Capítulo 24 #2
—No, era una vecina que suele venir a consultarme con frecuencia —explicó Angus—. Su caso no es de urgencia. Así que le he pedido amablemente que volvamos a vernos mañana, que hoy tenía visita, y no ha puesto objeción. —Hizo una pausa y respiró hondo—. ¿Por dónde iba?
—He decidido que será aquí, esta misma noche. No puedo dejar que me vean ganar años en cuestión de días.
Angus accedió y se perdió en la oscuridad de su hogar. El chisporroteo de las llamas invadía la estancia y ralentizaba el tiempo. El regreso de Angus se le hizo eterno. Pero todo llega.
—Aquí está.
Soltó el libro de Helen sobre la mesa. Esta lo cogió y lo acarició. Ojeó aquellas páginas manuscritas y se detuvo a releer algunos pasajes para sí.
—¿Y tú? —interpeló Helen observándolo por encima del borde de la tapa—. ¿Hasta cuándo piensas seguir siendo inmortal?
La pregunta no pilló desprevenido a Angus, que exhaló un suspiro antes de contestar.
—Desde que llegué aquí no he dejado de hacerme la misma pregunta.
Cuanto más tiempo pase, es más previsible que destruir el libro implique afrontar mi propia muerte.
Y no me resulta fácil ser yo quien decida cuándo ha de suceder.
Es por eso que el ser humano no es dueño de su muerte. Nunca debería de haberlo sido.
Angus agachó la cabeza y dejó ver una expresión de vergüenza.
—Por eso mismo, ¿por qué no hacerlo ahora? Hagámoslo los dos y regresemos juntos. Aún nos queda algo de vida y tengo la certeza de que allí ya no queda nadie que pueda reconocerte. Y menos treinta años más viejo.
—Ojalá fuese tan sencillo… A propósito, casi se me olvida.
Angus volvió a adentrarse en las sombras y poco después regresó sujetando otro tomo. Por un instante, Helen creyó haberlo convencido, que traía su libro. Hasta que leyó el rótulo que le daba título.
— Helen Strong, vida y sacrificio —enunció en voz alta—. ¿Qué es esto, Angus?
—Desde el día en que abandonaste este lugar tuve claro que lo que relata este libro nunca debería ser pasto de las llamas.
Se me ocurrió entonces escribirlo de nuevo, esta vez con una tapa cubierta con piel de oveja.
Sabía que volverías para destruir tu vínculo, pero no por ello tenías que borrar también tu legado. Es lo único que puedo hacer por ti.
Se lo entregó a Helen y la mirada de esta se empañó hasta que rodó una lágrima por su mejilla. La voz no le salió del cuerpo, pero supo que Angus estaba sintiendo su agradecimiento ahogado.
Helen recuperó la compostura y reincidió en su petición.
Le habló de cómo había evolucionado el pueblo en las últimas décadas, lo que a Angus le gustaría y lo que no de esos cambios.
Le mencionó que el médico que ocupó su puesto no era tan bueno ni se implicaba tanto con la gente como lo había hecho él.
Quería además que conociese a Roy, al hombre en que se había convertido aquel bebé que él mismo salvó.
Insistió en que regresase a morir a su verdadero hogar como un último gesto de redención.
Sin embargo, Angus aún tenía asuntos con los que lidiar.
Por tercera vez, la dejó sola a la luz de la hoguera y se internó en su alcoba. Poco después apareció cargado con muchos libros, que soltó de golpe frente a Helen.
—Los últimos años, al igual que he hecho con tu libro, me los he pasado reescribiendo los de todos a los que convertí.
Quiero que lo que va a pasar hoy sea así para todos los demás.
—Hizo una pausa y Helen lo miró, preguntándole con los ojos—.
Tenías razón, Helen. Siempre la tuviste.
Nunca debí haber transgredido los límites de la naturaleza, no debí interferir en el destino.
He tardado más de treinta años en verlo tan claro como lo viste tú en tres minutos.
Es un sacrilegio, pero sobre todo es una terrible amenaza para el equilibrio de la sociedad.
Por ello, llevo unos meses preparándome para regresar.
Helen abrió la boca con un gesto de esperanza, pero Angus no la dejó intervenir.
—Aun así, no puedo aparecer allí sin más. La última vez ya te hablé de los motivos que me llevaron a exiliarme. A eso también habré de hacer frente llegado el momento. Pero, por ahora, he de ser discreto.
—¿Qué piensas hacer, Angus?