Capítulo 14
Y o era un simple mortal. ¿De qué manera podía sacarle ventaja a la criatura sobrenatural con la que había de enfrentarme?
Esa pregunta no dejó de sobrevolarme durante los días venideros.
Pese a haber destapado un secreto de semejante envergadura, pese a haber encontrado al responsable de esos asesinatos, nunca había dejado de ir un paso por detrás de él.
Me sentía tan impotente como la rata que, en medio de la más absoluta negrura, lucha por sobrevivir contra un oponente invisible sin ser consciente de que la serpiente ya la ha engullido.
Durante varias jornadas observé a ese ser.
Me apostaba cerca de una de las casas aledañas a la quemada, casas que también llevaban años deshabitadas, y lo observaba, oculto.
Fueron largos días e interminables noches en las que pretendí, sin éxito, aprenderme sus rutinas, memorizar cada paso que daba y anticipar sus movimientos, pero no aparentaba seguir pauta alguna.
Cada vez que lo veía desde donde lo espiaba, mi corazón daba un vuelco y un temblor me paralizaba las piernas.
Solo me devolvía el aliento repetirme a mí mismo que todavía no era el día en que me enfrentaría a él.
Luego, cuando lo perdía de vista, el temor a que esa hubiera sido la última oportunidad me abrumaba y dificultaba la respiración.
Cuando me doté de la valentía necesaria, allané su escondite aprovechando una de sus escapadas.
Lo esperé hasta bien entrada la madrugada.
Me sobrecogió como nunca antes en mi vida cuando el crujido de la madera podrida y el chirriar de sus goznes herrumbrosos dieron paso a esa figura que parecía flotar en lugar de andar.
Se despojó de la capucha y, al volverse, dio un respingo al percatarse de mi presencia.
Por un instante, me creí en una posición de superioridad.
Una quemadura cubría parte de su cuello y se perdía bajo el manto de ropa que lo envolvía.
Las sombras de nuestros cuerpos se entrelazaban sobre la piedra gracias a la luz del farol que se interponía entre ambos.
Nuestras miradas se cruzaron y detuvieron el tiempo.
El bisbiseo de la llama era lo único que rompía el silencio. Al fin llegaron sus palabras.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó con sosiego.
El tono paternal, como si me conociese, como si siempre hubiésemos sido amigos, como si mi presencia allí fuese poco más que una visita inesperada, me exasperó todavía más.
—Sabes perfectamente a qué he venido. —Hice una pausa para reunir algo más de valor antes de proseguir—: ¿Por qué mataste a mi madre?
—No puedes estar más equivocado. Yo no he matado a nadie. Ni, por supuesto, maté a Helen.
—¡No te atrevas a llamarla por su nombre! —estallé molesto—. Y no sigas tratándome como a un necio. He seguido tus pasos, he visto el reguero de muertes que dejas tras de ti. Solo dímelo. ¡Dime por qué!
—No sabes nada, Roy. No tienes ni idea…
—¿Quién te has creído que eres para dirigirte a mí como si me conocieses?
—interrumpí cada vez más furioso—. No sé cómo lo hiciste, pero no tengo la menor duda de que eres el asesino de mi madre.
Redímete al menos y dime por qué. Por más que lo pienso, no logro dar con una explicación.
Ni para Octavia Clark, ni para Pattie Webster, ni para Ted Ferguson, ni para todos a los que les hayas hecho lo mismo.
El hombre sacudió la cabeza, pero se mantuvo callado e imperturbable. Comencé a andar por la estancia, bordeándola con cautela y manteniendo la suficiente distancia con esa criatura que, aunque aparentaba ser un hombre normal, escondía un poder superior.
—Quiero que veas bien mi cara. Quizá así dejes de mentirme una y otra vez.
—Arrimé el farol al hogar y prendí unos trozos de madera que había llevado allí a conciencia.
La puerta se cerró con lentitud a su espalda y la nueva luz anaranjada que bañaba la estancia quedó atrapada entre las paredes—.
¿Por qué te haces llamar el Ángel de la Misericordia?
¿No sería más adecuado que fueses el Ángel de la Muerte?
En realidad, sé que no eres un ángel y por descontado sé que no tienes nada de misericordioso. Pero también sé que no eres humano.
Profirió un pequeño bufido seguido de una risa ahogada y se aproximó un poco a mí, lo que me hizo estirar el tronco y aguzar mi instinto de supervivencia.
—¿Quién te ha dicho eso? ¿Quién te ha mencionado eso del Ángel de la Misericordia?
—Así hablaban de ti tus víctimas, sorprendentemente. Y sus libros, que están firmados con las iniciales A y M.
—A algunos de mis pacientes les gustaba llamarme así, cuando todavía era un médico respetado.
Pero de eso hace ya mucho tiempo. Demasiado, lo admito.
Por fortuna aún conservo esos recuerdos.
De hecho, ya solo me quedan ellos… —Su voz se quebró y sus ojos lucían empañados a la luz de la hoguera—.
¿Quieres saber lo que son las letras A y M?
Angus Morrison, mi nombre. Tan sencillo como eso.
Ya no te parece tan misterioso, ¿verdad, Roy?
—Me es lo mismo Ángel de la Misericordia, Ángel de la Muerte o Angus Morrison. No es tu nombre lo que te define, son tus actos. Dices que eras médico, pero actúas más bien como una enfermedad. ¿Qué médico quita vidas en lugar de salvarlas?
—Ya me estoy cansando de tus acusaciones sin fundamento. ¡Fuera de aquí! Vete y déjame acabar mi misión —respondió súbitamente disgustado—. No eres quién para juzgarme, no sabes nada de mí. Lárgate sabiendo que yo no maté ni a Helen ni a los demás.
—¡Mientes! —Sus puños se cerraron y temí que explotase la ira que parecía estar conteniendo, así que no esperé más—: Hubbub!
La confusión pintó el rostro de Angus Morrison el tiempo suficiente para que Flora emergiese de la penumbra y se abalanzase sobre él.
Ambos cayeron al suelo, quedando él bloqueado con el peso de Flora.
El hombre forcejeaba intentando librarse, pero el golpe contra el suelo parecía haberlo aturdido.
Me apresuré a agarrar la faltriquera que aún portaba consigo, la que debía de guardar el origen de su poder, pero Angus Morrison se percató de mis intenciones y sacó una súbita fuerza que hizo rodar a Flora a un lado.
Se revolvió entonces y se irguió con agilidad.
—No te acerques —dijo Angus Morrison blandiendo su daga. Intentaba recuperar el resuello—. No quiero haceros daño, Roy.
Por suerte, aún no consideraba a Flora un adversario a su altura y obvió que se había recompuesto de su caída.
Esto le dio a Flora la posibilidad de repetir el embiste y ambos rodaron por el suelo.
El impulso expelió la faltriquera hacia un extremo del habitáculo, lejos del alcance de Angus Morrison, que volvía a estar retenido por ella.
—¡Ahora, Roy! Busca el libro en la bolsa —exclamó Flora a horcajadas sobre la espalda de Angus Morrison.
Entre una gran cantidad de frascos y papeles, la bolsa escondía un libro.
Asumí que tenía que ser ese, así que lo extraje con premura y arrojé la faltriquera, que acabó en un rincón.
Me arrimé al fuego y lo examiné con toda la calma que la circunstancia me permitía.
Los golpes sordos se sucedían detrás de mí.
Los quejidos se alternaban entre las voces de él y de ella, y mis dedos temblorosos me dificultaban hojearlo.
De vez en cuando volvía la cabeza para constatar que la lucha continuaba muy igualada, con la salvedad de que Angus Morrison asía la daga, aunque tenía la muñeca inmovilizada contra el suelo por la rodilla de Flora.
El libro no era más que una especie de diario médico donde se relataban experiencias con pacientes y se listaban métodos y curaciones.
Me giré para avisar a Flora en el instante en que, a pesar de su posición de poder, Angus Morrison se zafó de ella.
Flora, incansable, inició una nueva carga con la intención de doblegarlo por última vez, pero un destello de luz iluminó la cara de Angus Morrison y Flora trastabilló.
Algo había cambiado en su rostro, algo la había hecho titubear el tiempo justo para perder el control del cuerpo y caer sobre el puñal que agarraba su contrincante, que le atravesó el vientre. El grito retumbó en mis oídos.
—¡No! —chillé.
Acto seguido me abalancé sobre Angus Morrison y ambos nos revolcamos por el cuarto. Sin pensarlo, arrojé el diario a las llamas. El fuego se avivó tanto como lo hizo la desazón de su dueño.
—¡No! ¡¿Por qué?! —exclamó con un semblante a medio camino entre la ira y el horror—. ¡No sabes lo que acabas de hacer!
La furia que recorría mi cuerpo consideraba que esa condena todavía no era lo suficientemente justa.
Angus Morrison se encontraba abatido, su cuerpo de repente se había aflojado, la debilidad se había apoderado de él.
Lo abandoné junto a la hoguera, donde se retorcía, y corrí hacia Flora.
Aún tenía la daga clavada. Vacilé unos instantes, sin saber qué sería mejor, si dejarla enterrada o liberarla de la punzada.
Me decidí por lo segundo, a pesar de las dudas.
Yacía inconsciente, con los párpados caídos y los brazos flácidos.
Escruté agitado el entorno, pero no había nada útil con lo que taponar la herida, así que opté por presionar con las manos sobre la brecha en su vientre.
La sangre no dejaba de brotar, era demasiado profunda.
La esencia de Flora se colaba entre mis dedos y los tintaba de un rojo tan oscuro como esa noche.
—Vamos, Flora, despierta —supliqué—. Despierta, por favor.
Ella no reaccionó, no mostraba ni un leve atisbo de vida.
La zarandeé de los hombros y la abofeteé, pero no surtió efecto.
Incluso la arrastré hasta la chimenea con la estúpida idea de que el calor pudiese reanimarla.
Todo estaba sucediendo demasiado deprisa y no sabía cómo enfrentarme a ello, más aún desde aquel lugar alejado de la población.
Poco a poco comencé a sentir la rigidez de mis miembros al tiempo que cejaba en mis intentos de resucitar a Flora.
Las lágrimas rodaron por mis mejillas y cayeron sobre su cuerpo empapado en sangre.
Desalentado, me desplomé junto a ella, ya inerte, y prorrumpí en llantos que me vaciaron por dentro.
El amargor no dejaba de golpearme y yo hacía lo propio contra el suelo, frustrado e impotente.
Yo había convencido a Flora para que me ayudase, la había arrastrado hasta allí, la había matado.
Una pobre mujer que solo había viajado al sur en busca de sustento para su familia.
Una familia ya de por sí azotada por la inclemencia y que ahora había quedado amputada por mi culpa.
No fue hasta que pasó un rato que me acordé de que allí no estábamos solo Flora y yo.
El crepitar de la lumbre había cedido y volví a oír los dificultosos jadeos de Angus Morrison.
Su respiración era errática y emitía un sonido agudo cada vez que espiraba.
Se contraía sobre sí mismo y se agarraba el pecho como si se creyese capaz de sacarse el corazón y ponerlo a salvo.
Los sollozos eran cada vez más audibles, pero sus palabras eran ininteligibles.
Angus Morrison se había pasado todo ese tiempo tendido en el suelo desde que lo había desvinculado de su diario.
La ausencia de reacción no dejó de sorprenderme, más allá de la lucha que mantenía para aferrarse a la vida.
Una vez que los espasmos y temblores se desvanecieron, logré discernir sus últimas palabras:
—Ojalá me recuerden también a mí.
Luego, como si el tiempo corriese diferente para él, no solo sucumbió a la muerte, sino que su cadáver se contrajo y consumió hasta reducirse a la mitad.
Para mí, en cambio, el tiempo se detuvo.
Me vi frente a dos cuerpos exánimes que me evocaban emociones muy distintas.
Apreté los puños, contuve las lágrimas que no dejaban de gestarse desde lo más hondo de mi alma y tomé a Flora en volandas.
Me interné en medio del bosque que había a pocos pasos de la casa, la deposité con cuidado en el suelo y comencé a remover la tierra entre dos árboles.
No se me ocurrió mejor forma de honrarla que soterrarla en medio de la naturaleza, tan salvaje e inocente como ella, para que se fundiese con esta para siempre.
Su tumba quedó regada con mi dolor y, todavía sin aceptarlo, tuve que dejarla atrás.
En el interior de la casa aún se discernía un leve tono anaranjado.
Las ascuas todavía brillaban expirando los restos de su vida.
No lo permití, sino que las utilicé para prender de nuevo el farol antes de soltarlo unos momentos.
Estuve tentado de abandonar el lugar y no volver jamás, pero no creía haberles hecho justicia a todas las víctimas de Angus Morrison.
Arrastré lo que quedaba de su cuerpo hacia el exterior, lejos de la casa y lejos del bosque.
Lo que iba a hacer no podía llevarse nada consigo más que todo lo que quedaba del asesino.
Volví a por el farol y traje conmigo toda la hojarasca, ramas secas y trozos de corteza con la que pude hacerme por el camino.
Lo amontoné todo alrededor del decrépito cadáver y lo quemé como si con ello estuviese quemando mis propios pecados.
La viveza de las llamas calentó mi piel, no así mi ánimo.
Observé el humo plomizo que desprendía y tiñó el aire de negro.
Y el suelo. Y mi corazón. Aquella fatídica noche no se merecía acabar de ninguna otra manera.
Cuando tuve la certeza de que Angus Morrison ya no se levantaría nunca más, me di la vuelta y me adentré en la noche de brisa gélida.
Los días siguientes, no sé cuántos con exactitud, los pasé vagando sin rumbo fijo por el pueblo.
Esperaba que la vida me guiase hacia donde ella quisiese porque yo ya no sujetaba sus riendas desde hacía mucho tiempo.
Mi aspecto se estaba transformando en un esqueleto como en el que se había convertido Angus Morrison tras su muerte.
Todo me era ajeno, impersonal. La sensación de desprotección no me abandonaba.
Pensaba que nunca volvería a tener un objetivo en la vida.
Todo me parecía banal, sin sentido, impostado.
Sin embargo, durante una de esas caminatas nocturnas, mis piernas me llevaron a la puerta de mi casa y allí, bajo el umbral, encontré algo que me sobresaltó.
Se trataba de un libro. Distinguí el olor a tierra impregnado en sus páginas.
Me lo acerqué al pecho y lo acaricié, sentí los pequeños bordados que lo embellecían.
Y pronuncié su título con la esperanza de que el sonido de mi voz me despertase de la ensoñación en la que creía encontrarme:
— Helen Strong, vida y sacrificio .