Capítulo 15
E l ruido afilado, repetitivo, que se hacía eco en mi cabeza era lo único capaz de soportar.
El estruendo de los metales golpeando entre sí me evadía, ponía mi mente al servicio del martillo.
Había vuelto a trabajar para el maestro herrero.
No sabía durante cuánto tiempo sería así, pero no me preocupaba.
Me resigné a aceptar que no podía pasarme el resto de mi vida encerrado entre esos muros que se empeñaban en recordarme lo que deseaba olvidar.
Por eso acepté la oferta cuando me la hizo.
El maestro se pasaba el día hablándome, más si cabe de lo que ya lo hiciera antaño.
Me contaba su vida, me aconsejaba sobre la mía y divagaba sobre la de los demás.
Pese a las muestras de desinterés que le devolvía, él siempre se mantenía incansable como buen herrero que era.
Quizá lo azotaba la culpabilidad por haberme despedido cuando peor me encontraba; quizá aún se compadecía de mi sufrimiento; o tal vez siempre había sido así y a mí no me había resultado tan insoportable hasta que perdí las ganas de escuchar trivialidades.
Yo prefería reservar mi energía y mi concentración para la forja, al menos durante el tiempo que pasase allí.
A menudo el maestro se marchaba a casa y yo continuaba con la faena, ensimismado en el hierro ardiente, golpeándolo con delicadeza, incluso cuando la luz del día también me abandonaba y solo la fragua iluminaba la estancia.
Me había obsesionado con una extraña perfección que nunca lograba alcanzar y que me provocaba una ligera decepción cuando se acercaba la hora de terminar la jornada.
En ese momento, daba comienzo el siguiente de mis rituales diarios.
Aquellos días de febrero habían llegado acompañados de una brisa tan helada que mantenía a la gente resguardada bajo techo y que, al caer la noche, no hacía sino acentuarse cuando una niebla plomiza empapaba el ambiente.
Solo las lámparas que encendían los vecinos frente a sus casas evidenciaban que el pueblo no había sido asolado, sino que simplemente se encontraba en letargo.
Cada noche atravesaba los lúgubres callejones con la mirada fija en el suelo y la mente muy lejos, y me detenía en el único sitio que seguía albergando indicios de vida social.
Abría la puerta de la taberna y dejaba que la luz me cegase y el calor me abrumase.
No osaba cruzar el umbral, solo dirigía la vista al fondo, a ese rincón de la taberna donde solía sentarse Flora, para constatar que esa noche tampoco estaba allí.
Entonces deshacía mis pasos y ponía rumbo a casa.
Allí la mente me engañaba. Me mostraba fugazmente la silueta de Catriona y, conforme abatía la puerta, esta desaparecía.
Nunca conseguía abrirla con la celeridad suficiente como para ver su sonrisa una última vez.
Esa sonrisa que ya me costaba reproducir en mi cabeza.
Aquello habría bastado para disipar la negrura que mantenía el lugar aún más inhóspito que el exterior.
Luego deambulaba en círculos por la estancia, de lado a lado, inquieto, hasta que me atrevía a coger el libro de mi madre.
Desde que volviera a mí, no había sido capaz de terminarlo.
Como siempre, no llegaba más allá de las primeras páginas en las que repasaba parte de su infancia.
Mi pensamiento se desviaba de esas líneas y se centraba en otras cuestiones que me atenazaban desde hacía mucho tiempo.
Entonces soltaba el tomo con desgana sobre la mesa y salía de nuevo a la calle.
En el trayecto hasta la siguiente parada me repetía siempre el mismo monólogo interior. Lanzaba preguntas de las que desconocía la respuesta y especulaba con ellas tratando de llegar a alguna conclusión racional, pero mi juicio estaba tan nublado como el entorno.
No había habido más muertes y tampoco había vuelto a oír mención alguna al Ángel de la Misericordia.
Aquella era de las pocas ventajas que sacaba del maestro herrero y su verborrea, al que con cierta asiduidad le preguntaba con sutileza para mantenerme informado.
No esperaba volver a oír hablar de ángeles, aunque a veces lo deseaba.
Anhelaba que sucediese algo, por remoto que fuese, a lo que aferrarme, un hilo del que poder seguir tirando para disolver la bruma que atestaba mi mente.
Desde que muriese Angus Morrison todo se había tornado tan mundano como lo había sido antes de su aparición.
Yo, sin embargo, repasaba una y otra vez lo que sabía de él, rememoraba nuestros encuentros, recordaba sus últimas palabras y escuchaba sus estertores resonar en mi memoria.
Al principio creía que la marca en la espalda de sus víctimas era una seña de identidad, como las iniciales al final del libro, aunque mucho más macabra.
Pensaba que buscaba reconocimiento y que esa era la forma que se le había ocurrido para firmar sus actos.
Sin embargo, la existencia de un libro que relataba la vida de los muertos era mucho más complicada de encajar en esa teoría.
¿Qué asesino con aires de grandeza se preocupaba de que sus víctimas no cayesen en el olvido?
Dado que era poco probable que las personas a las que asesinaba hubieran escrito sus memorias con anterioridad, la alternativa era que él mismo era el autor, y lo confirmaba con su rúbrica.
Por tanto debía de haber mantenido un contacto previo con ellas, quizá haberle ofrecido escribir una biografía para la posteridad, por lo que habría pasado mucho tiempo conociendo a sus víctimas y redactando el manuscrito.
Aquello sonaba lógico si tenía en cuenta que así además le resultaría más fácil acceder a sus hogares e inocularles, sin levantar sospechas, un veneno lento, tan lento como para desaparecer sin dejar rastro antes de que mostrasen los primeros síntomas.
Sin embargo, aquello no me convencía, pues ningún familiar, incluido yo mismo, lo había visto deambular por la zona en los días previos al fallecimiento.
Mi madre ya estaba enferma al regresar de su viaje y yo no me despegué de ella ni un instante desde su llegada.
Las palabras de Johne Wayfarer, que también revoloteaban en mi cabeza, habían arrojado algo de claridad al asunto, al menos para justificar estos hechos.
Las tapas de los libros estaban recubiertas con sus propias pieles.
La cicatriz en la espalda, bastante envejecida, daba cuenta del largo tiempo que debía de haber pasado desde que esas hojas fuesen escritas.
Era aquí donde cobraba sentido ese vínculo que según Johne se formaba entre persona y libro, que mantenía a la primera tan inmutable como al segundo a lo largo de los años.
Angus Morrison era una buena muestra de ello, pues yo mismo había sido testigo de la inmortalidad que lo había protegido de un golpe mortal.
Así que mi madre llegó a ser inmortal. Ella, como otras personas, había sido sujeto de los experimentos de Angus Morrison.
Me preguntaba cuántos otros se habrían quedado por el camino hasta que al fin diera con ese descubrimiento.
No podía imaginarme qué clase de remedios aplicaba a sus pacientes o qué conjeturas rondaban su perturbada cabeza como para haberse tropezado con esa sorprendente unión sobrenatural que se podía fraguar entre un libro y un alma utilizando únicamente las manos de un ser tan efímero en el tiempo como lo era un humano.
Lo que sí tuve claro, tras los terribles acontecimientos que nos habían sacudido, aunque pareciesen haber pasado inadvertidos para la mayoría, era que pretendía borrar todo rastro de su hallazgo.
Quería ser el único ser inmortal sobre la Tierra.
Parecía que no le valía la inmortalidad.
La avaricia, los aires de grandeza, o ambos, le reclamaban estar por encima de los demás, ser único, ser un dios.
Así que no dudó en regresar y matarlos a todos.
Angus Morrison había sido una mente calculadora que había utilizado la vulnerabilidad de sus pacientes para engañarles con un futuro esperanzador con el único fin de demostrar su superioridad.
Podría haber hecho mucho bien al mundo, pero se dejó arrastrar por una fuerza oscura y egoísta y decidió usar la capacidad que tenía para su único beneficio.
Siempre llegaba al final de ese razonamiento al mismo tiempo que alcanzaba el cementerio.
Entonces me sentaba y aguardaba hasta que me quedaba dormido, con la expectativa de que en alguna ocasión apareciese de nuevo Johne Wayfarer para que aclarara mis inquietudes.
Necesitaba saber qué más no me había contado.
Él tuvo que ser quien robó el libro de mi madre antes de que toda esta locura se desatase y quien me lo hizo llegar tras la muerte de Angus Morrison.
Precisaba saber por qué, si había conocido a mi madre, si sabía de las intenciones de Angus Morrison, y, de ser así, por qué no se había anticipado.
Abrumado con las mismas dudas una y otra vez, cada madrugada me invadía una vigilia a medio camino entre la realidad y el mundo de los sueños.
Permanecía así hasta que los primeros rayos de luz me devolvían la lucidez y me veía arrastrando el peso de mi cuerpo de nuevo hacia el interior del pueblo.
Sin embargo, una noche sucedió algo. Una densa bruma, que parecía estar apoyada sobre la tierra húmeda y que impedía vislumbrar más allá, se extendía por todo el cementerio.
Todavía no había entrado en el duermevela cuando se oyó un ronroneo detrás de la neblina.
Agucé la vista, pero no distinguí nada. Lo oí de nuevo, con un tono más combativo.
Entonces apareció frente a mí, agazapado en posición de alerta con su mirada hendiendo la mía.
Advertí el rasgo que ya captase mi atención la primera vez: la mancha blanca en el pecho.
Tenía la certeza de que se trataba del mismo gato negro.
No pude evitar acordarme de Flora, de las leyendas que había traído con ella desde las Tierras Altas y de cómo se había burlado de mí.
Algo en sus coloreados ojos cristalinos me decía que se encontraba allí por un motivo, que había venido a buscarme.
Sonaba absurdo, pero así lo presentí aquella noche.
Así que, movido por ese instinto, me aproximé con sosiego hacia él.
Su pelaje se erizó con tal fiereza que me estremecí.
Una repentina ráfaga de frío nos atravesó a ambos, pero solo yo di muestras de sufrir sus efectos, pues empecé a castañetear.
De repente, sin margen de reacción, el gato huyó despavorido, se adentró en la niebla y desapareció.
Solté todo el aire y me puse en pie con la intención de regresar a casa, pero me asaltó otra idea.
Recordé al sepulturero, a ese chico singular que solía acompañar a Johne Wayfarer y que siempre se marchaba por el mismo sitio, por el que lo acababa de hacer el gato.
El raciocinio me gritaba que no se me ocurriese seguir ese impulso, que todo era una conjura que yo mismo había ideado para justificar lo imposible y que el bosque era demasiado peligroso, más aún en plena noche y sin tan siquiera un farol que me alumbrase.
Pero también era la razón la que me empujaba día y noche hacia ese océano de incertidumbre que no sabía cómo navegar y en el que me ahogaría si no encontraba algo firme a lo que aferrarme.
Titubeé antes de dar los primeros pasos. Las piernas se me desentumecieron, aligeré el ritmo y me interné en el bosque para dar caza al gato cuyos ojos habrían de ser el faro que me guiase hacia Johne Wayfarer y sus réplicas abstractas e imprecisas.