El manuscrito de las almas Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

El viaje duró dos semanas y fue agotador.

Las posadas eran cada vez menos frecuentes en ese entorno cambiante conforme se acercaban al norte y, en algunas ocasiones, tuvieron que aceptar la hospitalidad de granjeros que vivían aislados allí donde apenas se vislumbraban árboles.

Durante la travesía, a Helen no le quedó más remedio que deshacerse de gran parte de la mercancía para seguir pagando los gastos en que incurrían, tanto de alojamiento como de transporte.

Sabía que a la vuelta tendría problemas por ello, pero ya lo resolvería a su debido momento.

—Como le advertí —dijo el carretero al llegar a su destino—, no estaré aquí más de dos o tres días. Si le interesa, podemos llegar al mismo acuerdo para regresar. Si necesita más tiempo, deberá encargarse usted misma de buscar a alguien que la lleve de vuelta.

Helen asintió con la cabeza y le agradeció sus servicios. Sabía que su estancia allí se alargaría más de tres días, así que le hizo el último de los pagos, se despidió del carretero y este se perdió en la bruma.

Helen no salía de su asombro mientras caminaba por la senda de tierra serpenteante que atravesaba la aldea.

Las casas salpicadas no eran más que pequeños cuadrados formados por piedras y cuya techumbre de madera se encontraba cubierta con paja ennegrecida.

El gris infinito del cielo se recortaba a la perfección al precipitarse sobre el verde de las praderas.

Las gotas que caían de manera continua pasaban desapercibidas, como si no mojasen, aunque terminaban por calar.

La primera vez que se cruzó con una de esas vacas dio un respingo, temerosa de que los atacase.

A diferencia de la que tenía en casa, esta parecía peligrosa, la observaba como si estuviese enfadada.

Sin embargo, se sorprendió al pasar por su lado sin que esta se alterase, como si fuese invisible para ellas.

Helen no supo si se debía a que la mata de pelo que cubría sus ojos le impedía verla o a que no la percibían como una amenaza.

Siguió deambulando largo rato por la extensa, aunque despoblada, aldea y, solo después de haber dejado atrás más de estos peculiares animales, al fin se topó con una persona.

—Disculpe, caballero. ¿Vive algún médico cerca de aquí?

El hombre la observó con tanta extrañeza como aires de superioridad. Masticaba algo mientras decidía cuál iba a ser su respuesta.

—No veo que esté herida, señora —dijo reticente—. Ni usted ni el niño.

—Tiene razón, no requiero de atención médica. Vengo en busca de un viejo amigo que se trasladó aquí hace un tiempo. Es médico. —Dubitativa, rectificó—: O al menos era médico cuando se marchó.

—Sí, no hará mucho que se ha instalado entre nosotros un médico, pese a que aquí siempre nos las hemos arreglado nosotros sin problemas.

—El vaho que exhalaba al hablar encerraba una gran condescendencia—.

El doctor Morrison, ¿no es así? Siga por el mismo camino que iba.

Al llegar a la bifurcación, tome la rampa que asciende hasta lo alto del monte.

La única casa que verá, ahí lo encontrará.

Helen le agradeció las señas y prosiguió, no sin antes recibir el último de los mensajes de aquel hombre:

—Y no le dé recuerdos de mi parte. —Luego, de espaldas, encadenó una serie de carcajadas que se perdieron en el horizonte junto con él.

Helen alcanzó la casa y aporreó la puerta.

Su corazón se aceleró bruscamente. En las palmas de las manos confluían sudor y humedad.

Entonces apareció Angus al otro lado, cuyos ojos se volvieron grandes y redondos como la luna que, en ese momento, solo se intuía tras el manto de nubes de aquel crepúsculo.

—¿Estoy soñando? ¿Helen? —Angus parpadeó—. ¿Qué haces tú aquí?

—He venido a buscarte. ¿Por qué si no iba a venir al fin del mundo? Vamos, invítame a entrar. Dos zurrones y un bebé son demasiado para mí a estas alturas.

El semblante de Angus todavía dibujaba la incredulidad, pero poco a poco esta fue virando hacia la alegría de ver una cara conocida. Ayudó a Helen a desembarazarse del equipaje y se arrimaron al calor de la lumbre, que avivó con más madera ante la inesperada visita.

—Aún no puedo creerme que estés aquí. Dime, ¿cómo os va todo a Roy y a ti?

—Hay días mejores y los hay peores, a ti no te voy a engañar. —Suspiró—. Pero, en general, nos las apañamos.