Capítulo 23
N o tardé en reconocer a quién pertenecía esa silueta recortada en la noche a la que seguía sin saber muy bien por qué.
En cuanto contemplé su andar en la distancia supe que se trataba de Bob.
Ese reconocible balanceo que lo hacía tambalearse en su caminata, como también hacía tintinear de vez en cuando el candil que portaba con la mano que no tenía pegada al cuerpo.
En ningún momento miró atrás. Quizá convencido de que pasaba desapercibido; quizá porque realmente no temía que lo estuviesen siguiendo.
¿Y si era eso? ¿Y si Bob estaba en el cementerio porque aquel era su lugar de trabajo?
Puede que me estuviese obsesionando y que viese cuervos donde solo había rocas ennegrecidas.
Por momentos llegué a pensar en darme la vuelta, pero el trayecto fue tan corto que pronto me vi apostado y escondido en la maleza que rodeaba al pozo.
Bob parecía estar esperando a alguien, pues miraba a uno y otro lado constantemente.
Al cabo, el nerviosismo pudo con él y comenzó a dar vueltas alrededor del pozo.
Seguía sorprendiéndome lo cerca que estaba siempre de caer al suelo y que nunca llegase a suceder.
Pasaron varios minutos hasta que se detuvo.
En ese instante, se retiró la capucha. Desde la dirección a la que miraba, alguien se aproximaba.
Una forma alta y delgada que, antes de ver su rostro, descubrí que era Johne Wayfarer por ese bastón que agitaba al aire en lugar de apoyar sobre el suelo.
—Llegas tarde —dijo Bob. Era la primera vez que escuchaba su voz queda y monótona. Tuve que aguzar el oído para entenderle bien—. Sabes que tengo trabajo que hacer.
—Si no te empeñases en quedar siempre en este lugar… —repuso Johne. A él sí que se le escuchaba con claridad—. ¿Has averiguado algo?
—Ha abierto la tumba de su madre. No es relevante.
A pesar de que esa había sido mi sospecha inicial, aquella declaración me cayó como una tormenta de verano.
No podía perderme ni una sola palabra de la conversación, así que me arrimé al límite donde todavía había vegetación que me ocultase e intenté abrir un hueco por el que oír mejor.
Pero la fortuna no estuvo de mi lado: me enganché en un zarzal y perdí el equilibrio.
No llegué a caer, pero se levantó la hojarasca a mi alrededor.
En cuanto miré al frente, sus ojos estaban clavados en mí.
—Roy, ¿qué haces tú aquí? —preguntó Johne a voces.
Me habían descubierto, así que solo me quedaba la huida hacia delante. Me deshice de lo que me retenía y salí al llano. Un olor a aguas estancadas me llegó cuando alcancé el pozo.
—Me has seguido —le increpé a Bob—. ¿Por qué?
Un espasmo sacudió su cuerpo y enmudeció. Apartó la mirada.
—Estás en lo cierto, joven. No lo negaré —intercedió el vagabundo—. Nos dejaste preocupados la última vez que estuviste en nuestra guarida. Solo queríamos asegurarnos de que no hicieras ninguna tontería.
—¿Tontería? ¿Como qué?
—Como exhumar un cadáver. —Advertí el calor en las mejillas. Johne tuvo que notarlo también, pues lo animó a continuar—. Dime, ¿qué pasa por esa cabecita tuya para hacer algo así?
—Se trata de Angus Morrison. Creo que nos equivocamos con él. Estoy seguro de que su propósito era otro totalmente diferente. He estado pensándolo mucho y…
—¿Te burlas de mí? —Su semblante se ensombreció de pronto—. ¿Todavía sigues con eso?
Johne bufó. Casi podía oír los gritos ahogados en su garganta. Solo los labios apretados impedían que estos se materializasen. Antes de que estallase, proseguí:
—Escúcheme, Johne. Déjeme explicarle. Angus y mi madre fueron amigos íntimos.
No puedo creer que quisiera acabar con su vida, no tiene sentido.
¿Qué me diría si le dijese que vino para salvarlos a todos, incluido a usted?
¿Y si descubrió que el vínculo se debilita con el paso del tiempo?
—Hice una pausa para que mi hipótesis permease como una llovizna fina—.
Si no fuese así, ¿cómo explica entonces que todas las personas a las que supuestamente asesinó aún conserven intactos sus libros? Creo que estaba rehaciendo el vínculo.
Me quedé en silencio, analizando sus gestos, esperando oír algún tipo de ratificación a mi teoría, que no llegó.
—¿Cómo puedes ser tan necio? ¿Es que no has entendido nada de lo que te contamos?
—Johne rezumaba molestia—. Angus era un monstruo.
Tú te has forjado una imagen de él a partir de un libro que, no lo olvides, él mismo escribió.
Yo, por el contrario, lo conocí en persona.
Has de creerme cuando te digo que no fue ningún salvador.
—Pero entonces…
—Roy, ¿acaso no te dijimos que, una vez que destruyes el vínculo con tu libro, el envejecimiento se acelera hasta devolver el tiempo prestado?
Eso no me lo he inventado, lo he visto con mis propios ojos.
El libro es una extensión del alma. Así que no, Roy.
No se puede rehacer un vínculo con otro libro, igual que no se puede tener más de un alma.
—¿Y si ya hubiera muerto? ¿Podría traerla de vuelta a la vida? ¿Volver a unir su alma a ese mismo libro? —Johne se mostró perplejo. A mí también habían comenzado a confundirme mis propias preguntas—. En realidad… Ya no sé muy bien lo que estoy diciendo.
Bob, aunque callado, aparentaba estar incómodo con mi presencia.
—Por favor, Johne —supliqué. No sabía qué más hacer, a quién más acudir—.
Tiene que ayudarme. Todo esto ha debido de pasarme a mí por algún motivo.
Seguro que hay forma de devolverles la vida y debo averiguar cómo.
Cuando lo sepa, me convertiré a mí mismo, pasaré el resto de mi vida junto a ellas y no volveré a molestarle nunca más. Se lo prometo.
—¿Ayudarte? ¿Por qué habría de hacerlo, muchacho? No te debo nada. Es más, te he obsequiado con más conocimiento del que jamás habrías obtenido por tu cuenta. Y así me lo pagas, hostigándome continuamente, rompiendo el equilibrio que tantos años me ha costado conseguir.
—Estoy dispuesto a pagarle con todo lo que tengo —imploré. La vista se me empañó—. Nada de lo que tengo tiene valor si no es con ellas. Le daré lo que me pida.
Lejos de compadecerse, Johne dejó ver la soberbia a través de una carcajada irónica.
—¿De verdad crees que puedes comprarme? Estúpido, no hay nada a tu alcance que yo pueda precisar.
Dispongo de todo y a unos niveles inaccesibles para ti.
—Tomó aire y se sumergió en su perorata—: ¿Es que ya has olvidado que soy inmortal?
No importa si no como o si me hielo a la intemperie.
Sí, noto el estómago rugir y sufro las inclemencias del tiempo, pero todas esas sensaciones van y vienen, y nunca producen consecuencias.
—Johne aproximó su rostro al mío y me susurró—: Yo danzo con la muerte, la miro cara a cara, sin temor alguno, de igual a igual, porque es lo que somos.
Soy yo el que tengo atada a la vida, y no al contrario.
Llegado el momento, cuando así lo decida, yo seré mi propio verdugo.
Ante esa máxima, ¿qué más puedo necesitar?
Deambulo a merced del tiempo, camino a través de la eternidad.
Mi espíritu se liberó hace mucho tiempo de las cadenas de la incertidumbre y del miedo.
¿Cómo podría alguien detenerme? Joven, hay una distancia insalvable entre tú y yo.
Quizá estabas perdido con tus triviales cuestiones mundanas y no te habías detenido ni un instante a reflexionar sobre todo esto.
—La mueca de su boca arrugó el resto de su cara—.
Ahora sí, ahora puedo verlo. Ahora noto tus ojos realmente abiertos.
No tienes nada que hacer, todo lo que te he dado ha sido por puro altruismo, pero no te debo nada.
No puedes corromperme, no eres capaz de chantajearme, ¿qué podrías ofrecerme? Absolutamente nada.
Johne se giró hacia Bob y le hizo un ademán con la cabeza. Este se alejó sin mediar palabra y el anciano se volvió de nuevo hacia mí.
—Si hay algo a lo que jamás me acostumbraré, por muchos siglos que pasen, es a los necios que solo miran por sus propios intereses.
Sé que cada uno tiene sus preocupaciones, pero no puedes pretender que las haga mías.
Hemos sufrido mucho, los tres. Nadie dio nada por nosotros, fuimos repudiados por todos, sin excepción.
Al final encontramos nuestro lugar en el mundo y solo quiero que siga siendo así.
Te lo diré por última vez: te he contado todo lo que sé sobre Angus Morrison y sobre sus criaturas.
Ahora hazte un favor y olvídalo todo. No vuelvas a molestarnos, ni vuelvas sobre mis palabras ni al pasado que crees haber descubierto.
Johne me había robado el habla. Me había hundido tan hondo que solo podía regresar sobre mis pasos antes de que sus garras de realidad me asfixiasen aún más.
Al darme la vuelta, sentí una lengua helada en la nuca y un escalofrío me estremeció de arriba abajo.
El invierno estaba de vuelta. En realidad, nunca se había ido.
Todo habían sido ilusiones de un espíritu desesperado por conseguir lo imposible.