El manuscrito de las almas Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—Asumí su muerte antes de que sucediera —siguió Angus—.

No me despegué de ella en ningún momento.

Quería pasar todo el tiempo que le quedase a su lado, pero estaba sumida en una inconsciencia profunda, fruto de los calmantes que le había suministrado para ahorrarle el sufrimiento, y no se me ocurrió mejor forma de honrar su memoria que plasmándola en un papel para que perdurase por siempre.

Para que no se desvaneciera en mi cabeza con el paso del tiempo.

O para que al menos, cuando sucediera, tuviese manera de traerla de vuelta.

Pasé días sin dormir inmerso en la escritura mientras su respiración se iba apagando lentamente.

Me apresuré todo lo que pude, quería poder leerle el manuscrito si recuperaba la consciencia antes de que se fuese para siempre.

Necesitaba que supiera que no la olvidaría jamás.

Cuando puse el punto final a aquella historia que narraba nuestra corta vida en común, Margery se encontraba aún peor.

Entonces hice algo… algo macabro. —El sollozo de Angus lo interrumpió—.

Había oído que otros médicos lo habían hecho.

Normalmente se trataba de encargos de la nobleza o de gente con poder que buscaba un ejemplar único que aumentase su valor.

Yo, por el contrario, solo quería que ese recuerdo tuviese lo máximo de ella.

Así que le corté un pedazo de piel a Margery, la preparé de la misma forma que lo habría hecho con la piel de un animal y envolví las hojas con su piel.

Algo se revolvió en las entrañas de Helen y no pudo contener un acceso de angustia que le subió desde el estómago. Su semblante se tornó sombrío y receloso. Antes de que pudiera siquiera mediar palabra, Angus le hizo un gesto con la mano para detenerla.

—Aún queda algo más. Cuando hube terminado aquel procedimiento, confirmé la peor de mis certezas: el corazón de Margery se había detenido definitivamente.

A juzgar por el tono y la temperatura de su piel podría haber sucedido varias horas atrás.

Después, como te he comentado, tras un buen rato de llanto, ella despertó.

Su corazón volvió a latir. No lograba salir de mi asombro, pero Margery estaba ahí, frente a mí, erguida, mirándome aturdida.

Helen se debatía entre la aversión y el alivio. Aquello, de ser cierto, sobrepasaba todo en cuanto había creído, todo en torno a lo que había edificado su vida. La duda la atenazaba, pero las palabras no acudían a su boca.

—Helen, esto me ha estado martirizando durante mucho tiempo. Eres mi única amiga, solo puedo confiar en ti. La carga de esto es demasiado grande para mí solo. Por favor, te ruego que me disculpes por obligarte a soportarla conmigo, pero ya no aguantaba más.

La reserva de Helen hizo a Angus intentar justificarse:

—Quizá tenías razón. Puede que todo esto sea un milagro de Dios. Quizá me ha elegido a mí para llevar a cabo una misión en su nombre.

—Angus, la palabra de Dios es clara —repuso Helen con tono contenido—.

Nuestra esperanza es la vida eterna, la que hay más allá de esta.

Dios nos espera al otro lado para concedernos una eternidad ausente de todo mal.

Tan solo nos pide que tengamos fe. Tú se la has arrebatado a Margery. Esto no puede ser obra de Dios.

—Pero, Helen, Él ha querido que sea yo el que me haya cruzado con este descubrimiento en mi camino. No puede haber sido fortuito, debe de haber un motivo. Piensa en toda la gente a la que podría salvar. ¿De verdad no crees que podría ser un plan divino?

Helen, turbada, negó con la cabeza.

—¿Cómo sabes que no es un demonio el que está detrás de este engaño?

—No lo sé, Helen. De verdad que no lo sé. No he dejado de pensar en esto desde entonces. Pero creo que podría servir para que todos nuestros problemas desapareciesen. Imagina un mundo en el que no exista la muerte. Una vida eterna aquí y ahora…

—¡Es que eso ya existe! —interrumpió Helen con ímpetu—. La vida eterna nos aguarda después de la muerte. No hay una sin la otra. Una vida eterna aquí es una condena a no alcanzar jamás el verdadero edén.

Los jadeos de Helen inundaban la estancia y reparó en que tenía el torso empapado en sudor. Angus, por el contrario, se mostraba más sereno que antes.

—Perdona, Helen. Perdóname por todo. No volveré a molestarte con esto. —Se levantó del asiento y se encaminó a la salida—. Gracias por tu hospitalidad, como siempre. Nos veremos en unos días, en la revisión de Grace.

Al tirar de la puerta se volvió.

—Casi se me olvida —dijo rebuscando en el interior de su maletín. Sacó un tarro con un líquido amarillento—. Esto es para Grace.

—Prométeme que te olvidarás de todo esto —suplicó Helen mientras aceptaba el obsequio de Angus—. Dime que disfrutarás de la segunda oportunidad que Dios le ha dado a tu hija, sin cuestionar los medios, y no tendrás la osadía de intentar ponerte a su nivel.

Angus la miró con los ojos caídos, hasta cierto punto avergonzado, y la abrazó mientras a ella le resultó imposible elevar los brazos y devolverle el gesto de afecto. Luego su amigo se dio la vuelta y se perdió en la oscuridad.