Primer interludio #2
El trayecto fue largo y accidentado, pero al fin se internó entre casas de piedra que devolvían los destellos brillantes del sol y lo cegaban.
El buen tiempo había hecho a las gentes salir en tropel, poco acostumbradas a dichas condiciones meteorológicas, lo cual no ayudó a su ansiedad.
En cuestión de minutos ya había visto más rostros que en sus catorce años de vida.
El problema fue que no hubo ni uno solo para el que sus andares pasasen desapercibidos.
Los más considerados aguardaban a dejarlo atrás para comenzar a murmurar entre sí, mientras que otros no se escondían a la hora de señalarle con el dedo e, incluso, imitar sus movimientos entre risas.
Aquello era más de lo que Robert podía soportar en su primera incursión, así que su escarceo derivó en cruzar pasajes angostos y callejones oscuros alejados de las miradas de quienes se creían mejor que él.
Algo que Robert también empezaba a creer.
Cada vez que debía cruzar una vía antes de adentrarse en el siguiente pasadizo que lo protegiese de la gente, Robert se aseguraba de que no hubiese nadie cerca o, al menos, que estuviese lo suficientemente ocupado como para evitar su mirada acusadora.
Ese tramo en que el sol lo exponía a la sociedad elevaba la cadencia con la que su corazón golpeaba su pecho y hacía que su paso fuese aún menos firme de lo habitual.
Solo cuando las sombras le acariciaban de nuevo la piel respiraba con alivio.
Deambulaba por los entresijos del pueblo como tantas otras veces lo había hecho por su monumental casa.
Siempre a hurtadillas, siempre evitando ser escrutado por los demás, siempre con la vergüenza como única compañera.
Esa tarde lo devolvió a la cruda realidad, la que se negaba a creer cuando estaba cautivo en su cuarto, la verdad inexorable de que su prisión no era su casa, sino su cuerpo, y que, allá donde fuese, se enfrentaría a los mismos fantasmas, los que habían venido al mundo de su mano por motivos que nunca entendería.
Abatido en medio de una callejuela, envuelto en la penumbra y sentado sobre el empedrado húmedo, Robert recuperaba fuerzas antes de iniciar el regreso a la casa de la que, se juró, no volvería a salir.
Quizá sus padres tenían razón en eso de que era un engendro y sus actos pretendían mantenerlo a salvo. O quizá solo se protegían a sí mismos.
Dos mujeres se detuvieron en el extremo del callejón. El muchacho se escoró contra la pared y se ocultó un poco más, aunque las mujeres parecían no haber reparado en su presencia. Sin quererlo, aquella charla quedó clavada en su memoria.
—Yo en tu lugar lo haría —dijo categórica la señora de más edad—. En estos tiempos convulsos es más que probable que los remedios terrenales no funcionen, aunque vengan de la mano de un reputado doctor.
—No lo sé… —La voz temblorosa de la mujer más joven denotaba la incredulidad hacia las palabras de su interlocutora—. He oído muchas veces que solo son rituales antiguos que no tienen cabida en la fe de hoy en día.
—Tú puedes hacer lo que creas oportuno, pero yo te puedo garantizar que funciona. Y no soy la única a la que le ha funcionado. Otras personas me han contado sus experiencias y les ha ido bien.
La señora mayor se encogió de hombros mostrando un carácter condescendiente.
—Pero ¿cómo es eso posible?
—El número tres es divino. Representa la Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. ¿Y quién hay más poderoso que nuestro Señor? Si Él no quiere, da igual cuantos médicos pasen por sus manos, que terminará sometiéndose a su voluntad.
Esas palabras atrajeron todavía más el interés de Robert, que contenía la respiración para no perderse ni una palabra y para no ser detectado por ellas.
—¿Cómo debería hacerlo? ¿Qué debo tener en consideración? —preguntó la mujer más joven—. ¿Cómo lo hizo usted?
—Tal cual te he contado. Le di tres vueltas al pozo sagrado y recé a Dios por mi marido, por que volviese de la guerra a salvo, para que no fuese uno de los caídos en la batalla y no abandonase a su familia a su suerte.
Y funcionó. —Las cejas enarcadas de su compañera todavía albergaban duda—.
No tiene que ser un pozo. Un árbol o un edificio…
, cualquier cosa de la que tengas la absoluta certeza de que es sagrada vale para canalizar oportunamente tus plegarias.
Solo camina tres veces a su alrededor. En mi caso, como te digo, fue un pozo.
El resto de la conversación se limitó a una profusa despedida. En la cabeza de Robert las palabras arraigaron profundamente, resonaron durante mucho tiempo, y, con cierta frecuencia, volverían a acudir a su pensamiento.
Cuando las mujeres se separaron, Robert decidió regresar a casa.
Asumió su lugar en el mundo y quedó relegado a la soledad de su alcoba, a encuentros esporádicos e indiferentes con las personas con las que convivía, y nada más. O eso creía.
Un día, cuando ya contaba veintiún años, tuvo una discusión con su padre que lo cambió todo.
Rara vez intercambiaba palabras con su familia, y con él aún menos.
Tanta distancia y tanto silencio durante toda una vida habían infundido temor hacia él, acrecentado además por la constante rudeza de sus actos.
Ese día, sin entender el porqué, Robert se vio inmerso en una disputa con su padre.
Aunque al principio se sentía intimidado, el acoso al que lo sometió hizo que finalmente vomitase la bilis que se había ido acumulando durante tantos años por las continuas vejaciones.
El broche de esa pelea se zanjó con la demostración más visceral del sentimiento que le guardaba a su hijo.
El que siempre había tenido, pero nunca antes había manifestado.
El que Robert siempre había sabido en su fuero interno.
—No sirves para nada. Nunca podrás aportar nada a esta sociedad.
Eres una sanguijuela. Peor aún, al menos estas tienen un propósito en la vida.
¿Cuál es el tuyo? —La ira endurecía sus pómulos—.
Hasta tu hermana nos reportará beneficios cuando contraiga matrimonio con el laird con el que la hemos comprometido.
Tus hermanos irán a la guerra, cuandoquiera que vuelva a estallar.
Pero tú en cambio eres un tullido que no durarías ni un instante en el campo de batalla.
Te puse ese nombre porque creí que serías fuerte.
Superaste un parto difícil y pensé que eso iba a marcar tu fortaleza.
Robert: gloria, fama… ¡Qué decepción! No eres merecedor de ese título. Me avergüenza que seas un Donaldson.
Robert enmudeció de rabia, pero no alimentó más su odio.
Por el contrario, le sirvió para cortar el vínculo moribundo que lo mantenía unido a esos que decían ser su familia.
Al caer la noche, sujetando un hatillo con la mano menos impedida, desapareció para siempre.
Nadie trató de detenerlo, nadie salió detrás para traerlo de vuelta.
Nunca volvió a saber nada de ellos. Ni ellos de él.
Robert era consciente de que, al igual que en su casa, las gentes también lo repudiarían. La sociedad ya había renegado de él, así que tomó la determinación de vivir exiliado y emerger solo cuando la oscuridad lo protegiese de juicios injustos.
Por fortuna, no hubo de pasar mucho tiempo cuando dio con alguien que le ofreció un trabajo adecuado a su nueva vida clandestina. Un tal Ewan dirigía a los sepultureros y enterradores del lugar. Un oficio tan necesario como indeseado. Una tarea que solo realizaban otros tan desahuciados como él.
—Tenemos un trato entonces. Te buscaré cuando tenga un encargo para ti —zanjó Ewan—. Por cierto, no me has dicho cómo te llamas.
Tardó unos segundos en responder, pero, cuando lo hizo, fue con firmeza:
—Mi nombre es Bob Scott.