Capítulo 24
A Helen le pesaba el cuerpo. Se movía con lentitud de un lado a otro de la estancia mientras decidía qué se llevaría con ella.
La noche anterior, pese al cansancio, la había pasado en vela.
Los pensamientos se agolpaban en su cabeza, los recuerdos acudían a su memoria y un atisbo de miedo aceleraba los latidos de su corazón.
Las prendas iban ocupando su lugar paulatinamente en el viejo zurrón, al que aún se le notaban motas de polvo con más de treinta años de antigüedad.
Una pequeña parte de ella deseaba que este no terminase de llenarse nunca, no tener que emprender ese viaje al norte.
Aunque, en el fondo, estaba convencida de que no podía retrasarlo más, de que debía dar el último paso.
La vigilia la había hecho levantarse antes de que el tamborilero cruzase por la calle anunciando el nuevo día, así que partiría cuando el sol estuviese en su punto más alto.
Cuando los primeros hilos de luz diurna bañaron la estancia, Helen ya había repasado dos o tres veces su equipaje.
Para entonces ya sabía que Catriona se había despertado, la oía arrastrar los pies al otro lado de la puerta, así que salió a saludarla.
La mujer se retorcía intentando alcanzar uno de los tarros que guardaban en la despensa.
Helen soltó el zurrón y se apresuró hacia ella.
—Mi dulce niña, déjame que te ayude.
—No se preocupe, Helen. Ya casi lo tengo… —dijo mientras perdía el aliento estirando el brazo.
—Pero ¿tú te has visto? Venga, no digas tonterías. —Helen la apartó y aprovechó para sacarle varios botes—. Toma, anda, para que tengas donde elegir.
—Se lo agradezco. Pero créame, a pesar de esta barriga —se la frotaba sin darse cuenta—, para este tipo de cosas aún me valgo yo sola.
Helen negó con la cabeza y sonrió acordándose de una escena similar con su hija, la madre de Roy.
—No mientras yo esté por aquí. Y me encargaré de que Roy te cuide de igual manera cuando no lo esté.
Catriona se mostró extrañada. Se percató del zurrón sobre el suelo, al otro lado de la sala, y su confusión se acentuó.
—¿Es que se va usted?
—Así es, cariño. Hay un viaje que llevo muchos años postergando y creo que ha llegado la hora.
Catriona volvió a mirar la bolsa y se quedó en silencio. Helen se anticipó a sus preguntas.
—Quédate tranquila. Habré vuelto mucho antes del alumbramiento. No te voy a dejar sola con mi hijo en un momento tan importante. —Helen trazó una sonrisa que infundía tranquilidad—. Ya he pasado por esto otras veces, estaré aquí para asistirte.
—¿Está segura? —El pánico envolvía el sonido de su voz—. Ese zurrón parece muy lleno. ¿Adónde se dirige?
—Voy al norte, a la aldea de un viejo amigo. Hace mucho tiempo le prometí que volvería y este es el momento más adecuado. Ya he transitado esos caminos antes, no tienes de qué preocuparte. Estaré de vuelta y aún te estará creciendo el vientre.
Catriona se rio y recuperó el tono rosado de sus mejillas. Su madre había fallecido tiempo atrás y era el primer parto al que se iba a enfrentar. Precisaba de alguien con experiencia a su lado, aunque solo fuese para que le transmitiese la seguridad que requería el feliz acontecimiento.
—¿Se va mañana o esta misma noche?
—Salgo en unas horas —aclaró Helen.
—¿Y Roy? Se fue temprano a la herrería y no volverá hasta que caiga el sol —dijo Catriona con preocupación.
—De Roy me despedí anoche, cuando tú ya habías claudicado al sueño. Y, para serte honesta, no le dio la importancia que tú le estás dando. No sé en qué posición me deja eso, pero así fue.
Ambas bromearon sobre Roy y después continuaron charlando hasta que a Helen le llegó la hora de partir. Se dieron un fuerte abrazo, hasta donde le permitía la enorme barriga que se interponía entre ambas, y Helen besó repetidas veces la mejilla de su nuera.
—Eres bellísima, mi dulce niña —la agasajó colocándole un mechón de pelo detrás de la oreja—.
Mientras no esté, cuídate como lo haría yo.
No intentes demostrarte nada y deja que sea Roy quien lo haga todo.
Ese bebé tiene que crecer fuerte en tu interior.
No lo sometas a ninguna carga innecesaria, que ya bastante tendrá cuando venga a este mundo.
—Le haré caso, Helen, pero solo porque me lo pide usted. Y lo mismo le digo, que ese viaje parece peligroso. Vigile en todo momento por dónde pisa e intente no quedarse sola. Especialmente de noche.
—No te preocupes por mí. Nunca estoy sola. Siempre llevo a Dios a un lado. Él dispondrá, no hay nada que temer.
Helen se abrigó, se colgó el equipaje al hombro y salió a la calle. El brillo la encandiló por momentos, hasta que se adaptó a esa inusual claridad. Caminó hasta el punto de encuentro pactado y subió al carro al que había pagado de antemano.
Recorrió el largo camino hacia el norte, aunque, a diferencia de la vez anterior, sin Roy a su lado.
Necesitó hacer menos paradas en el trayecto y alcanzó la aldea de Angus un par de días antes de lo previsto.
Ya a pie, el paisaje despejado seguía siendo tal cual lo recordaba después de más de treinta años, aunque, en esa ocasión, el diluvio que la recibió le otorgaba al entorno un aspecto más lúgubre, no por ello menos hermoso.
Las colinas se teñían de un verde oscuro y el aroma a tierra mojada la refrescaba por dentro.
Apenas quedaba rastro de civilización, solo naturaleza.
Helen aceleró el paso a través de los senderos que bordeaban las pocas casas que había hasta que llegó a la de Angus.
Rezó para sus adentros por que este no se hubiera marchado de allí.
Desde la última vez que se vieron, no había vuelto a saber de él.
Ninguno de los dos se había atrevido a mandar ni una sola carta por temor a que se descubriese que Angus seguía vivo.
Cuando se abrió la puerta, Helen reconoció aliviada a su amigo.
En apariencia permanecía igual, pues, como ella, estaba maldito con la inmortalidad que les impedía envejecer.
Sin embargo, su reacción comedida al verla y su mirada cansada fueron suficientes para saber que Angus no era el mismo.
Solo una leve sonrisa asomó en su rostro antes de apresurarse a tirar del brazo de Helen hacia el interior de la vivienda.
—Cuánto tiempo llevo esperando este día. —Angus sonaba nostálgico—. Venga, colócate junto al fuego. Voy a traerte algo que te vendrá muy bien.
Apareció con una enorme y gruesa prenda, estampada con cuadros, que ofreció a Helen en sustitución del gabán que traía empapado.
—Aunque por allí —dijo en relación al sur de Escocia— también hace mucho frío, no es nada en comparación con el norte. Con esto entrarás en calor mucho antes de lo que lo harías solo con el calor de la lumbre.
Helen se la puso y descubrió lo certero de sus palabras. La suavidad que sentía en la piel se convirtió en calidez en un instante. La larga capa le cubría todo el cuerpo, incluidas las piernas.
—Pensé que en esta segunda visita encontraría pastos y animales alrededor de tu casa —se sorprendió—. Sin embargo, todo sigue tan yermo como la primera vez. ¿De qué vives?
Angus se rio.
—Tan perspicaz como siempre, Helen. Hasta hace unos meses era así, pero ya lo he vendido todo. Lo he repartido entre los vecinos más allegados. Pero no nos entretengamos en eso ahora. Dime, ¿acaso has venido a lo que creo que has venido?
Helen asintió y el pavor se dibujó en su semblante.
Era el momento de cumplir su promesa. Había tenido más tiempo del que se merecía y con este había logrado vencer las adversidades del camino y criar al hijo de Grace.
Ahora, con el nacimiento del bebé de Roy y Catriona, su fallecimiento dolería menos.
Debía ofrecer de nuevo su alma al Señor y rogar por que entendiese su decisión, o al menos la perdonase. Había ido para deshacer el vínculo.
—¿Qué me pasará ahora? —inquirió Helen con un ligero tono de angustia.
—Como sabes, todo empieza con destruir tu libro, el cual tengo escondido y a buen recaudo. Esta acción no tiene vuelta atrás, una vez que lo hayas hecho nunca más volverás a ser inmortal. ¿Entiendes lo que eso significa?
—Claro. Que moriré como cualquier hijo de Dios. Como debe ser, como nunca debía haber dejado de ser —expresó Helen con rotundidad—. ¿Me dolerá?
—No. De hecho, te parecerá que nada ha cambiado, en principio.
Pero pasados unos días empezarás a sentir la vejez en tu cuerpo, tanto por fuera como por dentro.
Por algún motivo que desconozco, el declive natural se acelera.
En poco tiempo cargarás con los años que realmente llevas a tu espalda.
Ni más ni menos que setenta y tres. Como yo.
Alguien aporreó la puerta e interrumpió la conversación. Angus se extrañó, pues se acercaba la noche. Aunque la lluvia parecía haber dado una tregua, en cualquier momento regresaría. Se excusó y se dirigió hacia la puerta.
Mientras tanto, Helen sopesó las palabras de su amigo.
Ante aquella circunstancia, lo mejor sería que destruyese el libro allí mismo, sin esperar a volver a casa.
De lo contrario, una evolución tan marcada en su aspecto físico la delataría, en especial a ojos de su hijo y de Catriona.
En cambio, tras más de un mes de ausencia, sería más fácil justificar semejante cambio.
Angus volvió a la estancia.
—¿Va todo bien? —preguntó Helen.
—Sí, nada alarmante. Como te he dicho, hasta hace no mucho vivía de mi propia tierra, pero nunca dejé de dedicarme a la medicina.
Nunca he cobrado nada desde que estoy aquí, solo lo he hecho por ayudar a los demás.
Ya has visto cómo de aislada se encuentra esta aldea.
Hasta mi llegada, el médico más cercano estaba a tres días a pie.
En muchos casos, la muerte se hallaba mucho más cerca.
—Pero ¿entonces debes irte?