Capítulo 21
L a niebla plomiza me abrazaba y me refugiaba a un tiempo, y, aun así, no dejaba de sentirme observado.
Caminaba bien entrada la noche y me aseguraba en cada esquina de que no hubiese nadie antes de doblarla, pero no dejaba de percibir pasos aquí y allá.
De vez cuando me parecía escuchar un ruido, muy sutil, de un péndulo metálico golpeando en su balanceo, como el badajo de una campana diminuta.
Por supuesto, al volverme nunca había nadie.
Aunque ya lo hubiese hecho antes, sabía lo indebido de lo que me disponía a hacer, así que achaqué esos desvaríos a mi conciencia intentando detenerme.
No lo consiguió y llegué, pala en mano, al cementerio.
Sofoqué la llama del farol y me oculté por completo de ojos fisgones en esa casa para los muertos que se había convertido en mi segundo hogar.
En especial desde que la mano de Dios obligase a toda mi familia a trasladarse allí.
Aunque eso estaba a punto de cambiar. La capa más superficial de la tierra del cementerio había filtrado la humedad del ambiente y se había ablandado.
Sin embargo, pude constatar con la punta de la pala que el agua no había llegado muy hondo y que, no mucho más abajo, el terreno formaba una dura coraza que resguardaba a sus invitados con celo.
La brisa nocturna entumecía mis dedos e insensibilizaba mis facciones.
Por fortuna, había ido preparado a aquella incursión clandestina y el resto de la indumentaria lograba resguardar el calor corporal a un nivel tolerable.
Desde que hubiera abandonado la guarida de los renegados, desde mi última conversación con Johne Wayfarer días atrás, mi pensamiento no había dejado de hostigarme con las mismas cuestiones inciertas.
Las palabras de Johne y Margery no encajaban con las que se encontraban escritas en las memorias de mi madre.
Dibujaban a dos Angus Morrison muy distintos.
Aunque tampoco debía olvidar que el tomo con la vida de Helen había sido escrito por el propio Angus, con lo que tampoco era fiable del todo.
Por si esa contradicción no fuese suficiente, había otro factor que ponía en duda todo lo que creía saber del vínculo que los hacía invulnerables a la muerte.
Había sido testigo del fallecimiento definitivo de Angus Morrison, no me había apartado de su cuerpo hasta verlo abrasado por las llamas a las que yo mismo lo arrojé.
Y esto había sido posible gracias a que había destruido el libro que lo mantenía unido a la inmortalidad.
Sin embargo, vi morir a mi madre mientras sus memorias permanecían intactas, como también lo estaban las del resto de sus víctimas.
La zozobra me martirizó durante días, eso no se correspondía con nada de lo que sabía hasta el momento.
Fue una frase aislada del maestro herrero, en medio de su cansina perorata, lo que de manera fortuita lo unió todo en mi cabeza:
—¡Eh, Roy! Aviva el fuego, apenas le queda fuerza. Pero hazlo con cuidado, que el otro día se rompió la cuerda de una de las poleas del fuelle y la tuve que anudar como pude. No podemos permitirnos comprar uno nuevo por el momento, tenemos que ser cuidadosos.
Era la solución perfecta, le daba explicación a todo y arrojaba la esperanza que estaba buscando.
¿Era posible reconstruir el vínculo? ¿Se podía recuperar la inmortalidad perdida?
Aquella jornada no acerté ni un golpe más con el martillo.
Tanto fue así que el maestro me mandó a casa porque me notaba desconcentrado.
Todo se repetía una y otra vez en mi cabeza.
¿Y si Angus, íntimo amigo desde la infancia de Helen, no había vuelto para matarla, sino para todo lo contrario?
¿Era posible que el vínculo no durase toda la eternidad, sino que se fuese debilitando?
Esto justificaba que el libro de Helen y los de todos los demás estuvieran íntegros y encajaba con la relación que mantenían Helen y Angus.
Desde que había establecido esa conjetura, y por si estaba en lo cierto, las memorias de mi madre me acompañaban a todos lados.
Poseían demasiado valor como para dejarlas desprotegidas.
Tal vez la reconversión debía de tener lugar después de agotar el primero de los vínculos.
A lo mejor todos lo sabían ya cuando los visitó el Ángel de la Misericordia, como algunos lo llamaban, y por eso nunca se opusieron.
Por eso ningún familiar observó indicios de violencia.
¿Y si todos habían renacido y se habían marchado a algún lugar lejano?
El paso del tiempo no alteraba sus rostros, así que no podrían mantener su secreto más tiempo sin ser descubiertos.
Quizá ese fuera el plan: alejarlos a tiempo antes de que todo el mundo empezase a preguntarse por qué no envejecían.
Johne, Margery y Bob eran un buen ejemplo de ello.
Una oleada de ilusión me sobrevino. Por primera vez en mucho tiempo un sentimiento positivo se aferró a mí y no me soltaba.
Si aquel resurgir era posible, quizá estaba a tiempo de recuperar a Catriona, e incluso devolverle la vida que le había arrebatado injustamente a Flora, y mi madre seguiría viva.
Todo me había sucedido por algún motivo.
Dios debía de haber puesto todas las piezas ante mí para que recuperase la fe perdida en Él.
Tan solo debía asegurarme de que estaba en lo cierto, de que mi teoría era una realidad.
Y por ello había ido de nuevo allí para comprobar que mi madre ya no estaba sepultada bajo ese manto de tierra gélido, sino que se había marchado a otro lugar.
Mientras agrandaba el hoyo, dando paladas a uno y otro lado, no perdía de vista el camino que daba acceso al cementerio.
La obsesión de que alguien rondase cerca no me había abandonado y no podía permitir que nadie me alejase de mi propósito.
No aquella noche. Cuanto más hundía la pala, más trémulos se volvían mis brazos y más agitada se tornaba mi respiración.
La ansiedad me hacía cavar con más fuerza, pese a que el ruido pudiera delatarme.
En cuanto la profundidad fue suficiente, me arrojé al interior y continué apartando tierra como si fuese un animal salvaje.
Hasta que me tropecé con lo que ansiaba no encontrar: un hueso.
Seguí y destapé unos cuantos más. En ese momento, me llevé las manos a la cara, noté la aspereza en la piel, y la rabia casi me hizo restallar en un grito que luchaba por salir de mis entrañas.
Solo la sed de certeza, el afán por no haber errado en mis conjeturas, me contuvo.
No iba a dejar que un revés me despojase de la perspectiva de un mundo con ellas.
Quizá Helen y los demás habían sido lo suficientemente inteligentes para no dejar ningún cabo suelto.
Quizá esos huesos pertenecían a otra persona.
Debía de ser eso, era lo que me repetía en mi fuero interno.
Así todo encajaba a la perfección, no había fallado en mis razonamientos.
Y, una vez que corroborase mis sospechas, buscaría la manera de traerlas de vuelta.
Entonces yo también me convertiría y viviría una eternidad junto a Catriona, aunque tuviésemos que ser nómadas el resto de nuestra existencia.
Tarde o temprano acabaría encontrándome con mi madre, con todo el tiempo por delante era imposible no hacerlo, y le daría las gracias por el regalo que me había hecho al compartir conmigo el secreto de la vida.
Un tintineo, el mismo que había escuchado antes, me sacó de mis cavilaciones y me puso el corazón a galopar.
Esa vez no había sido fruto de mi imaginación culpable.
Vi, alejándose del cementerio, a una figura encapuchada, con una larga túnica, que se perdía tras un recodo.
No lo dudé, alguien me había seguido y tenía que saber por qué.
La exaltación me impulsó. Dejé la tumba abierta y la pala arrumbada tras de mí y me apresuré en mitad de la noche, con todo el sigilo que pude, hacia esa sombra de la que no sabía qué podría esperar.