Capítulo 13
P or fin se aflojó la presión que había estado atenazando mi juicio. Hasta entonces, el germen de la locura nunca había desaparecido.
La zozobra estaba fundada, cada encuentro con Johne había sido más perturbador que el anterior y siempre en los momentos más convenientes. Aquella noche era un ejemplo de ello. De no ser por que Flora estaba ahí, habría sido una tara más a mi cordura.
Los ojos de Johne saltaban de ella a mí continuamente mientras su cuerpo se balanceaba sobre el sitio. No era a él a quien iba buscando esa noche, pero ya no albergaba ninguna duda de que conocía mejor que nadie lo que allí estaba sucediendo.
Me hallaba enmudecido y expectante a partes iguales, ansioso de oír lo que tuviese que decir esa voz grave que, hasta entonces, no había errado en ninguna de sus palabras. Esas que tanta facilidad tenía para encadenar, pero que se limitaban a revelar lo justo en cada momento.
Sin embargo, ahora sus labios permanecían sellados.
Johne parecía estar disfrutando de la situación.
Su sonrisa se hacía más grande a la par que mi desconcierto.
Miré de soslayo a Flora y esta me devolvió la mirada.
Parpadeó con lentitud y tragó saliva, y entendí que era el momento de romper el silencio.
—¿Qué hace aquí, Johne? —inquirí con resquemor.
—Han pasado más de treinta años y todavía conservo el recuerdo vívido del día en que se incendió esta casa —dijo Johne sin responder a mi pregunta, con la mente puesta en otra época—. Fue un golpe duro del que estas gentes tardaron tiempo en recuperarse.
—No me venga con tanta charlatanería, bodach —interrumpió Flora con fuerza—. Tan solo le conozco por lo que me ha contado Roy, pero está claro que sabe más de lo que aparenta.
—A los jóvenes ya no os enseñan modales —negó Johne con la cabeza—. No sé si me molesta más que me llames viejo con tanta inquina o que lo hayas hecho sin presentarte siquiera. Dime, señorita, ¿quién eres tú? No te he visto antes por estos lugares.
—Soy Flora MacMillan y vengo de las Tierras Altas —respondió seca—. Terminadas las presentaciones, dejémonos de rodeos. ¿Nos estaba siguiendo? ¿Ha estado siguiendo a Roy?
No me sorprendió el vigor con que Flora peleaba, me sentí protegido por primera vez en mucho tiempo. Un súbito fogonazo ascendió por mi espalda y apaciguó mis sentidos. Aquello me dio el valor suficiente para encarar a Johne.
—En una ocasión me habló de un ser parecido a un ángel. —Johne se giró de nuevo hacia mí—. Estoy seguro de que se esconde en esta casa, pero todavía estoy más seguro de que usted ya lo sabía.
—Amigo Roy, pero qué insistente eres con los ángeles. ¿No te dije ya que no se trata de ningún ángel?
—He visto una daga atravesarle el pecho sin consecuencias. ¿Qué podría ser si no?
Johne meneó la cabeza resignado y se dirigió hacia Flora.
—Veamos si tú eres capaz de abrir tu mente más que nuestro amigo en común.
—Tomó aire y comenzó su explicación—: Cierto es que se trata de un ser inmortal.
Al igual que vosotros, mis pesquisas me han traído a esta vieja morada que un día fue un hogar feliz.
Como ya intuís, no se me escapa ninguna de las leyendas que sobrevuelan esta ciudad.
Es más, nada se escapa a mi conocimiento.
Solo he necesitado unir un par de cabos para llegar al mismo punto que vosotros.
Sin embargo, en mi caso lo he hecho por puro divertimento.
No se me va la vida en destapar la figura de ese ser ni me beneficia en nada.
—Ha matado a mi madre. Hasta donde alcanzo a saber, también ha asesinado a otras dos mujeres. Puede que alguien más esté a punto de morir, pues se coló en mi casa y se llevó otro libro con él. ¿No le parece suficiente motivo para detenerlo?
—Si tan inteligente es usted —interrumpió una vez más Flora mientras ponía su mano sobre mi hombro—, díganos cómo vencerlo. Nosotros nos encargaremos. Tan solo necesitamos ese conocimiento del que tanto alardea.
—¿Ves, Roy? Tu procaz amiga sabe hacer las preguntas correctas.
Yo no tengo por qué inmiscuirme, pero tampoco debo salvaguardar a nadie.
Salvo a mí, por supuesto. Lo conocí en otra vida, aunque ahora solo es el eco de quien un día fue.
El poder que tuvo en sus manos acabó por corromper sus entrañas.
Quizá sus intenciones fueran buenas al principio, pero ¿es una buena intención suficiente para obtener cualquier fin?
A veces sí, a veces no. Sea como fuere, aquel descubrimiento lo convirtió, en sentido literal y figurado.
Johne se abrió paso entre ambos y se introdujo en la casa dando grandes zancadas. Flora y yo lo seguimos.
—Todavía huele a quemado —apuntó mientras inhalaba con fuerza—. Son increíbles los recuerdos que pueden llegar a evocar cuatro paredes de roca quemada. ¿Por dónde iba…?
—Ese ser, ¿cómo lo detenemos? —se apresuró Flora a preguntar con impaciencia—. Si no es un dios, si ni tan siquiera es un ángel, no puede ser invencible.
—Así es, señorita Flora, no puedes estar más en lo cierto.
Parece que por aquí no hay mucho donde buscar…
—murmuró Johne señalando a los enseres quemados que estaban esturreados por el suelo—.
En algún lugar debe de esconder un libro.
Pensándolo bien, es harto improbable que lo haya dejado aquí, desamparado, pero quién sabe.
Si no está aquí, debe de llevarlo consigo.
Si os hacéis con ese libro, tendréis alguna opción.
—¿Y luego qué? —preguntó Flora irritada.
—Destruidlo, cómo no. —Flora enarcó una ceja y yo me mantuve impertérrito, a sabiendas de que Johne acabaría por soltar algo más, aunque fuese al ritmo que él determinase—.
Cuenta la leyenda que existen criaturas que forjaron un vínculo eterno con sus propios recuerdos, plasmados en las hojas de un libro.
Un libro que mientras exista lo mantendrá vivo a través de los siglos.
¿Cómo es eso, parecen preguntar vuestros rostros?
El recuerdo de uno mismo lo es todo; mientras puedan recordarte, seguirás vivo.
Por eso en un libro alguien puede vivir eternamente.
Pero aún hay más. La historia cuenta que alguien transgredió los límites divinos y logró transferir su verdadera y genuina alma a ese manuscrito que relataba su vida.
¿Cómo? Envolviéndolo de la misma forma que lo estaba su alma: con su propia piel.
Las tapas que preservan el manuscrito están cubiertas con su mismo pellejo.
Johne calló y comenzó a deambular por la estancia. Me costaba distinguir su silueta perfilada en la penumbra, pero más costoso era asimilar lo que acababa de decir. El semblante de Flora reflejaba una extraña complacencia mezclada con la confusión del momento.
—Si lográis destruir ese libro —prosiguió Johne de espaldas a ambos—, romperéis ese vínculo eterno para siempre. Solo entonces volverá a ser como era antes, un simple mortal. Sin ese poder, os aseguro que no volverá a ser el mismo.
—¿Y cómo lo hacemos? —pregunté—. ¿Cómo sabremos cuál es el libro?
—Roy, te he dado toda la información que necesitas —contestó con condescendencia Johne desde el umbral de la puerta. Desde ahí me resultaba imposible leer sus facciones—. El resto, joven, es cosa tuya.
Después inició su descenso por el serpenteante camino y, tras varios pasos, se detuvo y se dio media vuelta.
—Por cierto, Roy —dijo elevando la voz—. ¿Recuerdas el nombre del libro que te ha robado? ¿Cómo se llamaba?
Se refería al del abuelo de aquel chico que tan preocupado había acudido a mí con sus memorias.
—Ted Ferguson —repuse con temor.
—Ted Ferguson ha muerto hoy —sentenció.
Luego se giró y se perdió entre las callejuelas.
Admití que esa criatura sobrenatural iba siempre un paso por delante. Solo si Flora me ayudaba tendría alguna posibilidad de detenerlo, aunque esta se mostraba profundamente reflexiva después del discurso de Johne Wayfarer.