El manuscrito de las almas Capítulo 18
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Capítulo 18

A pesar de que, con la edad, el cansancio la sacudía con más intensidad y precisaba de más descanso, el rostro de Helen resplandecía de júbilo siempre que se encaminaba a casa de su hija.

Atrás habían quedado los años de juventud en que nada parecía desgastar su fuerza, cada día era más consciente de ello.

No obstante, no le impedía dar el impulso necesario cuando las circunstancias lo requerían.

Y aquella lo merecía por encima de cualquiera.

Cargada con todos los hilos que había ido preparando durante los últimos tres días, recorría el pueblo siendo el centro de todas las miradas y mofándose de sí misma, por lo llamativo de la situación, antes de que esos desconocidos lo hicieran.

Sin ninguna mano libre con la que aporrear la puerta, Helen vociferó el nombre de su hija y aguardó a ese lado del umbral.

—¡Dios mío! Deje que la ayude, madre —se ofreció preocupada la joven.

—Ni se te ocurra. He recorrido medio pueblo con esto. Creo que soy capaz de dar unos pasos más sin desfallecer —repuso Helen—. Y deja de pronunciar el nombre de Dios en vano, Grace.

—Qué cabezona es cuando algo se le mete en la cabeza —reprobó Grace—. Que esté encinta no me vuelve inválida, ya debería de saberlo.

—Mientras me quede aliento, no dejaré que mi hija asuma riesgos innecesarios cuando una nueva vida se gesta en su interior.

Grace exhaló un suspiro de resignación y, de nuevo desde su asiento, le preguntó:

—¿Por qué ha traído tantos hilos?

—Me he recluido unos días y he estado acumulando cuanto material me ha sido posible para poder venirme aquí contigo hasta el día del alumbramiento. Ya no debe de quedar mucho —explicó Helen—. ¿Dónde tienes el telar? Quiero empezar mañana mismo.

—Está guardado en el baúl. —Señaló hacia un rincón—. ¿Me dejará ayudarla con eso o tampoco?

Su madre soltó una carcajada pícara mientras negaba con la cabeza.

—Por cierto… —masculló mientras rebuscaba en su bolsa—. El médico me dio este frasco para ti. Aunque quizá ya no lo necesites, tienes mejor aspecto. ¿Te has recuperado ya de ese mal viento que te azotó?

—Hace ya un par de días que no tengo dolencia alguna.

—Gracias a Dios. —Helen se sentó junto a su hija y comenzó a acariciarle el pelo—. Qué bonito me ha parecido siempre. Este tono rojizo oscuro siempre me recuerda a él…

Un fugaz embelesamiento interrumpió el curso de los pensamientos de Helen.

—¿Echa de menos a padre?

—Cada día rezo una plegaria por su alma, por que haya encontrado el destino de la salvación. No lo hizo todo bien, ninguno lo hacemos. Al fin y al cabo, Dios nos creó como seres imperfectos. Pero fue un buen hombre.

Habían pasado años desde que el marido de Helen muriese y ella ya había superado esa fase en la que deseó con toda su ansia que se hubiese quedado junto a ella.

Había aceptado al fin que se había marchado a un lugar mejor.

Ahora los recuerdos que surgían en su memoria estaban exentos de nostalgia o dolor, solo de regocijo.

Grace, en cambio, no parecía estar convencida de que así fuese.

Como temerosa de que Helen se derrumbase, se apresuró a cambiar el rumbo de la conversación.

—Bueno, el frasco este lo guardo por el momento. Ya me lo podría haber dado él mismo.

—¿Cómo?

—El doctor Morrison —aclaró Grace—. Dijo que pasaría a visitarme hoy para asegurarse de que todo seguía en orden.

La mención de Angus llevó a Helen de vuelta a su último encuentro. No había olvidado ni una sola palabra de aquella conversación. De hecho, parte del motivo por el que no había salido de casa en tres días radicaba en que había estado rememorándola una y otra vez.

Desde hacía muchos años, Helen se había centrado en su familia.

Iba a la iglesia cada semana y salía a comprar víveres cuando era menester.

Por lo demás, nunca habían necesitado nada más que tenerse los unos a los otros.

El único vínculo que mantenía a Helen unida al resto de la sociedad venía a través de su mejor amigo.

Angus había estado ahí desde su infancia y la mera idea de que pudiese tentar a Dios la aterraba.

Temía por su alma, especialmente porque sabía de lo que era capaz cuando creía hacer lo correcto.

Helen no dudaba de sus buenos propósitos, pero tenía la certeza de que Dios no se había manifestado a través de aquella experiencia aberrante.

Aquellos no eran los cauces por los que Él actuaba.

—¿No lo recordaba? —Grace sacó a su madre de su abstracción, que negó en silencio.

Helen no sabía cómo iba a reaccionar cuando lo viese de nuevo.

Si sería capaz de actuar como si nada hubiese ocurrido entre ellos o si acabaría increpándolo en presencia de su hija, lo cual quería evitar a cualquier precio.

Pasó parte de la tarde con el corazón encogido, sin lograr prestar atención del todo a la charla que mantenía con su hija, a la que tanto había echado de menos esos días.

Hasta que al fin el sonido de la madera retumbó en su cabeza.

—Debe de ser el doctor Morrison —apuntó Grace al mismo tiempo que se levantaba, con las dificultades propias de una gestación muy avanzada, y se dispuso a abrirle la puerta.

Helen fue incapaz de anteponerse a su hija y obligarla a permanecer sentada. La agitación la había dejado pegada a su asiento y observaba la escena desde ahí.

Grace restalló en un grito ahogado y quedó inmóvil frente a la puerta mientras se tapaba la boca abierta con ambas manos como si esta no fuese a obedecerla si la destapaba.

La confusión le sobrevino a Helen de repente, pero el cuerpo de su hija se interponía entre ella y quien estuviese al otro lado, que ya presuponía que no era Angus.

Antes de que tuviese tiempo para descubrirlo por sí misma, Grace la sacó de toda duda.

—¿Noah? ¡Noah, eres tú!

El marido de Grace pasaba largas temporadas recorriendo el país para vender las prendas que Helen y Grace tejían.

Regresaba cada tres meses, tras visitar los principales mercados en los que ya contaba con compradores para su mercancía.

En aquella ocasión, sin embargo, se suponía que le iba a llevar mucho más tiempo.

Noah quería ampliar su red de ventas y se había propuesto expandirse a otras aldeas y ciudades distintas a las que acostumbraba a visitar.

A tal fin Helen y su hija habían confeccionado un número de artículos significativamente superior antes de que Noah emprendiese el viaje que lo llevaría más lejos que nunca.

Se había comprometido a volver pasado como mucho un año, aunque eso implicase el fracaso de su plan.

Desde aquella última vez en que, en ese mismo cuarto, frente a Helen, ambos se despidieran entre lágrimas, habían pasado casi nueve meses, lo cual daba a entender el éxito de la estrategia de Noah.

De lo contrario, no habría regresado antes de lo previsto.

Aunque, a juzgar por el semblante severo del hombre, Helen dudó acerca de si eso había sido del todo así.

Grace se echó encima de su marido entre alaridos de júbilo. Le rodeó el cuello con los brazos y sus labios picoteaban su cara como si fuese un pajarillo hambriento. En cambio, Noah se mantenía impasible ante las muestras de cariño.

—¡Vamos, pasa! —Grace tiró de Noah hacia el interior.

—Bienvenido a casa, Noah —saludó Helen.

No obtuvo respuesta alguna. Noah seguía con la mirada perdida en el fondo de la estancia, como si hubiera visto a un fantasma. Algo no marchaba bien, aunque no se atrevió a preguntar el qué.

—No te esperaba tan pronto —admitió Grace, incapaz de disimular la alegría en el tono de su voz—. Lo has vendido todo entonces, ¿no es así?

La única reacción de Noah fue escrutarla de arriba abajo, como si de una persona extraña se tratase. Después le retiró la mirada y la volvió a fijar en el horizonte.

—Noah, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?

—Nos estás asustando —intercedió Helen—. Si algo va mal, es a nosotras a quienes tienes que contárnoslo, hijo.

La mirada de Noah atravesó a Helen justo antes de que este emitiese un gruñido.

—¿Ha habido algún problema con la mercancía?

¿Te han robado? ¿Es eso? —insistió Grace, visiblemente consternada ante el comportamiento de su marido—.

Si es así, podemos dar gracias a Dios de que tú estés bien.

Ya nos preocuparemos de eso en otro momento.

Lo importante es que hayas vuelto junto a mí. Junto a nosotros.

Grace se acarició el vientre abultado y entonces Noah estalló definitivamente.

—¡¿Cómo te atreves?! ¡¿Cómo has podido?!

Los labios apretados y las mejillas encendidas de Noah auguraban lo peor. Helen se puso a temblar de inmediato.

—Emprendí el viaje más ambicioso posible. —Noah lo inundaba todo con su voz—. Lo hice por nosotros, por nuestro futuro, por darte una vida mejor. Y así me lo pagas.

Su respiración agitada contrastaba con la entrecortada de Grace, que no atinaba a encadenar dos palabras seguidas. Noah comenzó a dar vueltas por la estancia. Los aspavientos descontrolados terminaron en un duro golpe contra la pared.

—¿Era eso lo que querías? ¿Me incitaste a irme lejos para tener una aventura? —De manera inconsciente, los ojos de Noah se posaron sobre el vientre de Grace antes de retornar a su posición.

—Pero ¿qué estás diciendo? Yo no… —Entonces Grace abrazó a su bebé y entendió las palabras de su marido.

—¿Cómo osas…? Mi hija no…

—¡Cállese, Helen! —interrumpió Noah, apuntándole con el dedo—. Esto no va con usted.

Grace comenzó a perseguirlo por toda la estancia.

—¿Por qué dices eso? Este hijo es tuyo. Hace nueve meses que te fuiste, estoy a punto de dar a luz. ¿Es que no lo ves?

—¡Mientes! Me fui hace más de nueve meses. Y ahora estás tratando de ocultar tu traición. Pretendes hacerme quedar como un necio, pero no soy ningún necio. ¿Cómo he podido confiar en ti?

Noah se agarraba del pelo conteniendo la ira que recorría su cuerpo.

—Te digo que te he sido fiel todo el tiempo. Este hijo es tuyo. ¡Tienes que creerme!