Capítulo 22 #3
Helen prefirió postergar un poco el motivo real del viaje y se interesó por la nueva vida de Angus.
Era mucho más solitaria, pues había pocos vecinos y solían estar muy alejados.
Había conseguido que uno de ellos le diese unas cuantas ovejas a cambio del tratamiento médico que pudiese necesitar en los próximos dos años.
Así criaría otras, obtendría lana y, con el tiempo, carne.
Además disponía de una pequeña zona en la que tenía previsto sembrar algunos cultivos cuando el frío más duro quedase atrás.
El tono de su voz, lejos de mostrar emoción, denotaba visos de resignación.
Aunque a Helen le hubiese gustado escarbar bajo la coraza de su amigo, y a pesar de que aún tenía otras preguntas para él, sus propias preocupaciones no le permitieron centrarse en nada más.
Persistían en su cabeza y necesitaba soltarlas de una vez.
Así que, pasados los preámbulos, modificó el tono y lo adecuó a las circunstancias.
—Angus, hay otro motivo por el que he venido hasta aquí.
El médico esbozó media sonrisa.
—Ya me imaginaba que no habías venido solo para verme. Aunque en el fondo deseaba equivocarme. —Este hundió su mirada en los ojos de Helen—. Dime, ¿de qué se trata?
—Sé que lo que te voy a pedir te sorprenderá, más aún viniendo de mí, pero has de saber que no lo haría si no creyese que es la única opción que me queda. —Inconscientemente se giró hacia Roy, que descansaba en su regazo, y se corrigió—: Que nos queda.
Angus no se inmutó, parecía estar preparado para cualquier cosa que fuese a decir. En cambio, la voz trémula de Helen la delataba. No dejaba de revolverse en su asiento, nerviosa, pues sabía que cuando diese ese paso no habría vuelta atrás. Se estaría condenando para toda la eternidad.
—Necesito que me hagas aquello de lo que me hablaste.
Necesito que me concedas la inmortalidad.
—Angus pestañeó varias veces, pero no se pronunció—.
Sé lo que te dije. Sé que es un sacrilegio, una afrenta a Dios.
No pienses que no lo he sopesado con calma.
El camino ha sido largo y en más de una ocasión he estado tentada de dar media vuelta.
Pero no lo hago por mí, sino por él. La vida me ha demostrado que ya no tengo la energía para hacerme cargo de un bebé.
—Helen tragó antes de proseguir—: Angus, llegué a morir.
Enfermé de gravedad, frente a él, mientras lloraba.
Solo pensaba en que lo estaba abandonando, en qué sería de él cuando yo me fuese.
Nadie vendría a salvarlo, nadie le daría la oportunidad de vivir.
Moriría igual que yo, solo que con cuarenta y un años menos.
Y, aun sabiendo todo esto, me dejé vencer por la inconsciencia.
Me fui sin lograr sobreponer mis obligaciones al dolor.
Notó una lágrima derramarse. Recordar aquello, decirlo en voz alta, le había hecho experimentar de nuevo esos sentimientos.
—Le prometí a Grace en el momento de su muerte que velaría por él —continuó Helen—. Y así lo haré, aunque el precio que tenga que pagar sea sacrificar mi propia alma.
Notó los brazos pesados y el ardor en la cabeza. Pero estos se desvanecieron con rapidez, y comenzó a sentir la mente despejada y el cuerpo ligero.
—No soy quién para oponerme —sentenció Angus—. No intentaré disuadirte, pues tus intenciones son tan buenas como un día lo fueron las mías.
—No quiero vivir eternamente —puntualizó Helen—. Solo estoy asegurándome de que no fallezco antes de que el chico pueda vivir por su cuenta. Después buscaré la forma de deshacer esta atrocidad, cueste lo que cueste.
—No será necesario. Conozco la manera de revertirlo.
Angus le explicó los detalles de la conversión.
Le habló del procedimiento que seguirían y que transmitir su alma al libro sería lo que la despojaría de la humanidad y, por tanto, de la mortalidad.
Romper esa unión con el libro le haría recuperarla.
Aquello había sido uno de los puntos de estudio y así lo había demostrado mediante uno de sus experimentos.
Por último, Angus se sinceró y le desveló que él mismo se había convertido.
Quiso comprobar en su propia piel cómo se sentía aquello, si afectaba en algo a su interior, a su persona. Pero no fue así, nada pareció cambiar.
—Ahora que lo sabes todo, debo hacerte la pregunta una última vez —dijo Angus con seriedad—. ¿Estás dispuesta a pasar por todo esto? ¿Tienes la certeza de que es lo que realmente deseas?
—Así es —aseveró con rotundidad—. Volveré cuando todo haya terminado.
Angus sacudió la cabeza y le preparó un lugar donde pasaría las próximas semanas.
Revivieron viejas historias y Angus conoció las pocas facetas que desconocía de Helen mientras plasmaba por escrito lo que esta relataba.
No todo el tiempo se dedicaron a ello, también Helen satisfizo las cuestiones que habían quedado suspendidas en el aire con la huida de Angus.
El texto llegó hasta el momento del nacimiento de Roy, ahí decidió poner punto final a la narración.
Angus realizó entonces la intervención sobre su espalda: extrajo un pedazo de piel que terminaría siendo la cubierta de su libro.
Se tomó la libertad de ser él quien rotulase el título del mismo: Helen Strong, vida y sacrificio .
El día de su partida, tanto Helen como Angus se negaron a despedirse. Al menos se debían un último encuentro, aunque fuese imposible determinar cuándo sucedería. Se abrazaron, Angus se fijó en Roy, absorto en una vaca que deambulaba a su alrededor, y luego cerró la puerta.
Helen puso rumbo al sur, a su hogar, a vivir una segunda vida con la tranquilidad que le otorgaba saber que nadie podría interponerse entre Roy y ella.