El manuscrito de las almas Capítulo 19
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Capítulo 19

A l fin había logrado terminar las memorias de Helen.

En los días siguientes, la tormenta no cesó en mi cabeza.

Descubrir que mi madre, la que me había parido, fue asesinada de esa forma tan sanguinaria le había dado la vuelta a mi mundo.

Me dolía aún más imaginar lo que tuvo que sentir, lo que hubo de cruzar por su mente al verse desdeñada y traicionada por la persona a la que amaba.

Tuve la certeza de que lo que ella sentía por mi padre fue lo que le impidió salvarse.

No albergaba duda alguna de que Grace no fue capaz de protegerse porque, en el fondo de su ser, pensaba que aquello no era más que una pesadilla de la que terminaría despertando.

La historia de un mercader que nunca regresó, esa que Helen me repetía cada vez que le preguntaba siendo niño, era la que debió de haber sucedido.

De repente, evocar las veces que había venerado la figura de un padre que había muerto por su familia me escoció.

Ese monstruo no se merecía ser recordado de aquella forma.

Y, si bien ya jamás me rebajaría a llamar padre a aquel miserable, me arrepentía por haberlo hecho antes.

Tuvieron que pasar varios días hasta que la tempestad que me asoló por dentro amainase, que las nubes, al despejarse, me permitieran ver más allá.

Regresé a esas líneas manuscritas de la vida de mi otra madre, la que me había criado, y descubrí todo lo que había escondido en ellas.

La primera cuestión que me asaltó fue por qué estaban inconclusas.

El momento en que Grace daba su vida por la mía era el que ponía punto y final al relato.

¿Por qué precisamente ahí? ¿Qué había pasado después?

Ya anhelaba traer a Helen de vuelta conmigo antes, pero ahora además me abrasaba por dentro conocer cómo continuaba la historia.

Más inquietante todavía fue descubrir la relación tan íntima que había entre Angus Morrison y mi madre.

Helen fue la primera persona a la que Angus le confesó su terrible hallazgo, pero este no parecía altivo o intransigente.

Todo lo contrario, se había avergonzado ante ella y había perjurado que la mantendría al margen.

Lo cual sabía que no fue así, que la terminó convirtiendo, pero ¿cómo ocurrió?

De súbito, todas mis conjeturas anteriores se tambaleaban.

Solo la última de las piezas camufladas entre esas hojas podría darme la clave de todo ese asunto: la hija de Angus Morrison.

A la niña se la nombraba en las memorias como Margery.

Al parecer, fue la primera persona en crear ese vínculo, la primera a la que convirtió en inmortal.

De todo eso hacía más de treinta años y, sin embargo, pocos días atrás, en medio de un pueblo desolado, una chiquilla de edad similar decía llamarse Margery Woods.

No podía tratarse de una coincidencia. La única persona viva que podía resolver mis dudas vagabundeaba en soledad por senderos vacíos en mitad del bosque.

No titubeé a la hora de emprender el camino de vuelta.

En esa ocasión me preparé a conciencia. Me atavié con ropa más abrigada y porté conmigo una lámpara y grasa de sobra para asegurarme la visibilidad en todo momento.

Salí más temprano que la vez anterior, aunque siempre al amparo de la noche, y crucé la espesura con más cautela.

No me separé de la senda y puse todos mis sentidos en anticiparme y ocultarme de los peligros que ya sabía que me acecharían.

Y, sin más percance que el frío, me vi de nuevo recorriendo esas inhóspitas callejuelas que albergaban demasiados misterios, de los que a mí solo me interesaba uno.

Grité el nombre de Margery y este resonó en el lugar.

Permaneció en el aire unos segundos y luego se desvaneció.

Pocas veces tuve que repetirlo para que ella apareciese.

Como en nuestro anterior encuentro, al principio me rehuía y se mantenía escondida detrás de viejos edificios o espesos matorrales y echaba a correr, seguida de su inseparable gato, cuando me acercaba lo suficiente.

Se escabullían por cada esquina con la misma facilidad con la que un halcón se cuela por un estrecho desfiladero en pleno vuelo.

Cuando la niña hubo saciado su necesidad de juego, se dejó alcanzar.

Las carcajadas de Margery se intercalaban con jadeos exhaus­tos.

—¡Qué divertido! Otra vez, otra vez.

—Tú y tu gato sois muy ágiles —dije mientras recuperaba el aliento—. Por cierto, no había visto antes a ningún gato mantenerse tan fiel a una persona. Escucha, jugaré contigo si antes me ayudas con algo.

El rostro de Margery se templó con rapidez y enarcó una ceja. Tiberius, el gato, cruzaba a través de sus piernas, de un lado a otro, sin parar.

—He sabido recientemente que tu padre fue Angus Morrison. Fue un viejo amigo de mi madre y querría saber qué fue de él…

—¡Ese no es mi padre! —interrumpió Margery molesta—. Ya le dije que yo no tengo padre.

La aspereza se palpaba en cada una de sus palabras. Algo hubo de pasar entre ellos, pero no podía echar a perder la única opción que tenía, así que moderé el tono e intenté no ahuyentar a la niña.

—No sé lo que os pasó. No pretendo inmiscuirme, tan solo quiero saber qué fue de él. A dónde se fue. Luego podremos…

—¡He dicho que no! —Las mejillas sonrojadas y los ojos vidriosos precedieron a la huida de Margery.

El bufido agresivo de Tiberius justo cuando me disponía a correr tras ella me detuvo por un instante y le otorgó la ventaja que necesitaba para perderla de vista. Sorteé al gato, que tomó otra dirección, y seguí su rastro.

En el corazón del pueblo, las callejuelas eran cada vez más angostas y dificultaban el paso de la luz.

La penumbra me impedía ver por dónde pisaba y ralentizaba mi avance.

Sin embargo, el silencio que imperaba en el ambiente compensaba la falta de visión y me permitió rastrear el eco de los pasos de Margery.

Fui a parar a un estrecho callejón cuyo fondo se diluía en la oscuridad.

No había salida y estuve tentado de retroceder cuando un destello captó mi atención.

Lo escruté con minuciosidad. No había sido mi imaginación, allí parecía haber una llama.

Sin dejar de mirar a mi espalda, aunque con pisadas más firmes, me aproximé poco a poco.

Una luz anaranjada comenzó a aclarar el entorno.

Discerní una zona techada que cruzaba el pasadizo de lado a lado.

Debajo de este brillaba una hoguera con viveza y varias sombras se perfilaban a su alrededor.

Al verlas, me sobresalté y comencé a notar el golpeteo de los latidos.

Una parte de mí chillaba para que me marchase, pero la calma que desprendían esas figuras me proporcionó una extraña paz.

Fue entonces cuando reconocí el bastón con el que jugueteaba Johne Wayfarer.

A su lado, como siempre, el sepulturero.

La cabeza de Margery asomó detrás de este último mientras el resto de su cuerpo se refugiaba tras él.

—Así que al final has dado con nosotros, joven —saludó Johne tan risueño como de costumbre—. Margery estaba muy preocupada por si tu presencia aquí pudiera terminar en un peregrinaje en busca de un nuevo hogar. Espero que no sea así y sepas guardarnos el secreto.

Titubeé y solo fui capaz de asentir con la cabeza mientras terminaba de acercarme a ellos. El gato me adelantó por un lateral y se lanzó a los brazos de Margery. Sentí el ardor de la llama en la cara mientras el frío me acariciaba la espalda.

—Bienvenido a la guarida de los renegados —clamó Johne con una voz portentosa.

Un leve gesto de recelo en mi cara fue suficiente para que Johne armase su discurso y lo compartiese con orgullo.

—No me equivoco si digo que no has olvidado a Bob, ¿no es así?

—manifestó inclinándose hacia el sepulturero—.

Sus caminares son llamativos y se clavan en lo más hondo de la memoria de cualquiera.

Para unos, un monstruo; para otros, un tullido.

Y, para la mayoría, un ejemplar que nos provee la naturaleza para demostrarnos que no estamos hechos a imagen y semejanza del Altísimo.

Relegado siempre a los trabajos más deplorables, los que nadie está dispuesto a ejecutar, lo que no hace sino acrecentar más su imagen de sujeto aberrante.

»A mi otro lado, la huerfanita. —Johne dejó ver una dentadura irregular antes de proseguir—: Una niña que nadie ha pedido, de la que nadie quiere hacerse cargo, solo porque por su cuerpo no circula su misma sangre.

Revoltosa y pícara, pero sobre todo hambrienta de atención.

¿Quién querría semejante responsabilidad?

Johne le guiñó un ojo a Margery, que volvía a respirar tranquila, aunque no despegaba la vista de mí mientras acariciaba a Tiberius.

—Y a mí ya me conoces, joven Roy —siguió el anciano con soberbia—.

Un viejo vagabundo que no vale para nada, que no puede devolverle nada a la sociedad y, por tanto, nada se merece.

Como si una sanguijuela hubiese tomado forma y consciencia humana.

—Un escalofrío sacudió su cuerpo—. ¡Puaj, sanguijuelas!

Repletas de sangre… Repugnantes, no puedo ni mentarlas.

—Tras recomponerse y sin darme tiempo para intervenir, este continuó—: Por fortuna, descubrimos este espacio que parecía estar aguardándonos.

Un sitio donde poder vivir sin temor a las represalias, a los juicios silenciosos.

Del que solo saldríamos por necesidad o por placer, si es que éramos capaces de encontrar esto último más allá de estos muros.

Un lugar abandonado para unas almas abandonadas.

—Johne alzó el bastón y me apuntó al pecho con él—.

¿Y a ti, Roy? ¿Qué te ha traído hoy aquí?

¿Te unirás a nuestro grupo especial? El tipo solitario que ha perdido a todos a su alrededor y que todo el que se le acerca termina igual. ¿Cómo lo ves?