Capítulo 17
A cababa de adentrarme en la espesura. Reinaba la penumbra.
La niebla, que parecía emanar del suelo, tampoco me ayudaba a distinguir el camino.
Lo envolvía y ocultaba todo. Solo los halos blanquecinos que se filtraban entre los huecos que dejaban las copas de los árboles me daban una oportunidad para no desorientarme del todo.
El gato, al que había perdido de vista casi desde el principio, al menos dejaba tras de sí un rastro en la tierra que me guiaba por la arboleda.
A veces sus huellas se entremezclaban con las de otras criaturas del bosque.
Un soplo de esperanza alivió mi zozobra cuando sus pisadas me condujeron hasta un sendero.
A partir de ahí fue como si el animal se hubiese esfumado, pero al menos ahora disponía de un camino que seguir.
En ese estrecho carril, las piedras sustituían a la hierba y el suelo duro me permitía escuchar el tintineo de las monedas que guardaba en el zurrón.
La ceguera casi total a la que estaba sometido aguzó el resto de mis sentidos: la tierra destilaba su intenso aroma y el rumor de la noche se hacía más audible por momentos.
Pero todo se torció cuando, entre el crujido de las ramas azuzadas por el viento y el aleteo de la maleza movida por los pequeños animales que se escondían en ella, distinguí el golpeteo sordo de unos pasos.
Me detuve en seco y lo oí con claridad: la criatura que merodeaba por allí era de mayores dimensiones que un gato.
Permanecí inmóvil, intentando pasar desapercibido.
Los ruidos iban y venían sin aparente regularidad.
A veces a un lado, otras a mi espalda, pero siempre a mi alrededor.
Sabía que desandar el camino no me libraría de lo que me estaba rondando, así que tomé la determinación de seguir adelante, pero lo hice a un lado del sendero, donde la hierba amortiguaba mis pasos.
Creí que el ardid había funcionado, pero hubo de pasar poco tiempo hasta que ese ambiente calmado cedió a un nuevo estrépito, esta vez más sonoro y procedente de distintos puntos de la oscuridad.
Me sentí rodeado y mi imaginación se disparó al son de los latidos que me apretaban las sienes.
Acudió a mí una de las leyendas que se contaban cuando era pequeño, una que hablaba de una familia que asaltaba a los viajeros, especialmente cuando estos caminaban sin compañía, como yo.
No lo hacían con intención de robarles sus posesiones, sino para alimentarse de ellos, como si de bestias salvajes se tratasen, desprovistas de toda humanidad.
No eran pocos los que declaraban con convicción que los habían llegado a ver en la lejanía, o al menos sabían de alguien que aseguraba haber tenido un encuentro con ellos.
Las habladurías iban a más y señalaban a un clan que mantenía vivos esos rituales con el paso de las generaciones.
Logré apartar esas elucubraciones con la esperanza de que solo fuesen eso, y lo hice aferrándome al único resquicio de aquel mito que no encajaba: esos seres solían habitar en las cuevas de los acantilados y el mar más cercano estaba a varios días de distancia.
Y, aunque estaba en lo cierto, eso no evitó que las piernas me flaqueasen cuando vi, al otro lado del camino, que un enorme felino saltaba de una rama a otra con una agilidad pasmosa.
Me lancé a correr en la dirección opuesta.
No fue una decisión acertada, pues oí cómo el animal iniciaba su carrera tras de mí.
Aún le sacaba algo de ventaja, aunque él, a diferencia de mí, era mucho más capaz de danzar entre las tinieblas del bosque.
Di algunos quiebros con la ingenua intención de despistar a la bestia, pero no solo no surtió efecto, sino que trastabillé y caí rodando ladera abajo hasta que un tronco me paró en seco.
El latigazo en el costado me doblegó. El dolor me impedía ponerme en pie y el animal rondaba cerca, lo escuchaba abrirse paso entre el follaje.
Intenté reanudar la marcha, pero el dolor se había extendido también a la pierna.
Incluso con la agitación enturbiando mi raciocinio, discerní una zanja bajo una hilera de árboles.
Me apresuré a refugiarme ahí como pude, tomé aire profundamente y lo retuve sin inmutarme.
Deposité toda mi confianza en que el animal fuese más hábil con la vista que con el olfato.
Al cabo, vi cómo la fiera dio un salto sobre mi improvisada guarida y continuó alejándose sin vacilar.
Cuando lo hizo lo suficiente, exhalé el aire agotado de mis pulmones junto con la ansiedad que se había apoderado de mí.
Ya era demasiado tarde, pero me arrepentí de la estupidez que había cometido internándome en el bosque. Aunque mi vida ahora no parecía correr peligro, debía afrontar un nuevo revés: me había alejado del sendero y no sabía por dónde continuar. Ni siquiera era capaz de reconocer el camino de vuelta.
Seguí deambulando, turbado con la idea de no ser capaz de salir de esa prisión sin paredes.
Cuando me hube desprendido de todo el calor que el miedo y la tensión me habían generado, el sudor permaneció pegado a mi cuerpo y le abrió la puerta a la gélida brisa nocturna, que me penetró hasta el tuétano de los huesos.
Los dientes me castañeteaban y los hombros encogidos no servían de nada, aunque no podía estirarlos.
Una pátina viscosa me cubría la lengua y, donde antes había un aroma refrescante, ahora solo quedaba un desagradable amargor.
Lágrimas de impotencia afloraron sin llegar a derramarse.
Seguí sin ánimo, aunque sin darme por vencido.
Al rato, en mitad del desconcertante trayecto, noté cómo algo me agarró del hombro y tiró de mí.
Un escalofrío me subió por la espalda y, por un momento, dudé de si volverme o huir.
Me giré con lentitud, pero todo lo que allí había era una rama caída con la que me había enganchado sin darme cuenta.
Respiré aliviado, aunque me desilusionó pensar que alguien me hubiese encontrado y me sacase de allí.
Continué el trayecto todavía más hundido en la desesperanza.
Más adelante, en medio de aquella vasta extensión, atisbé unos ojos que iluminaban la penumbra como si fuesen dos trozos de ámbar.
Una súbita alegría me suministró las fuerzas para correr hacia ellos.
Era real, allí había alguien más, pero el abatimiento cayó de nuevo sobre mí como si fuera un mazo.
No era más que un búho que observaba mi desgracia desde su lugar en el árbol.
Tras lo que bien pudieron ser minutos u horas, seguía vagando por mi desierto particular.
Mis aspiraciones por salir de allí languidecían y había llegado a asumir que iba a morir esa noche, pero un golpe de suerte me devolvió al sendero que había abandonado antes.
Debía de ser otro tramo, solo tenía que seguirlo.
Una oleada de alivio me inundó al entrever la claridad a lo lejos.
Aligeré el paso, ansioso por dejar atrás todo cuanto había vivido, cuando la sorpresa volvió para arreciarme con más fuerza.
No quería creerlo y traté de convencerme de que la fatiga y la oscuridad se estaban mofando de mí, pero, cuando la imagen terminó por despejarse, el espejismo tornó en realidad.
El cielo despejado de árboles no iluminaba el cementerio.
No había vuelto allí, sino a otro lugar en el que no había estado nunca, del que ni siquiera había oído hablar.
Un muro de piedra protegía un pequeño pueblo en medio del bosque.
El único hueco en la tapia daba acceso a unas callejuelas estrechas de trazo irregular.
Una maraña de hierbas salvajes había invadido el suelo que pisaba, si bien bajo esta se adivinaba una antigua vereda.
Las viviendas se levantaban sin orden alguno.
Lo que me resultaba más inquietante era la aparente ausencia de vida.
Recorrí los pasajes sin dejar de examinar las construcciones. Oí un chirrido procedente de una de ellas. Me arrimé al umbral vacío donde debería haber una puerta y lo crucé con cautela. Al aguzar la vista, descubrí que se trataba de un grupo de ratas desmembrando a su presa, otra rata.
Cuando había dejado atrás el cementerio para perseguir al gato me había imaginado que Johne Wayfarer se cobijaba de la crueldad del pueblo en algún lugar del bosque, no que acabaría en un pueblo abandonado, en el que me adentré todavía más.
Paseé con más seguridad, pues la niebla me había dado un respiro y la luna lo iluminaba todo.
Corroboré, mirando a través de las ventanas que hallaba en mi deambular, que quienes hubieran habitado aquel sitio hacía ya mucho que se habían marchado.
El silencio era abrumador, a veces me erizaba el vello.
—¿Johne? —grité en un intento desesperado por darle sentido al viaje—. ¿Johne Wayfarer?
Más allá del sonido de mi propia voz retumbando entre las paredes del angosto pasaje en el que me hallaba, obtuve una respuesta diferente a la que me esperaba.
Una risita aguda sonó a mi espalda. Al volverme, percibí que alguien desaparecía por una esquina.
Dudé de si continuar hacia delante o regresar en busca de esa figura.
Divisé al gato negro pasar de lado a lado y perderse por donde lo acababa de hacer esa persona.
Entonces lo tuve claro y salí corriendo, pero al llegar a la esquina no había rastro de nadie.
Escruté el entorno y advertí un bisbiseo en algún lugar no muy lejano.
Avancé con sigilo, siguiendo esa afilada voz, que se volvía más sonora.
Sin embargo, me fue imposible esquivar los arbustos en el camino y el ruido de la gravilla, lo que delató mi posición.
Una niña salió de la nada y echó a correr seguida del gato.
—¡No quiero hacerte daño! —vociferé, pero hizo caso omiso.
Intenté seguirla, pero ella debía de conocerse los pasadizos y atajos del lugar, y la perdí de vista.
La carrera me condujo a lo que parecía el otro lado del poblado, pues llegué de nuevo al muro que bordeaba las casas.
Por encima solo se veían más árboles. Caminé pegado a la tapia hasta que llegué a otra abertura donde las sombras de la naturaleza me esperaban de nuevo.
La forma de dos ciervos esculpidos en piedra coronaba el acceso.
No estaba dispuesto a perderme de nuevo en las tinieblas, no hasta sacar algo de provecho de esa locura de noche.
Retrocedí por donde había venido y la niña apareció de repente.
—Me ha asustado, señor —refunfuñó. Di un respingo y la agitación me sobrevino—. ¿Quién es usted y qué hace aquí?
—Estoy buscando a… —dudé un momento— un viejo amigo. Su nombre es Johne Wayfarer, ¿lo conoces?
La niña negó con lentitud. El gato se escondía entre sus piernas.
—Mi nombre es Margery Wood, ¿y el suyo?
—Soy Roy Bean. —Esbocé mi mejor sonrisa. La niña parecía seguir asustada—. ¿Vives aquí? No he visto ni una sola casa habitada. —Asintió con la cabeza—. ¿Puedes llevarme con tus padres? Quizá ellos sepan dónde está mi amigo.
—No tengo padres, señor Bean.
¿Cómo era posible que una niña pudiese subsistir en soledad en un lugar como aquel? No podía ser. Por algún motivo me estaba mintiendo, pero yo no estaba allí para descubrirlo. Necesitaba dar con Johne, así que insistí.
—No tienes por qué tener miedo, no voy a haceros nada. Solo quiero hacerles unas preguntas.
—¡He dicho que no tengo padres! —voceó enfurecida—.
Aquí no vive ningún Johne. Si no quiere jugar conmigo, puede marcharse por donde ha venido.
A Tiberius y a mí no nos gustan los extraños.
—Señaló al gato. Después sus facciones se relajaron y una sonrisa volvió a dibujarse en su rostro—.
Discúlpeme, llevo mucho tiempo sin nadie y solo quiero jugar con alguien que no sea Tiberius. ¿Juega conmigo, por favor?
La niña se acercó con los brazos abiertos y me abrazó la cintura. Cuando salí de mi asombro, dejé caer los brazos sobre su espalda.
—Me encantaría, pero es muy tarde. Debo regresar antes de que amanezca o perderé el jornal de trabajo.
La niña se despegó, se encogió de hombros y salió corriendo sin réplica alguna.
El gato no se despegaba de ella. Se perdieron entre las siniestras callejuelas.
Un tono violáceo comenzaba a teñir el cielo que se vislumbraba tras las copas de los árboles que lo rodeaban todo.
No había encontrado lo que iba buscando y ya no me quedaban ni esperanza ni fuerza parar seguir, así que puse rumbo al pueblo.
El camino de vuelta fue mucho menos escabroso, sobre todo porque conseguí mantenerme en todo momento por la vía de tierra que atravesaba el bosque y que desembocaba directamente en el cementerio.
En el trayecto a casa decidí perder aquel día de trabajo, estaba acusando la fatiga acumulada y necesitaba descansar.
Solté el zurrón sobre la mesa y la ausencia de ruido me extrañó.
Lo abrí y constaté que las monedas que llevaba encima habían desaparecido.
Repasé todos mis movimientos y, a pesar de todo, tenía la certeza de que había llegado a aquel pueblo fantasma con la bolsa llena.
Entonces la escasa lucidez que me quedaba me dio la respuesta.
Así que esa era la forma en que una niña solitaria subsistía por su cuenta.
No sentí rencor, no me enfurecí. Hasta cierto punto pensé que lo necesitaría más que yo y deseé que le fuese de utilidad el mayor tiempo posible.
Me tumbé sobre el camastro y cerré los ojos.
Montones de ideas, de recuerdos y de sensaciones se agolpaban en mi cabeza y no me dejaban dormir, aunque estaba exhausto.
Esa madrugada descubrí algo sobre mí mismo.
Desde que habían muerto Catriona y mi madre siempre había creído que no me importaba morir, que ya no tenía motivo por el que seguir en este mundo.
Pero aquella noche, cuando había visto la muerte en las fauces de una bestia, el miedo y la desesperación que me habían invadido demostraban que, en el fondo, no era así.
Seguía deseando reunirme con ellas, pero no quería ser yo quien traspasase el umbral en esa dirección.
Lo que anhelaba era que ellas pudiesen cruzarlo de vuelta.
Ante el insomnio que me atenazaba, y dado que la única manera que tenía de hacer regresar a alguien era recordándolo, tomé las memorias de mi madre y comencé a leerlas por última vez. Esa vez estaba convencido de que no pararía hasta darles fin.