El manuscrito de las almas Primer interludio
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Primer interludio

E l niño anhelaba ver qué había allí arriba, donde voces de todo tipo y color se entremezclaban a todas horas.

Una punzada de dolor le atravesaba el cuello cuando se esforzaba por superar los límites que Dios, la naturaleza o el azar le habían impuesto.

Siempre tenía las rodillas despellejadas porque esa era su única manera de recorrer el mundo que habitaba.

De vez en cuando unos brazos helados lo trasladaban de un sitio a otro sin la cortesía de detenerse un instante para que pudiese admirar los matices que revoloteaban a su alrededor y que tanto ansiaba descubrir.

Con el paso del tiempo, el chico se cansó de creer que alguien lo haría por él, de que algo cambiaría porque sí, y decidió ponerle remedio a su situación.

Un día cualquiera asió con fuerza una barra de madera con la mano izquierda, pues la derecha era incapaz de despegarla del torso, y se aferró a la vida.

Al tirar, la superficie encerada hizo que sus dedos se escurriesen y fue a dar con la frente al suelo.

El golpe que más le dolió fue el que recibió su amor propio.

No obstante, no cejó en su empeño y volvió a intentarlo.

En esa segunda ocasión, acercó cuanto pudo las dos piernas en forma de arco a la pata de la silla y empujó hacia arriba con todo el ímpetu de su tenacidad.

Incrédulo aún de que aquello hubiese sucedido de verdad, se vio erguido y observó el interior de su casa como jamás lo había hecho antes.

Todo era diferente desde ahí. Albergaba más belleza de la que habría sido capaz de imaginar de no haber sido testigo con sus propios ojos.

Sus piernas trémulas lo avisaron de que no aguantarían su peso mucho más tiempo, pero, incluso si se desplomase en ese instante y no volviese a levantarse nunca, habría merecido la pena.

—¡Padre! ¡Madre! —exclamó uno de sus hermanos, atónito—. ¡Se ha puesto en pie!

Una sonrisa le cruzó la cara, expectante ante las reacciones de sus progenitores.

El primero en acceder a la estancia fue su padre con el ceño fruncido, la mandíbula tensa bajo la piel y el semblante contrariado.

Después lo hizo su madre, cuya ilusión dibujada en el rostro se tornó en aversión en el momento en que se cruzó con la mirada del chaval.

La mujer no pudo contener las lágrimas y se cubrió con el brazo antes de huir avergonzada por donde había venido.

Entonces la inseguridad apareció con la presteza con la que cae la guillotina y la debilidad se apoderó de sus piernas.

Se desequilibró y se vio otra vez sometido al yugo del duro suelo.

Aquel fue el primer recuerdo que se esculpió en la memoria de Robert Donaldson y que marcó su porvenir.

Con el paso de los años llegó a dominar su peculiar manera de caminar, pero el cisma que se había establecido aquel día entre su familia y él hizo que siempre terminase escondido en alguna de las muchas dependencias de la casona donde vivían para lidiar con sus demonios.

Pasaba la mayoría del tiempo exiliado dentro de su hogar.

No eran pocos los días en que no se cruzaba con nadie y solo el sonido de unos nudillos aporreando su puerta denotaban que había alguien más viviendo bajo el mismo techo, aunque al abrir solo hallaba un cuenco de comida tibio en medio del pasillo.

Las veces en que se alentaba a sí mismo a bajar en busca de sus padres o hermanos solía provocar un silencio incómodo entre ellos que daba paso a la dispersión de los presentes.

Así que Robert terminó por encerrarse en su soledad y abandonaba su aposento solo cuando tenía la certeza de que no se cruzaría con nadie más, lo que, por otro lado, sucedía con bastante frecuencia.

Su familia debía atender todos los compromisos que le imponía su posición social.

Sus padres se engalanaban con los atuendos más exuberantes, los veía desde la ventana cuando salían, sin descuidar el aspecto de sus dos hermanos y su hermana, todos mayores que él y de los que siempre presumían en público.

A Robert, en cambio, jamás le ofrecieron asistir a ninguno de esos eventos.

Él solo se figuraba lo que sucedía allí fuera por los comentarios jocosos y los chismes insustanciales que traían a la vuelta y que a él le llegaban gracias al griterío alentado por la embriaguez y la preponderancia.

Robert, sin embargo, lejos de abatirse, aprovechaba ese abandono para explorar cada rincón de la casa con la esperanza de hallar algo que soliviantase su vida.

En una de esas aventuras, cuando contaba nueve años, logró intercambiar algunas palabras con la doncella.

Esta se pasaba el día preparando las comidas, atendiendo las necesidades de sus señores, sobre todo de su madre, y, cuando no había nadie en casa, adecentaba las estancias.

Robert ya se ha­bía cruzado con ella otras veces, pero siempre la esquivaba.

Aquel día, sin motivo aparente, tomó la decisión contraria.

Se mantuvo inmóvil, con el brazo apoyado sobre la pared para mantener mejor el equilibrio, mientras ella le sostenía la mirada. Una mirada intimidadora que, en cualquier otra circunstancia, ya lo habría hecho huir.

—Tengo hambre —fueron las únicas palabras que atinó a decir.

Robert había aprendido a escuchar y nunca intervenía en las conversaciones. Por eso se le atragantaron las palabras que dirigió a la doncella. No le resultaba tan fácil pronunciarlas como oírlas.

—Ya mismo le preparo algo, señorito.

Su tono fue seco y distante, pero al menos hubo un tono. Reparó en su acento y pensó que debía de venir de algún sitio lejano. Aunque deseaba saber más, no se atrevió a formular la pregunta. Solo agachó la cabeza y volvió a su cuarto con toda la premura que le permitieron las piernas.

La relación con la doncella, una mujer de edad muy avanzada con el pelo largo y plateado, no fue mucho más allá.

Al menos, tras sucesivos encuentros, Robert logró estar en su presencia sin sentirse como una rata que tuviese que huir cuando alguien se le acercase.

Aun así, el rostro de ella siempre reflejaba cierto espanto, como la mayoría, sobre todo cuando lo observaba desplazarse.

Con nueve años, Robert ya sabía que ese tipo de mirada lo perseguiría hasta el fin de sus días.

Pese a no haber trabado una amistad real con la doncella, aquello había sido lo más parecido y cerca que había estado de tener una amiga.

Por ello estuvo alicaído unos días cuando se enteró de que la doncella nunca volvería a servirles.

Nadie le dio más explicaciones y él no osó pedirlas, así que prefirió pensar que habría decidido volver a su tierra, a su hogar, con su verdadera familia, porque cualquier otro destino lo entristecía todavía más.

Llegada la adolescencia, Robert contemplaba día tras día, desde la ventana de su alcoba, cómo sus dos hermanos cruzaban los jardines de la finca, se perdían en el horizonte y se adentraban en el mar de construcciones en el que vivía la gente corriente.

No así su hermana, que pasaba largas horas al amparo de su madre, que la adiestraba en el noble arte de la atención a su futuro marido y familia.

Le resultaba irónico cómo le daba lecciones a su hija de algo que ella incumplía, al menos en lo que respectaba a él.

Dadas las circunstancias, Robert no se habría cambiado con su hermana, no la vio en una posición mucho mejor que la suya, aunque sí lo habría hecho con cualquiera de sus hermanos, que a menudo se jactaban de sus correrías.

Deseaba ver más allá de los muros de la casa que lo tenía preso durante casi tres lustros.

Reunió el valor para ataviarse con una andrajosa capa que cubría sus ropajes harapientos y se escabulló por los pasillos hasta llegar a la puerta.

Al atravesar el umbral de salida y cerrar, escuchó a su madre gritar su nombre.

Quiso pensar que lo hacía por preocupación hacia él y no por vergüenza de que alguien allí fuera lo relacionase con ella.

En cualquier caso, quedó paralizado porque nunca antes había desafiado su auto­ri­dad ni había llegado tan lejos.

Sintió un vacío en el estómago, como si alguien le hubiese dado un puñetazo y le costase respirar, cuando vio el camino hacia el exterior de la finca.

El mundo real se le antojaba inabarcable para alguien como él.

Atemorizado, se giró y regresó con pesar, con pasos cortos y circulares.

Respiró hondo y alargó el brazo izquierdo hacia el pomo, pero antes de tirar de la puerta distinguió las voces de su madre y su padre al otro lado. Arrimó el oído:

—¿Qué importancia tiene? —Era la voz grave e imperativa de su padre.

—¿Qué pasaría si alguien descubre que es hijo nuestro? Todo nuestro mundo se vendría abajo.

Aquello despejó sus dudas y lo hundió un poco más.

—¿Cómo sería eso? ¿En qué se parece a nosotros?

No viste como nosotros, no guarda parecido físico, no camina ni habla como nosotros y nadie lo ha visto nunca con nosotros.

No hay de qué preocuparse. —Hizo una pausa antes de soltar la losa definitiva sobre su cabeza—: A ojos de cualquiera, tan solo es un engendro.

Un latigazo en el pecho le hizo retroceder, alejarse de la puerta como si detrás hubiese un demonio. Su padre aún no había terminado:

—Y, si no vuelve, un problema menos. Sabes que no es más que una rémora para nosotros, para nuestros planes.

Su madre había dejado de hablar hacía tiempo, pero la ausen­cia de réplica implicaba su aceptación. Sin más, Robert se alejó, sin temor alguno a lo que pudiese pasarle ahí fuera.