El manuscrito de las almas Capítulo 20
58%

Capítulo 20

E l llanto volvió a ocupar el espacio.

Era la segunda vez que Roy se despertaba aquella noche. No se trataba de nada fuera de lo común, pero en esa ocasión Helen perdió el equilibrio al ponerse en pie.

Se apoyó aprisa con una mano sobre la pared y se echó la otra a la nuca.

Las siluetas que se recortaban en la penumbra de la estancia parecían temblar a su alrededor.

Los alaridos del bebé, cada vez más ruidosos, la despertaron del todo y, una vez hubo recuperado el control sobre su cuerpo, se acercó a él, lo tomó en brazos y comenzó a mecerlo mientras deambulaba de un lado a otro.

La primera interrupción de la noche solía deberse al hambre.

La segunda, en cambio, dependía de la ocasión.

Helen siempre había creído que conservaba la fuerza necesaria para afrontar lo que fuese y jamás se habría imaginado que una criatura tan inocente y delicada fuese quien habría de demostrarle lo equivocado de esa convicción.

La edad la había arrollado en silencio, sin reparar en cómo la había ido socavando día tras día.

Cuando más necesitaba el dinero para cubrir las necesidades de Roy era cuando más le estaba costando ganarlo.

Helen y su hija siempre habían formado un gran equipo: una hilaba y la otra tejía.

Ahora ella debía encargarse de ambas tareas.

Pero su labor no terminaba ahí, ya que además no tenía quien le vendiese los ropajes.

A su edad, había tenido que encargarse de buscar compradores cercanos, pues no disponía del tiempo ni del dinero para hacer largos viajes.

El resultado de todo ello fue que tenía que trabajar tres veces más que antes a la vez que le dedicaba una buena cantidad de tiempo a criar al bebé.

El día consistía en alternar entre una cosa y la otra, mientras que la noche era corta e intermitente.

Esa noche, Helen continuaba dando vueltas por el cuarto cuando una sensación de caída la sacudió con violencia.

Con el corazón agitado y las piernas apretadas, advirtió que se había dormido y había estado a punto de precipitarse contra el suelo con el niño en brazos.

Por fortuna, una vez que Roy sucumbía al sueño, se evadía de todo lo demás, así que no mostró reacción alguna ante aquel vaivén.

Se desembarazó de él con cuidado y se acostó en el lecho contiguo, aún preocupada por el despiste.

Helen no supo cuánto tiempo había pasado, ni siquiera si había llegado a dormirse, cuando un golpeteo sordo volvió a traerla de vuelta.

Miró de forma instintiva hacia el bebé, que dormía con placidez, y cerró los ojos de nuevo.

Supuso que el exceso de alerta al que estaba sometida había jugado con su mente.

Al cabo escuchó con nitidez otro golpe seco.

Parecía provenir de la entrada principal.

La misma sensación que había sentido cuando había estado a punto de caer se acomodó en su estómago.

Se debatió sobre cómo actuar. Por un lado, quiso dejarlo correr; fuera quien fuese, se acabaría cansando y volvería de día.

Por otro lado, si se trataba de un ladrón, quizá esa era su forma de saber si la vivienda se encontraba vacía: un sutil toque sobre la madera y a esperar a oír movimiento en su interior.

Con miedo a que fuese eso y la asaltasen a ella y a Roy, se dirigió hasta la ventana del cuarto.

Dio pasos cortos y siempre de puntillas, y se resguardó de los trazos de luz de luna que se colaban desde el exterior para no ser vista.

Su piel se estremeció y su cuerpo se enfrió al constatar que había un encapuchado al otro lado de la puerta.

Este mostraba desasosiego, miraba a su espalda cada pocos segundos.

Nerviosa, no evaluó bien la situación y se dejó llevar por el pánico.

—¡Lárguese de aquí! —gritó todavía escondida tras el muro, junto a la puerta—. Aquí no hay nada de valor que pueda saquear.

Acto seguido, sabedora de que había desvelado su posición y perdido la escasa ventaja que tenía, se apresuró a buscar cualquier elemento que pudiera servirle de arma.

En medio de la atropellada búsqueda, un susurro que no logró entender se filtró por la rendija de la puerta.

Aquello la perturbó, pero lo hizo aún más un segundo murmullo en el que reconoció su nombre.

—Ya le he advertido de que se vaya —insistió Helen con voz trémula—. Daré el aviso al alguacil y pasará la noche en el calabozo.

—Helen. —De nuevo ese fantasmagórico bisbiseo al aire—. Helen, abre. Soy yo.

Fueron esas últimas palabras las que la apaciguaron. La voz le resultaba familiar, así que se aproximó hacia la entrada y, al oír una última vez aquella petición, la reconoció. El temor se desvaneció. Abrió la puerta y vio a Angus al otro lado del umbral.

—Menudo susto me has dado. ¿Qué demonios…? —Helen se cubrió la boca por la blasfemia y rectificó—: ¿Qué haces aquí a estas horas, vestido de esa forma y actuando de esa manera?

—Déjame entrar, te lo explicaré todo —pidió Angus, que no esperó a recibir el permiso para adentrarse en la casa. Ya en el interior, mantuvo la capucha sobre la cabeza y se ovilló en el rincón más oscuro.

—No hables alto, puede que me hayan estado siguiendo. Me he asegurado de que no hubiera nadie cerca al llegar aquí, pero, aun así, es mejor ser precavidos.

—¿De qué va todo esto, Angus? Me estás asustando.

Su amigo le hizo un gesto para que se acercara. Helen se sentó a su lado y observó la locura que parecía haberse apoderado de él.

—He venido a avisarte. —Helen no se inmutó. El silbido del viento fue la única respuesta que obtuvo—. He de marcharme de la ciudad una temporada.

—¿Por qué? ¿Qué has hecho?

La mente de Helen comenzó a rodar a un ritmo vertiginoso y elucubró con todo tipo de aberraciones en contra de Dios y de la naturaleza misma.

Desde que le confesase su descubrimiento, Helen no había sido capaz de olvidarlo.

Un signo de preocupación se dibujó en su rostro justo antes de que Angus se justificase.

—No es nada de lo que estás pensando. Yo no he hecho nada en esta ocasión, me lo han hecho a mí. —Como si hubiese alguien al otro lado de la pared escuchándolos, Angus bajó aún más el tono y agravó la voz—. Helen, han intentado matarme.

Tras unos instantes de desconcierto, el espanto invadió a la mujer. Sus palabras se empujaban entre sí, pero Angus la silenció con un siseo.

—No sé quién ha podido ser ni cuáles eran sus motivos —aclaró—, pero tengo la certeza de que han quemado mi casa intencionadamente conmigo dentro.

Entonces alzó la manga de la túnica y mostró una horrible quemadura que ascendía a lo largo de su brazo derecho.

—¡Dios de mi vida! —soltó Helen asombrada—. ¿Cómo es posible…?

Dejó la frase a medias. No daba crédito a que aquello pudiese haber ocurrido de verdad.

—¿Margery está bien? Supongo que os vais los dos, ¿no?

Angus negó con la cabeza y sus párpados se dejaron caer. Su semblante indicaba que algo no iba bien.

—A Margery se la han llevado. Tienen que haber sido los mismos que han intentado matarme, los que han quemado mi casa.

—¿Estás seguro de eso? Suena todo tan…

—Helen, créeme. Estaba allí —interrumpió Angus con enfado—. He oído cómo decían que volverían para asegurarse de que estaba muerto.

—Pero ¿cómo te vas a ir y vas a dejar a Margery sola? Debemos descubrir quién ha sido y rescatarla.

—No sé quién o quiénes lo han hecho, ni mucho menos por qué.

Pero enfrentarme yo solo a ellos no sería buena idea.

Debo actuar desde las sombras, debo indagar sobre lo sucedido mientras crean que han cumplido con su objetivo.

Si no han prendido mi casa con Margery dentro es porque, por razones que aún desconozco, la necesitan viva.

Debo aprovechar esta ventaja. Me ocultaré varias aldeas al oeste y, si debo venir al pueblo, lo haré siempre de madrugada, cuando la oscuridad me ayude a pasar desapercibido.

—Angus resopló, a medio camino entre el cansancio y la resignación—. Creo que es lo mejor.

A Helen todavía le resultaba inconcebible.

Sin embargo, no le quedó otra opción que apoyar la decisión de su amigo y ofrecerse a servirle en lo que necesitase.

Este, agradecido, rehusó por el momento.

Se despidieron con timidez y Angus tomó su camino oculto en la niebla que acababa de descender del cielo.

Helen pasó los primeros días preocupada, preguntándose qué habría sido de él y si habría resuelto todo ese truculento asunto.

Con el paso de las semanas, la preocupación viró en otro sentido: llevaba mucho tiempo sin saber de su amigo y empezaba a temer que le hubiese ocurrido algo.

Hasta que poco después, al despertar una mañana, descubrió un pergamino, en el suelo, que habían colado por la rendija de la puerta.

Este solventó algunas de sus dudas, no todas, aunque también le encogió el espíritu:

Querida Helen:

No era capaz de enfrentarme a esta despedida.

Lo siento, llámame cobarde. En realidad, es lo que soy.

Tú siempre has sido la fuerte de los dos.

Mis indagaciones me han llevado a descubrir toda la verdad y soy incapaz de soportarla.

Este no es el lugar ni la forma de hacértelas saber, pero me es imposible retrasar mi partida más tiempo.

Te prometo que acabarás sabiéndolo todo, es lo mínimo que te mereces por todo el apoyo que me has brindado.

Por el momento, has de saber que parto a un lugar lejano, lo suficiente como para poder recapacitar acerca de todo con la mente fría, muy fría.

Solo te diré, a modo de clave, que voy al lugar de donde procedía nuestro amigo de la infancia, aquel al que salvamos de unos abusones.

Discúlpame una última vez por no contártelo todo y darte un merecido abrazo.

Sirva esta cuenta pendiente para que esto no sea una despedida, sino un hasta pronto.

Afectuosamente,

A. M.

P. D.: Por favor, quema esta carta y que tan solo viva en tu recuerdo.

Helen corrió a asomarse a la puerta sin la menor esperanza de encontrarlo.

Los rayos del sol la cegaron por momentos.

Allí no había nadie. Regresó cabizbaja al interior y se aproximó a la chimenea, dispuesta a cumplir el último deseo de su amigo.

El papel prendió de inmediato y el fuego se propagó veloz, consumiendo las últimas palabras de Angus Morrison.

Se quedó con el último pedazo de papel en el que se leía «recuerdo».

Se debatió unos segundos antes de arrojarlo a las llamas y borrar su rastro definitivamente.