Capítulo 18 #2
En un arrebato, Noah soltó el brazo sin control y golpeó con tal fuerza a Grace que la hizo caer de espaldas.
Helen se irguió súbitamente y se acercó con el brío de una madre que pretende proteger a su cría, pero un inesperado empujón de Noah la derribó también.
Con ambas en el suelo, Noah corrió hacia Grace y la levantó sujetándola por el cuello, arrastrándola contra la pared.
El rostro de su hija, contraído y enrojecido, llevó de nuevo a Helen a abalanzarse sobre Noah. Logró separarlo de ella. Grace, con premura, gateó hasta el otro extremo del cuarto en busca de cobijo. Él se zafó del agarre de Helen sin dificultad.
—Le he dicho que esto no es cosa suya —espetó con voz gutural mientras la miraba otra vez desde arriba. Luego, antes de volverse, le asestó una bofetada que la dejó aturdida en el suelo por un instante.
Cuando recobró la visión, se topó con una escena incluso peor. Todavía con la visión borrosa, logró vislumbrar el cuchillo que sujetaba Noah mientras acorralaba a su hija en un rincón. Al oír sus palabras, se estremeció.
—Eso es… Así es como lo vamos a solucionar. Te sacaré a ese bastardo de la barriga y volveremos a ser los de siempre.
—Por favor, Noah, déjanos en paz —rogaba Grace con la cara empapada de una mezcla de sudor y lágrimas.
Helen, casi sin fuerzas, consiguió erguirse.
Las piernas trémulas no le daban la confianza suficiente de que fuesen a sostenerla durante mucho tiempo.
Miró desesperada a su alrededor y, al reparar en el baúl, se apresuró hacia este.
Lo abrió y comenzó a rebuscar bajo la montaña de ropa que lo cubría.
De fondo, con cada sollozo de Grace, el corazón de Helen se contraía un poco más.
En cuanto dio con el telar, salió corriendo en dirección a Noah y le golpeó en la cabeza.
Este se giró con lentitud. Al tenerlo de frente supo que el golpe lo había dejado aturdido.
Pasó el tiempo justo para ver a su hija detrás, intentando taponar sin éxito una fuente de sangre que brotaba de su costado.
Antes de que Noah volviese en sí, Helen repitió el mismo golpe con el telar y lo tumbó.
Después, como movida por los demonios, se puso a horcajadas sobre él y descargó toda la tensión acumulada en forma de impactos.
La cara de Noah se fue despellejando y ensangrentando al mismo ritmo al que sus rasgos desaparecían.
Helen no se detuvo hasta que oyó un sonoro crujido.
Acto seguido todo comenzó a dar vueltas.
La boca le sabía a herrumbre y las palmas de las manos le palpitaban como si fuesen a estallar de un momento a otro.
Una sensación de sueño intenso la asedió y, de no ser por los alaridos de Grace, se habría entregado a él sin poner impedimentos.
Pero aún tenía que encargarse de su hija.
Vista de cerca, la herida horrorizó a Helen. Colocó las dos manos encima y apretó, pero el líquido se colaba entre sus dedos.
—Me duele… Madre, me duele mucho…
—Lo sé, cariño. Pon tus dos manos sobre el corte —le indicó Helen—. Déjame que vaya a buscar algo con lo que cubrirla entera.
Pese a los esfuerzos de Grace, un brazo se le escurrió de la herida y rodó hasta reposar sobre el suelo.
Fue incapaz de volver a levantarlo. Su mirada estaba cada vez más dispersa.
Helen debía actuar con presteza. Trajo una buena cantidad de tela con la que la cubrió por completo, aunque se empapó de rojo tan rápidamente que se deshizo entre sus dedos.
Helen rogaba a Dios para que la ayudase ante esa inmerecida piedra en el camino.
Advirtió que su voz interior gritaba de impotencia, lo que se tradujo en una sucesión de bufidos, cada cual más vehemente que el anterior.
Sin embargo, creyó haber sido oída por el Señor cuando una voz masculina, que apenas alcanzaba a distinguir, la llamaba desde fuera de la casa. Aguzó el oído.
—Helen, ¿qué está pasando? Abre, por favor.
Era Angus. Con esperanza renovada, se apuró para dejarle entrar.
—Dios mío, Angus, eres como un ángel caído del cielo.
Después lo llevó hasta el lugar donde yacía su hija, cuyo delirio era ahora más notorio.
Helen no necesitó darle muchos detalles, pues el cadáver de Noah a un lado y la vida de Grace extinguiéndose al otro hablaban por sí solos.
Angus extrajo todo el material del que disponía en su maletín y comenzó a vendar la zona afectada con la máxima presión posible.
Helen lo ayudó en todo lo que le pedía, pero las quejas que profería Angus, incluso intentando ahogarlas, no vaticinaban nada bueno.
—No va a funcionar. La herida es demasiado profunda —se lamentó Angus—.
Si me hubiese traído mis hierbas medicinales, quizá habría ayudado a que cicatrizase antes…
¡Maldición, es muy honda! —Angus tenía la cara perlada de sudor y se mordía el labio inferior.
De repente preguntó—: ¿Tienes algo de hierro que podamos calentar?
Helen asió el cuchillo con el que Noah había atacado a su hija y se lo mostró a Angus.
—Voy a encender el fuego.
Mientras Helen prendía la madera con toda la celeridad que le era posible, escuchó a Angus llamarla a su espalda.
—¡Helen, rápido, ven! —Helen obedeció y se hincó de rodillas en el suelo—. No va a servir. Ha perdido demasiada sangre.
—Angus, por favor, tienes que hacer algo. No puedo…
—Escucha, Helen. Grace acaba de susurrarme que quería hablar contigo.
Helen la miró con lentitud y reconoció de nuevo la lucidez en su rostro. Por momentos fue como si no estuviese a punto de abandonarla para siempre.
—Madre, quiero verle. —La voz, que apenas podía cruzar la frontera de su garganta, se le quebró—. Quiero verle antes de irme. A mi bebé… Sálvelo, por favor. Lo siento ahí dentro. No ha dejado de patalear desde que todo esto ha comenzado. Está vivo y no puedo arrastrarlo conmigo.
—Pero…
—Se lo debemos. Le debemos la vida que le habíamos prometido. —Una tos procedente desde el fondo de sus entrañas la asfixió. Después se volvió hacia Angus y sacudió la cabeza con gesto afirmativo—. Hágalo.
Los ojos de Helen se agrandaron de tal manera que eclipsaron la tenue luz que bañaba la estancia. Tardó unos segundos en reaccionar, pero al fin dio su beneplácito al médico.
—Lo haré lo mejor que pueda, pero esto es muy peligroso, no sé cómo saldrá. Grace, coge aire y prepárate porque el dolor puede que te haga perder el sentido.
Angus agarró el cuchillo, tanteó con el filo la zona inferior del vientre y, cuando creyó estar en la posición correcta, lo hundió.
El eco del grito de Grace perduraría en los oídos de Helen mucho tiempo.
Le agarró la mano a su hija y la apretó contra el pecho.
Las lágrimas afloraban como lo hacía la sangre.
Angus se disculpó de antemano, pues le advirtió de que tenía que extender un poco más la incisión y hacerla algo más profunda.
Los bramidos de Grace dieron paso al silencio más absoluto.
—¡¿Grace?!
—Está inconsciente por el dolor —aclaró Angus mientras introducía las manos en el cuerpo de la joven—. En estos momentos creo que es lo mejor para ella.
Unos segundos después, Angus anunció que lo había encontrado.
Empezó a tirar, reajustando la posición de sus brazos conforme iba recorriendo el camino en sentido inverso.
Un diminuto cuerpo comenzó a asomar, a sentir en su piel el aire de aquel mundo ingrato al que lo estaban trayendo.
Angus completó el movimiento con suavidad y sujetó al niño en el aire.
Cercenó el cordón que lo unía a su madre y el tiempo se detuvo.
Todo se centraba en ese pequeño ser que aún no había dado muestras de vida. Hasta que explotó.
Su llanto despertó a Grace una última vez.
Sin lograr emitir sonido alguno, Helen supo lo que su hija le estaba pidiendo.
Le acercó a su hijo, se lo postró en el pecho y comenzó a mamar.
La respiración de Grace se calmó de forma abrupta.
Una sonrisa se trazó en su cara y las últimas lágrimas que salieron de sus ojos fueron de felicidad.
Helen, desconsolada, se escondió de la realidad en el hombro de Angus. Durante un largo rato, él se ofreció como sostén para que ella se vaciara.
Bien entrada la madrugada, cuando comenzó a asimilar la situación, con su nieto ya en su regazo, se dirigió hacia Angus, que seguía recogiendo y limpiando las secuelas de aquel espanto.
—Puede que yo ya haya perdido mi oportunidad de salvar mi alma —comenzó Helen mientras observaba el cuerpo inerte de Noah tendido—, pero a mi hija debo enterrarla como debe ser.
—Y, después de una reflexión interior, preguntó al aire—: ¿Qué voy a hacer ahora?
Si me encierran por lo que he hecho, ¿cómo sobrevivirá esta criatura?
—Nadie se tiene que enterar —sugirió Angus—. Yo me ocuparé del cuerpo.
—¿Qué vas a hacer? Vas a usarlo para…
—No quiero hacerte partícipe de ese asunto, ya te lo dije. Pero no, tan solo me desharé de él sin que nada se sepa.
—Pero esto no es como aquella vez con Keith MacDougall. Ni ha sido una simple bofetada ni soy una niña insensata. Merezco ser juzgada por mis actos.
—Tu juicio acabará llegando, pero no tiene por qué ser en esta vida —dijo Angus sosegado—. Y, si me lo permites, creo que Él será capaz de ver el conjunto y no te castigará.
Helen se recostó sobre el asiento. Miró al niño durmiendo plácidamente. La suave maraña de pelo oscura que cubría su cabeza ya arrojaba tintes rojizos, como los de su madre y su abuelo. Asintió para sí y aceptó la responsabilidad. Por su hija. Por su hijo.
—¿Cómo vas a llamar al niño?
—El rojo de la sangre ha marcado el primer escollo de su corta andadura. Y, aun así, la vida ha sido capaz de abrirse camino. —Después dictó sentencia—: Se llamará Roy Bean.