El manuscrito de las almas Capítulo 22
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Capítulo 22

H elen llevaba varios días en los que, al caer la noche, una punzada se le clavaba en el interior de la cabeza y le palpitaba.

En un primer momento no le había dado mayor importancia, pues al despertar la sensación la abandonaba.

Lo había atribuido al exceso de trabajo que llevaba acusando una temporada ya.

Sin embargo, en aquella ocasión fue diferente.

Al acercarse el ocaso, el dolor se volvió insoportable.

Sintió cómo la presión le empujaba los ojos hacia fuera y temió que llegasen a estallar.

Hubo de retirarse de sus labores antes de lo previsto y tenderse en el camastro con un paño mojado sobre la frente para notar un ligero alivio.

En ese momento el bebé exploraba la estancia a cuatro patas.

Helen puso todos sus esfuerzos en aguzar el oído y poder así controlarlo, aunque el embotamiento también le había afectado a la audición.

El entorno se fue apagando sin que Helen se percatase y no fue hasta que Roy rompió a llorar que se levantó de un salto y el paño salió despedido.

Sus ojos inquietos buscaron al niño con celeridad, que se retorcía en el suelo.

Las sienes se dilataban y contraían con más fuerza que antes de haberse rendido al sueño.

Todavía con la vista empañada, percibió a través de la ventana que ya era noche profunda.

No sabía cuánto tiempo había pasado, pero supuso que el llamamiento de Roy se debía al hambre.

Mientras saciaba las necesidades del niño, la culpa la atormentaba.

Se había dejado llevar y, como consecuencia, había descuidado a esa criatura indefensa que dependía de ella.

Cuando al fin el niño se hubo calmado, Helen lo meció hasta dormirlo y después ella hizo lo mismo.

Sin embargo, a aquella madrugada aún le quedaba mucho para terminarse.

A mitad de la noche, un sueño que la torturaba, repitiéndose una y otra vez, terminó por desvelarla.

Cuando recuperó la consciencia, reparó en el ardor de las mejillas y el sudor sobre la piel, y no volvió a conciliar el sueño.

Habría preferido regresar a esa pesadilla en lugar de pasar en vela lo que restaba de noche bajo el yugo del sufrimiento que la oprimía.

Para cuando hubo amanecido, la debilidad general la obligó a desplazarse con lentitud y siempre aferrada a algún apoyo.

No era capaz de sostener a Roy más de unos segundos.

Tampoco conseguía sostenerse en pie mucho rato.

Se preparó una infusión de brezo y menta, y pasó gran parte del día tumbada y cobijada en la oscuridad de su alcoba.

Intentaba no perder de vista al bebé, pero mantener los ojos abiertos era un suplicio.

Del calor ardiente pasaba a los temblores más gélidos a causa de la fiebre, que no parecía ceder, sino todo lo contrario.

El tiempo se le antojó extraño, pues no se percató de en qué momento la oscuridad de la noche le había dado alcance de nuevo.

La pasó como pudo, entre estertores y claroscuros de lucidez, y se prometió que, si nada cambiaba al día siguiente, buscaría asistencia.

Pero la decisión llegó demasiado tarde. Su habitual reticencia a dejarse ayudar había hecho que, llegado el amanecer, fuese incapaz de manejar su propio cuerpo.

Postrada en cama, veía cómo el bebé se desgañitaba sin verse escuchado.

Pasó todo el día sin darle de comer y percibió el olor de sus heces esparcidas por el suelo.

La irritación de Roy iba en aumento. Helen advirtió en sí misma el avance feroz de una erupción tan roja que casi la cegaba, que se extendía desde el tronco hacia los brazos y la abrasaba a su paso.

Helen dormitó durante toda la jornada bajo esos efectos que la mantenían impedida por completo.

Solo entre llanto y llanto de Roy su mente recuperaba un atisbo de discernimiento que simplemente servía para lamentarse por la dejadez a la que estaba sometiendo al niño.

A juzgar por el sarpullido de su cuerpo, debía de haberse contagiado de una fiebre pestilente y necesitaba saber de qué modo había pasado.

La única conclusión a la que llegó fue que había sucedido en un mercado de una aldea cercana al que se había aventurado a ir en busca de algo de dinero adicional.

El sitio estaba atestado de gente y la podredumbre se le pegaba a la piel, pero no le había quedado más remedio que permanecer allí si quería cerrar alguna venta.

La lectura positiva que hizo de aquello fue que Roy la había acompañado todo el tiempo y este no se había infectado.

La fortaleza del niño la maravilló, aunque ese sentimiento fue efímero y dio paso a otro antagónico: de qué valdría semejante resistencia si no iba a sobrevivir a la niñez. Si después de ella, lo seguiría él.

Las lágrimas discurrían por sus mejillas, no por morir, pues estaba preparada para ello, sino por arrastrar a Roy prematuramente.

Su debilidad había sido más determinante que la fuerza del niño, y ahora perecería solo y sin entender por qué.

Destinó los ratos de consciencia que le quedaban a rezar a Dios para que se apiadase del alma de su nieto y no lo condenase a él por sus equivocaciones.

La enfermedad se agravó aún más. Comenzó a faltarle el aliento y un silbido se unió a su respiración irregular.

La tos era constante y a menudo expulsaba diminutas gotas de sangre que caían de vuelta sobre su cara.

Llegado a un punto, distinguió a Roy hacer aspavientos, apretar los párpados y mover la boca, pero no escuchaba sonido alguno.

Su silueta se hizo cada vez más difusa, más indistinguible del entorno.

Todo estaba cubierto de un aura parecida a la de los sueños.

Instintivamente se echó la mano al pecho al notar un impacto leve, que después comenzaría a reproducirse con más asiduidad.

Roy se estaba alejando; ella se estaba alejando.

Habría dado lo que fuera por darle un último abrazo, un último beso cargado de disculpas, pero la sombra más negra terminó de invadir todos sus sentidos.

El silencio le obstruía los oídos. No hubo luz ni sueños.

Tampoco se encontró con los seres queridos a los que había perdido hacía tiempo.

Tan solo una ligera sensación de liberación, de no soportar el peso de sus piernas o sus brazos, como si flotase en medio de la oscuridad.

En el lugar en el que se encontraba no había tiempo, así que no fue capaz de estimar la duración del delirio cuando este comenzó a resquebrajarse.

Los rayos del sol se filtraron a través de grietas que momentos antes no existían, y tras estos se colaron los aullidos que poco tardó en reconocer como los de Roy.

Aún mareada, Helen abrió los ojos para encontrarse a un palmo de distancia del bebé.

Su rostro era una mezcla de mocos y excrementos.

Parecía estar recriminándole que lo hubiese descuidado.

No había atisbo de consuelo en la cara de Roy al verla despertar, tan solo el gesto de reprobación más absoluto.

A pesar del mazazo que esa imagen le supuso, a Helen todavía le escaseaban las fuerzas.

En su pensamiento solo se repetía la desgarradora culpa.

Por suerte, su mente comenzó a despejarse.

La claridad encogió sus pupilas y el calor se posó sobre su pecho.

Las sensaciones ahora eran agradables. Parecía haber exudado todo el dolor esa noche en la que casi había cruzado la última frontera.

Respiró hondo y, aunque lo hizo con dificultad, el aire se alojó con suavidad en su interior.

Echó la vista a su torso y vio que para entonces solo quedaba una zona enrojecida y seca que, lejos de quemar, apenas le producía un picor leve.

Su brazo al fin respondía a sus órdenes, así que lo estiró en dirección a Roy.

El temblor era evidente hasta que el niño se enganchó a este y lo apretó contra él.

Se asió a él como si fuese su última oportunidad de salvarse.

Los dedos de Helen le acariciaron el vientre y, a cambio, recibió por fin una sonrisa que le dio el vigor que necesitaba.

Aun así, tuvieron que pasar unas horas hasta que logró levantarse de la cama y poner en orden la vida de ambos.

El niño se estremeció al notar el agua helada arrastrar la escoria de su cuerpo, pero al mismo tiempo una expresión de alivio se esbozó en su cara.

Después Helen le dio de comer y al poco Roy sucumbió al cansancio.

Aunque seguía sintiendo un nudo que le atenazaba el estómago, Helen se obligó a tomar algo por temor a una recaída.

El sufrimiento físico terminó por desaparecer.

No así el mental, que la torturaba con vehemencia.

No dejaba de castigarse por lo que le había hecho pasar a Roy y, peor aún, por lo que podría haberle sucedido de no haber despertado a tiempo, o de no haberlo hecho nunca.

No necesitó meditar mucho la decisión que tomó.

Tampoco quiso plantearse ninguna otra opción.

Aquello no podía volver a ocurrir bajo ninguna circunstancia, no al menos mientras Roy dependiese de ella para subsistir.

Por ello, sacó un zurrón, lo llenó de ropa y víveres para una larga temporada y vació en este todas las monedas que le quedaban.

Tomó otro zurrón y lo colmó de tantos hilos, telas y prendas como pudo.

Contactó con un carretero, con el que pactó el precio más bajo posible, y, a la mañana siguiente, puso rumbo al norte con Roy.