido allí casi tanto tiempo como en su anterior hogar. Necesitaría un par de días más.
—¿Y Margery? —dijo Helen—. ¿Qué vas a hacer con ella?
Angus exhaló un profundo suspiro y sus ojos se encogieron. Se pasó la mano por el cuello, nervioso, y su rostro palideció.
—Necesitaría treinta años más. Y, aun así, creo que no llegaría a estar del todo listo —contestó Angus—. Pero no puedo posponerlo más. Cuando haya terminado con todos, ella será la última. Y solo cuando le vea de nuevo esa cara de niña que seguirá teniendo sabré cómo reaccionar. Antes no.
—Hace treinta años te lo dije y hoy te lo vuelvo a decir: ¿de verdad tienes la absoluta certeza de que fue Margery quien urdió esa trama para matarte? Suena descabellado, todavía más viniendo de una niña pequeña.
—Cada día de todos estos años me he cuestionado lo mismo.
Muchas noches en vela, remordimientos, arrepentimiento.
No habría creído a nadie que me lo dijera, ni siquiera a ti, Helen.
El problema es que mis oídos y mis ojos no me engañan.
La escuché, la vi jactándose de ello con aquel vagabundo y ese muchacho excéntrico.
Helen le puso la mano sobre el hombro y este descendió con lentitud.
—A veces —prosiguió Angus—, pienso que me lo merecía, que la descuidé tanto que fue su justa venganza. Buscó en otras personas el calor que yo no fui capaz de darle. Unas personas que sí actuaron como la familia que necesitaba.
—Si todo es cierto, ¿crees que aceptará romper el vínculo?
—Margery, como cualquier otra persona de su edad, tenía un punto de caprichosa.
Pero lo que le voy a pedir supone mucho más que negarse a preparar la comida o castigarla en su alcoba.
Sé que me va a costar y no sé si lo voy a conseguir, pero tengo que convencerla.
Cuando pasen unos años, todos habremos muerto y será como si nada de esto hubiese sucedido.
No habrá ningún secreto que guardar, se habrá desvanecido.
Esa labor está por encima de cualquiera de nosotros.
Aunque me pese, también está por encima de Margery.
Helen dio por zanjada la conversación. No había necesidad de seguir removiendo en los sentimientos de Angus, pues era evidente que lo acompañarían hasta el día de su muerte.
Procedieron al fin a romper su vínculo de inmortalidad. Fue Helen la que lo arrojó al fuego. Este crepitó como si de los estertores del libro se tratasen, como si de verdad alguien estuviese agonizando en su lecho. Lo observaron consumirse hasta desaparecer.
Como en la última ocasión, alargaron la velada charlando sobre temas más joviales, pues las penas ya vendrían solas lo que les quedase de vida.
Se contaron anécdotas que les habían sucedido en esos treinta y dos años de ausencia mutua.
Y, como la vez anterior, tomaron la decisión de no despedirse, pues, una vez que Angus llevase a cabo su misión, volverían a reencontrarse donde todo empezó.
A la mañana siguiente, cuando el sol aún se ocultaba detrás de las innumerables colinas que los rodeaban, Helen comenzó a desandar sus propios pasos emocionada y convencida de que se abría una nueva etapa, la última, en su vida.
Sin embargo, a pocos días de su llegada, cuando el paisaje ya se había tornado boscoso, una tormenta la arreció con fuerza.
Cayó enferma y quedó postrada en la cama de una posada durante casi una semana, luchando por vencer las fiebres que la turbaban.
Sin estar recuperada del todo, pero haciendo honor al nombre que la había acompañado toda su vida, tomó la determinación de continuar a pesar de las dificultades.
Le había hecho una promesa a Catriona y debía cumplirla.
Ya tendría tiempo de descansar sobre el camastro de su hogar, rodeada de sus seres queridos.
Pero, a su llegada, aún le aguardaba otro mazazo.
Roy la recibió con el rostro hundido en la miseria.
Tenía los ojos enrojecidos e hinchados, y la voz más quebrada que nunca.
La casa estaba en silencio e invadida por la penumbra.
—Madre… —titubeó Roy entre sollozos.
Entonces Roy se lo confesó. Catriona y el bebé nonato sucumbieron a una grave enfermedad contra la que estuvieron peleando durante días. Y fue más fuerte que ellos, se los arrebató de los brazos.
Helen hizo una vez más acopio de todo el vigor que pudo y abrazó a su hijo, pretendiendo mantenerse firme como un estandarte para él, como siempre lo había sido, aunque, detrás de esa coraza, su corazón también se había fragmentado en mil pedazos.