El manuscrito de las almas Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—No te mentiré, me temblaban las piernas.

Especialmente cuando dejaron a Keith y se pusieron frente a ti.

—Angus soltó una carcajada y Helen se obligó a disimular el orgullo que le asomaba en el semblante al saber la siguiente parte de la historia—.

Creo que ninguno vio venir la bofetada que tumbó al cabecilla.

Rompió a llorar en el acto, hincado de rodillas en el suelo.

No fueron necesarias más explicaciones, entendieron quién mandaba allí y se fueron avergonzados.

No sé si continuaron con sus tropelías, pero al menos a mí no volvieron a acercárseme.

—Ahora me abochorna ese comportamiento. Debería haber dialogado con ellos, haberles hecho entrar en razón.

—¡Venga ya, Helen! Sabes tan bien como yo que esos tres tenían la misma inteligencia que una piedra.

Solo entendían ese lenguaje. ¡Y vaya si lo entendieron!

Estaban abusando de su poder, eran tres contra uno, y no había motivo alguno para hacer lo que hacían, más allá de divertirse a costa de los demás.

Helen seguía sin aprobar su conducta, no era cristiana, pero era algo del pasado que ya no podía cambiar, tan solo aprender de ello. Lo atribuyó a la conducta de una niña aún por aleccionar y no siguió fustigándose.

—Hablas como si yo fuese la única heroína —Helen torció el rumbo de la conversación—, pero tú tampoco te quedaste atrás.

A Keith lo habían arrastrado por el suelo.

Estaba aterrorizado, tenía la ropa hecha jirones y un brazo le sangraba sin parar.

Recuerdo que usaste el retal de su propia camiseta para detener el sangrado.

Lo anudaste en el brazo y lo tranquilizaste.

—Es cierto. Lo había olvidado —dijo Angus exaltado—. Puede que Keith fuese mi primer paciente cuando aún ni siquiera sabía que sería médico. Puede, incluso, que aquella fuese la semilla que acabó por convertirme en lo que soy hoy.

Entre bromas y risas, se sucedieron otras anécdotas de la infancia que ambos compartían.

Pasaron una velada agradable, pero Helen, que conocía a su amigo, reparó en que algo lo inquietaba, que no solo había ido para charlar sobre el pasado.

El desasosiego de este iba en aumento con el paso de los minutos.

Sus gestos eran nerviosos y su expresión intranquila.

Por sus últimos comentarios Helen tuvo la certeza de que sucedía algo.

—¿Qué es lo que te pasa, Angus?

—¿Cómo? ¿A qué te refieres?

La mirada fija de Angus y el gesto serio de repente terminó por convencerla de que sus sospechas eran fundadas.

—A mí no puedes mentirme, Angus. Hace un rato que vengo notándolo. Algo te preocupa, algo no te deja pensar con claridad. ¿A qué has venido en realidad? —Se calló y observó las palpitaciones en el rostro de su amigo—. Sabes que puedes confiar en mí.

Angus exhaló una bocanada de aire, enfocó la vista en el suelo e inició su confesión.

—¿Recuerdas que Margery estuvo gravemente enferma hace unas semanas? —Tragó saliva y Helen confirmó con la cabeza—. La ocasión anterior en que nos cruzamos te comenté que se había recuperado…

—Sí, me dijiste que estuvo muy mal. Pensabas que no lo superaría y, de repente, como si de un milagro se tratase, se recuperó.

¿Por qué? ¿Ha recaído? —La mano trémula y la mirada esquiva de Angus no hacían sino acrecentar la angustia de Helen—.

Por el amor de Dios, Angus, dime de una vez de qué se trata.

—Margery sigue bien, no es eso… Verás, Helen, Margery murió.

Literalmente estuvo muerta durante unas horas.

Lo atestigüé personalmente. Recuerdo que pasé varias horas agarrado de su mano inmóvil mientras lloraba desconsolado.

Pero después… —Las palabras se estrangularon en su garganta—.

Entonces despertó. Despertó sin más. Como si nada de eso hubiera pasado.

Como si jamás hubiese perdido la batalla contra la muerte.

El fuego silbó y rompió el silencio que se había acomodado entre los dos. Angus aún era incapaz de levantar la cabeza y Helen no terminaba de entender sus palabras.

—¿De qué estás hablando, Angus? Sabes que eso no tiene sentido. ¿Es posible que te equivocases en tu juicio? Quizá el temor a perderla te hizo creer que se había ido prematuramente.

Angus sacudió la cabeza con más convencimiento del que había tenido hasta entonces. Logró levantar la vista y Helen se estremeció al ver reflejado el resplandor de las llamas en las lágrimas suspendidas en sus ojos.

—No entiendo…

—Voy a contarte algo más —comenzó Angus después de apretar los párpados y recuperar la voz—.

No daba crédito a lo que estaba pasando, no aceptaba que mi hija estuviese muriendo entre los brazos de un médico reconocido como yo.

Rehusaba admitir que hubiese salvado a tantos otros y me viese inútil frente a la muerte de mi hija.

En un momento de lucidez, tan corto como devastador, asumí que no había vuelta atrás, que su vida ya no estaba en mi mano. Que nunca la había estado… Y me hundí.

Helen seguía desconcertada ante aquel relato, pero la había atrapado y necesitaba saber más. Decidida a no interrumpir, dejó que Angus se tomase el tiempo que necesitase para soltarlo todo. Sabía que lo que guardaba lo estaba consumiendo.