Capítulo 11 #2
Y así sucedió. Al día siguiente el tiempo nos dio una tregua, aunque de igual manera apenas sentía la punta de los dedos con que sujetaba el farol en plena helada nocturna.
Pasamos buena parte de la noche aguardando en el cementerio, pero no apareció nadie.
Deambulamos por los alrededores, visitamos otros lugares inhóspitos por los que quería creer que Johne Wayfarer se dejaría ver, pero no hubo asomo de vida alguna.
Ni siquiera el sepulturero, aunque de haberlo encontrado tampoco tenía la certeza de haberlo hecho hablar.
—¿Estás seguro de que existe de verdad ese tal Johne Wayfarer? —Mi espíritu se tambaleó por momentos al escuchar esas palabras de Flora. Esta se apresuró a sonreír—: Estoy de broma, Roy. Era por amenizar un poco la espera.
—Maldición, Flora —resoplé aliviado—, no vuelvas a bromear con eso, sabes que estoy muy sensible.
Flora soltó una carcajada que se me contagió en forma de sonrisa, pero que no tardé en borrar del rostro.
¿Y si nunca más volvía a saber de Johne Wayfarer?
¿Cómo iba a enfrentarme a… eso? No podía esperar más, aquella podía ser mi última oportunidad de descubrir lo que rodeaba la muerte de mi madre.
Al menos esa vez había algo diferente, tenía a Flora a mi lado, que ya había demostrado no tenerle miedo a nadie.
—Vámonos de aquí —dije—. Ese estúpido cuentacuentos aparece cuando menos te lo esperas, no cuando realmente se le necesita.
—Mañana volveremos a intentarlo. Vámonos a la taberna, creo que te vendrá bien ahogar tus penas.
—No he dicho que lo dejemos por hoy. Solo que no vamos a esperar más a Johne Wayfarer. —Hice una pausa—. Flora, ven conmigo a la casa en las afueras.
—Pero… ¿Hablas en serio? Si estás en lo cierto, ¿cómo pretendes que le hagamos frente?
—No tiene una fuerza sobrehumana, no lo envuelven espíritus malignos ni nada por el estilo. Por lo que sabemos, solo es inmortal.
—¡¿Solo?! —bufó Flora.
—Llegué a aturdirlo. Pude pelearme de igual a igual. No tenemos que matar a nadie, solo necesito unir tu fuerza y la mía para amordazarle y obligarle a hablar. —Flora enarcó una ceja, mantuvo los labios sellados y la mirada inquisidora—. Venga, sabes que llevo razón.
Reticente al principio, conseguí convencer a Flora, que no dejó de quejarse durante el trayecto hacia el otro extremo del pueblo. Ya allí, nuestros pasos se volvieron más firmes y cuidadosos, el camino más serpenteante y nuestros sentidos más aguzados.
No había nadie allí. Por esa misma razón, no había velas encendidas en las puertas y las calles se tornaban todavía más tenebrosas.
Aquella zona siempre arrojaba la misma sensación, la de ahuyentar toda vida que se le arrimase, desde personas hasta animales.
La espesura tras las casas permanecía inmutable y el fino silbido del viento se había detenido a nuestra llegada.
Escuchar los latidos de mi propio corazón no hizo sino inquietarme aún más.
Llegado a un punto, este se hizo tan perturbador que la única forma que se me ocurrió para acallarlo fue hablar con Flora y dejar que nuestras voces retumbasen en ese lugar inhóspito.
—Es esa de allí. —Señalé en la dirección oportuna, aunque era evidente, ya que esa estructura tan negra destacaba sobre las demás. Flora se limitó a asentir con la cabeza sin perder el contacto visual—. Esperemos un poco más a ver si detectamos algún movimiento.
—Llevamos tiempo suficiente aquí parados —repuso ella con un tenue hilo de voz—.
No digo que no esté ahí, digo que no se le ve intención de moverse.
Tenemos que acercarnos más. Con este silencio no nos costará escuchar cualquier ruido que provenga de su interior.
Solo necesitamos estar un poco más cerca.
Accedí con un gesto y ambos bordeamos la calle antes de enfilar la ruta hacia la casa.
Debíamos evitar que una inesperada aparición de su ocupante nos delatase, así que tuvimos que encontrar otro camino por el que aproximarnos sin ser vistos.
Ascendimos otro tramo y alcanzamos la casa inmediatamente anterior.
El eco de la gravilla crujiendo bajo nuestros pies era demasiado abrumador, pero, incluso si caminábamos sobre la maleza, el roce con esta revelaba nuestra posición.
—Sigo sin escuchar nada más que nuestros pasos —susurré hacia atrás. Flora me seguía agachada—. Es imposible no hacer ruido, todo a nuestro alrededor rechina. Creo que lo mejor es que nos abalancemos de una vez sobre la casa. Al menos así podremos sorprenderlo.
—¿Qué pretendes que hagamos cuando lleguemos a la puerta? ¿Aporrearla sin más?
—¿No te has dado cuenta? —murmuré—. Se aprecia una abertura de arriba abajo. No está bloqueada.
—Vale, la asaltamos sin más… ¿Y luego qué?
—Y luego que Dios nos asista.
—Creía que estabas peleado con Dios —se jactó Flora.
—No es momento ni de bromas ni de debates espirituales —zanjé con toda la seriedad que me permitía el débil tono de voz—. Pero, si de verdad existe un dios, este sería un buen momento para demostrármelo.
Sin avisarla, corrí hacia la casa. Flora me siguió a regañadientes.
Me abalancé sobre la puerta, que rebotó hasta el otro lado de la pared parar retornar a su posición original.
La estancia quedó sumida en la penumbra, a excepción de la llama del farol que nos había acompañado toda la noche.
Tras escudriñar todas las dependencias confirmamos que allí no había nadie.
Temía que mis previsiones se hubiesen cumplido y que aquella sombra a la que me había enfrentado la noche anterior se hubiese esfumado como si jamás hubiese existido.
Aun así, no perdí la fe y analicé el lugar.
Trozos de lo que un día fue madera, convertida en ceniza y astillas, cubrían el suelo.
Casi nada había sobrevivido a aquel incendio, al menos no en su forma original.
También discerní algunos restos de papel que no habían sucumbido al fuego en su totalidad.
Solo la dura roca que lo recubría todo había resistido al desastre.
¿Y si ese ser no se ocultaba allí? ¿Y si solo había ido allí la noche anterior en busca de algo?
No parecía haber nada de valor allí, pero puede que ya lo hubiese cogido y se hubiese marchado.
Como si las paredes guardasen la memoria de su pasado, sentí una leve sensación de opresión. La atmósfera estaba enrarecida, así que salí al exterior en busca de aire fresco para mis pulmones y entonces me lo encontré. De súbito noté la piel de mi rostro gélida y un nudo en el estómago.
—Flora… —dije con la voz cortada sin despegar la mirada de él—. Flora, ven. Dime si estoy loco o tú también lo ves.
Flora se detuvo en seco al llegar hasta mí.
—No, Roy. No estabas loco…
—Buenas noches, jóvenes. ¿Todo bien por aquí?
Johne Wayfarer jugaba con su bastón con destreza mientras su sonrisa perversa marcaba cada vez más los surcos de su rostro.