El manuscrito de las almas Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Sentí ese colofón como una puñalada de escarcha, pero aparté esos sentimientos antes de que me envenenasen. Había ido allí con un motivo concreto.

—Hace unos días vine en su busca, Johne.

Hoy, sin embargo, vengo a buscarla a ella.

Leí el libro, el de mi madre, y ahora las preguntas me han robado el sueño.

Hay algo revelador en él, y es que todo lo que usted me dijo es cierto.

Angus Morrison halló la manera de conseguir la vida eterna, experimentó con otros y hasta con él mismo.

Palabra por palabra, todo coincide con lo que me contó: el vínculo, el libro, la piel…

Sin embargo, no entiendo sus motivaciones.

Necesito saber más de él y es a eso a lo que he venido.

—Me acuclillé frente a Margery y susurré—: Sé que fuiste su hija, aunque ahora reniegues de él.

Sé, de hecho, que tú eres la causa de ese descubrimiento.

Por favor, háblame de él, dime qué pasó.

¿Cómo se convirtió en ese ser despiadado que me robó a mi madre?

Margery, dubitativa, elevó la mirada hacia Johne y este le hizo un sutil gesto con el que la animó a hablar.

Con reparo al principio, Margery comenzó con frases escuetas y entrecortadas, teñidas con el pudor y el dolor que albergaban.

Sin embargo, poco tiempo hubo de pasar para que desnudara su alma y escupiera la ira.

La imagen del fuego, el mismo con el que arrancaba su relato, resplandecía en sus ojos y bañaba el improvisado refugio con más intensidad incluso que el que crepitaba a sus pies.

Todo comenzó una noche cualquiera en la que, al llegar a casa, se la encontró envuelta en llamas.

Se vio inmovilizada por el miedo, incapaz de reaccionar más allá de proferir gritos al aire que se terminarían ahogando en el estruendo del fuego.

Las casas más cercanas parecían estar deshabitadas y al otro lado de su hogar solo había bosque, así que no le quedó más opción que sobreponerse al pánico y utilizar esa emoción para ir en busca de ayuda.

Se dejó caer con premura por la pendiente que la devolvería a las apretadas callejuelas hasta que al fin tropezó con alguien dispuesto a socorrerla.

La noche era cerrada, pero la enorme hoguera en la colina se vislumbraba casi desde cualquier punto del pueblo.

En el camino de regreso, las nubes descargaron con fiereza sobre todo adonde llegaba la vista y, para cuando llegaron de nuevo, la tormenta había consumido el incendio.

Una capa negra vestía las paredes. Habían aparecido huecos entre las piedras donde antes no los había y las ventanas se habían resquebrajado.

Margery se apresuró al interior. El humo negro no había abandonado la estancia y casi se asfixió.

Sin embargo, la necesidad de comprobar que su padre seguía vivo era más fuerte y logró dominarlo.

Pero la realidad se desplomó sobre ella y la heló por dentro: el cuerpo de su padre yacía en el suelo tan oscuro como lo estaba su espíritu en ese momento.

—Y otra vez volví a quedarme sin casa y sin familia. Huérfana de nuevo —zanjó Margery.

El tono de reproche que había ido adquiriendo no era congruente con la historia que acababa de rememorar. Antes siquiera de poder preguntar, ella misma prosiguió:

—Tuve que buscar refugio en la calle, tuve que volver a robar. Al final encontré a Johne y a Bob, y todo volvió a empezar.

—Pero hay algo que no me encaja en esto —anoté—. Angus era inmortal, así que no pudo morir en el incendio. Es más, eso sucedió hace más de treinta años y Angus fue quien le arrebató la vida a mi madre y a todas esas personas hace poco. ¿Qué fue realmente de él? ¿De quién era ese cuerpo que viste?

—Deja que te lo explique para que lo entiendas, muchacho —intercedió Johne—.

Margery ya ha hecho un gran esfuerzo para contarte su triste pasado.

Yo acabaré por ella. No sé si eres lo suficientemente perspicaz para haberte dado cuenta por ti mismo, pero tanto a Bob como a mí también nos convirtió.

Fue gracias a eso que supimos que a Margery también la había vinculado, porque vimos la marca en su espalda.

—Aun así, ¿cómo explica eso…?

—¡Maldición, Roy! Tan impaciente como siempre.

Intentaré aligerar mi retórica —se propuso Johne—.

Margery, al igual que nosotros, no fue más que un experimento para desarrollar su teoría.

Y, una vez que no le hizo falta, se deshizo de ella.

Todo quedó confirmado cuando vimos regresar a Angus Morrison de entre los muertos para acabar lo que había empezado.

Ahí supimos que él también era un ser inmortal y que había fingido su propia muerte para darnos caza y eliminarnos de la faz de la Tierra.

Y estuvo a punto de hacerlo, de no ser por ti.

Una sonrisa se dibujó en los rostros de mis tres interlocutores, incluido el taciturno Bob, que, como era habitual, se había mantenido vigilante y alerta durante todo el rato.

—Desearía haber llegado a tiempo para salvar también a mi madre.

—Lo que está hecho no se puede deshacer, Roy. Pero al menos nosotros te estaremos agradecidos durante toda la eternidad. Literalmente. —Y soltó una carcajada que llenó la callejuela.

Todo empezaba a cobrar sentido. Mi madre se había mantenido joven, sin apenas cambios, desde el primer recuerdo que tenía de ella. Siempre lo había atribuido a una bendición de la naturaleza, pero al final se debía a ese vínculo sobrenatural que, todavía entonces, se escapaba a mi comprensión.

—Vi morir a Angus ante mis ojos poco después de quemar su libro y cortar el hilo que lo unía a la inmortalidad —dije—.

Y, sin embargo, desde la llegada de mi madre enferma hasta su muerte definitiva pasaron varios días en los que no me despegué de ella.

Es más, no descubrí el libro hasta que falleció. ¿Cómo es eso posible?

—Hay mucha información que desconocemos —repuso Johne con el tono suavizado—.

Angus nunca nos contó mucho acerca de lo que nos estaba haciendo, de en qué nos estaba convirtiendo.

Lo poco que sabemos lo hemos ido descubriendo con el paso de los años.

Cuando rompemos el vínculo con nuestro libro no perecemos en el acto, tan solo recuperamos ese atributo tan humano como es la mortalidad.

Sin embargo, hay algo más que hemos podido observar, y es que, desde el mismo instante en que volvemos a ser como cualquier otro, nuestro envejecimiento se acelera bruscamente.

Se podría decir que hemos estado viviendo con un tiempo prestado que, de súbito, debemos devolver.

—El día que Angus volvió a ser mortal —conté—, acababa de asestarle un golpe fatal con su propia daga.

Puede que, de no ser por aquello, no hubiese muerto al quemarse su libro.

¿Puede ser? —Johne afirmó con la cabeza.

Después tercié hacia otras cuestiones que habían estado golpeándome—: Dígame, Johne, no fue casualidad que estuviese allí el día que enterré a mi madre, ¿no es así?

¿Por qué robó su libro? ¿Y por qué me lo devolvió después?

¿No habría sido mejor que me hablase de todo esto desde el principio?

Puede que lo hubiese tomado por loco, pero al final habría logrado convencerme.

Y de la misma manera todo habría terminado con la muerte de Angus. ¿Por qué tanto ocultismo?

—Amigo Roy, la confusión te está haciendo sacar conclusiones atropelladas —aseveró Johne con el ceño fruncido—.

Sabíamos que Helen era una de los nuestros.

Lo sabíamos también del resto. Al fin y al cabo, no tenemos nada mejor que hacer que observar el mundo correr y el tiempo pasar.

Cuando vimos que estaban acabando con todos y cada uno de nosotros, hicimos nuestras pesquisas.

Estábamos allí como estuvimos en los enterramientos de los demás: para intentar averiguar quién lo estaba haciendo.

—Tomó aire—. Pero nosotros no robamos el libro de tu madre.

¿Para qué íbamos a hacerlo? Ni tampoco pretendíamos que tú fueses nuestro salvador.

¿Por qué habrías de involucrarte? Todo eso vino después, por azares del destino, no por ningún plan premeditado.

El desorden volvió a asentarse en mi cabeza. Todo parecía estar desconectado y conectado al mismo tiempo. Cuando todo tenía sentido, bastaba una frase para que lo perdiese. Johne tuvo que leerme el semblante y, cansado de responder a mis preguntas, dio por zanjada la velada.

—Roy, puede que seamos seres de la noche. Pero, aun así, ya va siendo hora de descansar. Cuando la llama se extingue —señaló las cenizas, que apenas albergaban un brillo incandescente bajo el polvo gris—, los renegados nos fundimos con la noche.

Margery bostezó, Bob la cogió de la mano y tiró de ella. Me dejaron atrás y se perdieron en algún otro lado del poblado que los ocultaba. Luego pasó Johne por mi lado también, que se detuvo un instante a mi altura, puso la mano sobre mi hombro y, sin añadir palabra alguna, completó su retirada.

—¡Espere, Johne! —Este se extrañó, pero aguardó—. ¿Hay más seres así? Quizá otros puedan contarme su versión y completar la información que me falta.

—Lamentablemente Angus casi completa su misión. Acabó con todos los demás. Ya solo quedamos nosotros tres.

Después se marchó y me abandonó en aquel callejón solitario.

Regresé a casa acarreando más incertidumbre de la que había traído, aunque con la sensación de que debía de haber algo que uniese todas las piezas del rompecabezas. Por desgracia, parecía que ese algo se hubiese extinguido con Angus Morrison.