Capítulo 12
A ngus no lograba pensar con claridad. Tenía frente a él a su paciente, un hombre orondo que, con los ojos cerrados, obviaba sus preguntas y se limitaba a agitarse en el lecho sobre el que yacía.
Angus se esmeraba en encontrar algo en su cuerpo que le diese la clave para salvarlo, pero en apariencia todo estaba en orden, salvo por las fiebres que lo mantenían con un pie en el otro mundo.
El calor que emanaba era tal que, con el simple hecho de palpar la piel de sus brazos, de su vientre o de sus muslos, Angus se quemaba como si hubiese tocado la superficie de un hierro candente.
No sabía si era debido al contacto con esa carne ardiente o por la presión del tiempo que se estaba llevando a su paciente, pero pareció contagiarse de aquella enfermedad y la calentura comenzó a emerger desde su interior.
Al principio solo fueron unas gotas de sudor que empaparon su indumentaria, de la que se despojó con presteza para continuar con la evaluación, pero pronto el ardor le atizó en las sienes y confundió su juicio.
Ya no sabía si el dolor era suyo o del moribundo, como si ambos se hubiesen hecho uno.
Las manos trémulas apenas atinaban a extraer los utensilios y medicamentos con los que intentaba en vano traer de vuelta a ese hombre cada vez más sentenciado, a pesar de que Angus se resistiese.
—¡Por favor, sofoque la hoguera de la chimenea! —rogó Angus a voces para que la mujer del paciente, que en ese momento no se encontraba cerca, lo oyese.
Los leños en el hogar eran incombustibles, como si algo los mantuviese incólumes al poder de la lumbre e impidiese que se transformasen en brasas, por más que el fuego los devanase.
Las llamas bailaban incansables y, lejos de provocar un leve zumbido, aquel espectáculo era más bien una sucesión de explosiones que no dejaban de resonar en sus oídos, cada vez más ensordecidos por el caos.
—No tengo manera de apagar el fuego —dijo una voz femenina.
Angus volvió la cabeza cuando la esposa, con un temple insólito, hizo acto de presencia. Entonces reconoció de inmediato esa cara familiar.
—Margery, ¿qué haces tú aquí?
Portaba su rostro, pero esa mujer de avanzada edad no era Margery. Angus lo sabía, pero sus palabras se empeñaban en llamarla así.
—¿Margery? ¿Quién es Margery? —inquirió la mujer desprovista de toda emoción.
—Margery, vete a casa. Este lugar es peligroso, no sé la enfermedad que alberga este hombre ni si puede contagiarnos. ¡Vuelve a casa ahora mismo!
La mujer se encogió de hombros y desanduvo sus pasos hasta difuminarse en las profundidades del pasillo por el que había llegado.
Súbitamente, de la piel de su paciente brotaron quemaduras y comenzaron a inflamarse con tanta celeridad que a Angus no le dio tiempo a reaccionar cuando estallaron y supuraron sangre y ceniza.
¿Ceniza? ¿Cómo podía ser? El hombre se deshizo en sollozos entre sus brazos.
Angus se lamentaba por adelantado, pues sabía que le quedaba poco por hacer y que, una vez más, perdería a otro enfermo.
Escasos segundos después, el cuerpo inerte comenzó a consumirse.
Se quebró por su propio peso con la facilidad con la que se parte una rama seca y Angus se desembarazó de él, atónito.
Luego el cadáver se cubrió de gris hasta convertirse en polvo.
La imagen que acababa de presenciar lo angustió.
—Ya volveremos a comprobar que ha muerto —dijo una voz masculina procedente de todas partes al mismo tiempo, un eco que retumbó y se diluyó entre el crepitar, cada vez más intenso, de la fogata.
—¡Disculpe! —vociferó Angus—. ¿Quién ha dicho eso? ¿Quién más hay aquí?
Lo único que obtuvo por respuesta fue una deflagración de la chimenea que lo impelió con brusquedad hacia atrás. Se golpeó la cabeza contra la abrasadora piedra de la pared. El choque no le hizo perder la consciencia, sino todo lo contrario, lo despertó con el corazón cabalgando.
Venció el lastre de sus párpados y recuperó la visión.
Al mirar a su alrededor distinguió, a través del plomizo humo negro que lo invadía todo, que yacía sobre su camastro.
Todo el tiempo había estado ahí. El olor a carbón activó el resto de sus sentidos.
El calor en su piel se elevó aún más por efecto de la humedad y sintió la pesadez en los brazos.
Un sabor amargo se instaló en su paladar y descubrió que era ceniza lo que se había colado por alguna grieta entre sus labios.
Los tosidos le rasgaron la garganta, pues el aire que expulsaba también ardía.
Oyó unas ráfagas irregulares tan cercanas que parecía que una tormenta se había desatado en el interior de la casa. No entendía cómo era aquello posible.
Antes de que ningún otro pensamiento cruzase su mente, un nuevo ataque de tos le sobrevino y advirtió entonces que se estaba asfixiando. Lo que inhalaba no hacía sino intoxicarle. Se armó con la primera prenda que encontró y se cubrió la boca. Al menos así pudo encadenar dos razonamientos seguidos.
Constató que la humareda provenía de la estancia principal y se filtraba por la rendija de la puerta, así que gateó hasta allí y la abrió sin meditarlo ni un momento.
Ese gesto lo empujó hacia atrás y el fuego accedió a su cuarto.
Se escabulló como pudo y se internó en un infierno todavía peor.
Las llamas lo anegaban todo sin control.
Sintió su tez enrojecerse y sus ojos lagrimar. «¡Margery!», pensó.
Se arrastró hasta su cuarto sorteando las bolas de fuego en las que se habían convertido sus muebles.
Mientras se abría hueco, repasaba una y otra vez sus pasos esa misma noche.
Por más que lo intentaba, no alcanzaba a entender cómo había pasado aquello.
Angus siempre se cercioraba de que no quedase ni una chispa prendida entre las cenizas de la chimenea antes de dormir.
No había explicación alguna, pero pospuso las pesquisas hasta poner a Margery a salvo.
Sin embargo, si verse invadido por las llamas lo había sorprendido, más lo hizo reparar en que el cuarto de su hija estaba vacío.
Gritó su nombre y removió su cama. Suplicó que aquello también se tratase de un sueño, rogó despertarse y volver a escuchar su voz.
Pero sus esperanzas se desvanecieron cuando, por más que apretaba los ojos, seguía allí.
Se percató del desorden, nada habitual en ella, que se afanaba siempre por mantener un orden escrupuloso en su pequeño rincón.
Angus rebuscó entre los ropajes que había esparcidos por el suelo, envueltos ya en una pátina oscura.
Las llamas se colaron y se avivaron al prenderse varios de los juguetes de madera.
Entonces Angus recordó la pesadilla de la que acababa de despertar, que ya le había estado advirtiendo del desastre, y rememoró la frase al aire que nadie había pronunciado: «Ya volveremos a comprobar que ha muerto».
Lo tuvo claro, alguien había secuestrado a Margery y había intentado derruir su casa con él dentro. No cabía otra explicación.
Debía tomar perspectiva, quienquiera que lo hubiese hecho no contaba con que saliese vivo de ese atolladero, ni por supuesto que la muerte ya no pudiese alcanzarlo. Así que tomó la determinación de huir y, desde las sombras, volver para liberar a Margery.
El umbral de la alcoba había sido devorado por completo.
La madera poco a poco se ennegrecía bajo las llamas.
Angus, sobrevalorando su nueva condición como ser inmortal, creyéndose invencible, intentó cruzar la lengua de fuego, pero las llamas se le agarraron al lado derecho del cuerpo.
El dolor lo doblegó y cayó al suelo. El golpe en la cabeza lo aturdió durante unos instantes; el ardor le hizo volver en sí.
Logró desembarazarse de la camisa de lino, fue casi como despellejarse, y se alejó del foco.
Toda la piel de su brazo palpitaba, lo sentía hinchado, pero ya se preocuparía de eso más tarde.
Consiguió sofocar las llamas de la puerta trasera y salir.
La frase volvió de nuevo a su mente: «Ya volveremos a comprobar que ha muerto».
Alguien lo quería muerto y, de no conseguir su propósito, volvería para asegurarse de cumplirlo.
Si quería mantener la ventaja que tenía, debía fingir su muerte.
En medio de la gelidez de la madrugada, Angus solo sentía la quemazón que lo hostigaba por fuera y por dentro.
Miró en todas direcciones y se detuvo al ver la solución.
Se hizo con una roca y cargó con ella hasta el lugar donde había enterrado los cadáveres de sus primeros experimentos.
Sujetó la enorme piedra con ambas manos, la posicionó con la parte más afilada en dirección al terreno y comenzó a propinar golpes sin cesar.
La exaltación del momento consiguió que levantase las primeras capas endurecidas.
Alejó entonces el peñasco y continuó cavando con sus manos.
Notó el alivio de la tierra fría y húmeda sobre la piel.
Cuando dio con el primero de los cuerpos constató que apenas quedaba nada de este, pero, aun así, no tenía otra opción, así que lo arrastró sin dificultad hasta el interior de la casa y alimentó el fuego con él.
Observó durante unos momentos cómo diminutas proyecciones borboteaban en las llamas.
Cuando se hubo carbonizado lo suficiente, se apresuró hacia la estantería, donde el fuego aún no había pasado de las baldas inferiores, y guardó varios libros en la faltriquera.
Rellenó también su maletín médico con lo que aún no había sido pasto del fuego y corrió hacia el exterior.
Echó una última mirada hacia atrás y el escozor en los ojos se acentuó.
No quedaba tiempo para lamentaciones, así que apretó los párpados y se perdió en la espesura que había detrás de su casa hasta que la tormenta lo alcanzó.