El manuscrito de las almas Capítulo 16
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Capítulo 16

C on los ojos cerrados, Helen dejaba que los versos de la Biblia la inundasen por dentro.

Su voz interior repetía esas bellas palabras que pronunciaba el pastor para toda la congregación e intentaba hallar su significado más profundo, el que se escondía detrás de la poesía.

Después de tantos años, todavía sentía que las Sagradas Escrituras escondían enseñanzas para ella.

Disfrutaba aislándose del resto, hasta cierto punto incluso del pastor, durante la primera parte del sermón.

Ese ritual la ayudaba a conectar con la fe, a abrir su mente ávida por creer.

—Hermanos, ¿qué hay más importante que la salvación eterna?

El pastor enmudeció y el silencio reinó por unos instantes de extremo a extremo de la iglesia. Helen abrió los ojos.

—¡Nada! —continuó el pastor con energía—.

El Señor solo desea el mejor sino para todos nosotros.

Pero no solo lo desea, también se preocupa por guiarnos en ese camino que, a buen seguro, estará plagado de obstáculos.

A través de los versículos que os acabo de leer nos marca unas pautas sencillas para que la redención esté al alcance de cualquiera.

Dios es piadoso y nos insta a serlo nosotros también.

Nos pide que seamos su voz en la Tierra y que propaguemos su palabra, no solo mediante la predicación, sino también mediante nuestros actos.

Hemos de ser pacientes con quienes no consiguen ver, pues es a ellos a quienes más ayuda debemos brindar.

La atención de Helen no decaía, atenta a exprimir hasta el detalle el sermón.

El pastor explicaba la lectura, ahondando en los pormenores y extrayendo la lección detrás de cada sentencia.

Utilizó un ejemplo de la vida cotidiana sobre cómo habría que reconducir al rebaño a una oveja descarriada sin acudir al castigo, pues eso, además de ir en contra de la piedad que promulgaba, podría alejarla todavía más del sendero y perderse por completo.

Helen asentía convencida cuando escuchó la oración que puso fin al servicio:

—Hermanos, id y cursad la palabra de Dios. Ilustrad al prójimo siempre desde la humildad que nos otorga nuestro Señor.

El bullicio inundó el templo y la gente comenzó a moverse en dirección a la salida. Helen, por el contrario, permaneció sentada hasta que se quedó a solas. Se dirigió entonces, como siempre hacía, al pastor para felicitarle por su buen hacer.

—Gracias a usted, Helen, por la pasión con la que escucha mis palabras.

Siempre es un consuelo, en estos días de incertidumbre que corren, saber que Dios es capaz de abrirse camino entre nosotros.

—Un atisbo de sonrisa desapareció tan veloz como había venido antes de proseguir—: ¿Y en casa cómo se encuentran?

—Esplendorosos. La llegada de la nueva vida ilumina nuestras vidas incluso en los momentos más duros.

—Dios nos trae felicidad de formas muy diversas, pero para mí siempre ha sido especialmente emocionante cuando lo hace ofreciéndonos una nueva vida, pura e inocente.

Probablemente sea el momento en el que más nos asemejamos a Él.

Es por eso, Helen, que deben educar en los mandamientos de Dios tan temprano como les sea posible para que nunca llegue a desviarse y esa pureza no desaparezca.

Es la forma más fácil que tenemos de asegurarle el mejor futuro posible a la criatura.

—No puedo estar más de acuerdo —convino Helen con una sonrisa que le marcaba las arrugas en el rostro que había ido adquiriendo con la experiencia que le había dado la vida—. Nunca dudé al respecto ni por un instante. Me encargaré personalmente de que así sea.

Helen se despidió del pastor y regresó a casa, donde una larga tarde de faena la esperaba.

Montañas de lana y algodón se acumulaban por toda la sala y le recordaron la cantidad de trabajo que tenía por delante.

Lo primero que hizo fue hundir en una cuba de madera llena de agua y situada en un rincón una maraña de lana hasta que quedó impregnada por completo.

La escurrió cuanto pudo y la dejó apartada para que se secase.

Hizo lo propio con otra porción de algodón y después, antes de reanudar la tarea más laboriosa, agrupó el resto de los materiales en dos montones de los que iría tomando lana o algodón conforme lo fuese necesitando.

En el otro extremo de la estancia, junto a la ventana, tenía la rueca.

Se sentó y reanudó la tarea por donde la había dejado esa misma mañana, antes de partir a la iglesia.

Allí había lana ya seca y cardada, así que solo tuvo que empezar a enrollarla sobre la varilla de madera a la que estaba unida la rueda gracias a un sencillo mecanismo.

La empujó para hacerla girar poco a poco y la fibra comenzó a enrollarse sobre la varilla.

Sobre la marcha Helen iba ajustando la tensión y la velocidad a la que hilaba.

Los hilos le recordaban, por su firmeza y color, a esos cabellos que poco a poco iban conquistando su melena cada vez menos morena.

Helen era muy habilidosa como hiladora y disfrutaba de la paz mental que le otorgaba ese trabajo.

Tejer, en cambio, era otra cosa. Nunca había tenido tanta mano con el telar, pero en esos días sabía que era su deber trabajar por dos, así que se repetía para sus adentros por quién lo hacía, así le resultaba más llevadero.

Unas horas de hilado después, alguien aporreó la puerta. El ocaso estaba a pocos minutos de dar la bienvenida a la noche y no esperaba ninguna visita a esas horas, así que se extrañó. La pequeña tirantez que la había encogido se esfumó al reconocer a la persona al otro lado del umbral.

—Angus. ¡Qué agradable sorpresa!

—Buenas noches, Helen. ¿Estás ocupada?

—Nada que no pueda dejar para otro momento. —Helen abrió por completo la puerta e hizo un ademán invitándolo a pasar. Angus se frotó las manos y tomó asiento—. ¿Qué te trae por aquí?

—Vengo a cumplir con mi promesa —respondió aquel, misterioso a la par que sonriente.

Helen, por el contrario, se mostró confusa—.

Hace unos días nos emplazamos a desem­polvar viejos recuerdos, ¿te acuerdas?

Hoy he terminado más temprano de lo que preveía con mis visitas, así que se me ha ocurrido que podría venir a verte. ¿Es buen momento o no?

Angus orientó su mirada hacia la rueca y la cantidad de tela que se acumulaba a su alrededor.

—No te preocupes por eso. Ya he confeccionado hilos para unos cuantos días y no tengo el telar aquí para ponerme a tejer, así que, de igual manera, iba a descansar un rato.

Angus soltó un suspiro de alivio y asintió.

—¿Y Margery? —inquirió Helen—. ¿No se alegraría si regresaras a casa antes de lo esperado?

—Habitualmente llego yo antes que ella. Se pasa la mayor parte del día deambulando por ahí.

Dudo que esté en casa ahora mismo. —Angus hizo una pausa antes de proseguir—: No la culpo.

Al fin y al cabo, se pasa el día sola cuando trabajo.

No puedo evitar que salga a buscar algo de diversión. Tampoco quiero.

Angus volvió a frotarse las manos y a soplarse entre las palmas.

Helen captó el mensaje y le pidió que la disculpase.

Se acercó a la chimenea y prendió los leños que aún se hallaban intactos en el hogar.

Se había pasado la tarde abstraída con sus labores y había perdido la noción del tiempo hasta el punto de que no había reparado en que la noche, con todo lo que ello conllevaba, se había colado en su casa.

Tomó una cazuela, a la que añadió una buena cantidad de leche de su vaca, y la puso en el fuego.

Echó una mirada al fondo y comprobó que Angus seguía abstraído en sus pensamientos.

No parecía estar nervioso por la tardanza, así que Helen aguardó tranquila a que el crepitar del fuego precediera al borboteo de la bebida.

Retiró el recipiente y, con la pericia que la caracterizaba, sirvió un par de jarras sin desperdiciar ni una gota ni quemarse en el intento.

—Perdona que no te haya ofrecido nada antes —se excusó de vuelta en la estancia principal—. Me ha sorprendido tanto tu visita que no quería perder tiempo de conversación.

—Gracias, Helen.

Las mejillas de Angus recuperaron el tono rosado y Helen percibió la sonrisa en su rostro.

—¿En qué piensas, Angus?

—Estaba recordando… —Se detuvo—. ¿Tú sabes qué fue de Keith MacDougall?

—Sí. Se fue por donde vino. Marchó de vuelta a su aldea en el norte —repuso desconcertada—. ¿Por qué lo preguntas? ¿A qué viene eso?

—Estaba recordando cuando lo conocimos. ¿Tú te acuerdas?

Helen se esforzó por hacerlo. Keith MacDougall había sido amigo de ambos cuando eran niños, pero esa amistad no duró más de unos pocos meses.

Quizá incluso menos, a tenor de cómo se distorsionaba el tiempo en la memoria.

Podía rememorar algunas de sus vivencias, pero no tenía claro a cuál de ellas se refería Angus, así que finalmente negó con la cabeza.

—Fue cuando lo salvaste de esos tres abusones. Me estaba riendo para mis adentros acordándome de cómo los hiciste salir huyendo entre llantos.

—¡Ah, claro! ¿Cómo no podía acordarme de aquello? Pobre Keith…

—Fui yo quien vio a lo lejos que esos tres lo rodeaban.

No quería ir, intenté de hecho que nos diésemos la vuelta.

Tenían muy mala fama y, siendo honesto, les tenía miedo.

Pero tú te empeñaste y no fui capaz de disuadirte.

No me quedó más remedio que acompañarte.

A Keith MacDougall todavía no lo conocía de nada, pero no me habría perdonado jamás que a ti te pasase algo por mi cobardía.

—Esos tres gandules se pasaban el día amedrentando a todos los niños solitarios con los que se cruzaban. Nunca me cayeron bien, ya los había visto antes hacer de las suyas y me ha­bía sentido mal por no intervenir.