El manuscrito de las almas Capítulo 11
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Capítulo 11

E l sonido de la puerta golpeando sin cesar por la acción del viento me hizo recuperar la consciencia.

Todavía no podía controlar los brazos ni las piernas, y mis ojos se movían solos mientras la estancia me daba vueltas.

Fue el olor herrumbroso de la sangre ajena lo que acabó por despertarme.

Seguí el rastro de ese hedor, me arrastré con esfuerzo y toqué con recelo la mancha en el suelo.

Aún estaba viscosa, así que no debía de haber pasado mucho tiempo desde que mi atacante se esfumara.

Cuando volví a ser dueño de mi cuerpo, me puse en pie y miré la estancia.

Parecía como si un huracán hubiese llenado de vida los muebles, que ahora ocupaban lugares y posiciones extrañas.

Fui a cerrar la puerta, que no cejaba en su golpeteo, cuando distinguí otra mancha en mitad de la calle.

Una idea absurda cruzó mi mente, pero arraigó lo suficiente como para llevarla a cabo.

Si no lo hacía, no tendría otra oportunidad de dar con aquel extraño ser que tanto tiempo había estado buscando.

Cargué el farol con toda la grasa que podía albergar y prendí la mecha.

A la luz de la llama, mi rostro se reflejó en los goznes de la puerta, y, al verme, fui consciente del dolor.

Las magulladuras y la hinchazón poblaban mi cara, mientras que la sangre se tornaba muy oscura al mezclarse con algún tipo de tizne negro que también me ensuciaba las manos.

Me atavié con una capa y una capucha, de forma que no solo quedaría resguardado de la intemperie, también de aquello que me disponía a perseguir y que temía más que antes.

El silbido del viento era atronador y me traspasaba la piel con la facilidad con la que lo había hecho la daga en el pecho de ese ser sobrenatural.

Me veía obligado a sujetar la capucha con una mano y a sostener la lámpara con la otra mientras avanzaba a través de la vía desierta.

Las salpicaduras en el suelo eran cada vez menos frecuentes y su tamaño había pasado de ser un pequeño charco a unas cuantas gotas.

En alguna ocasión tuve que desandar el camino y tomar una bifurcación diferente, pues esos vestigios de vida se tornaban más inescrutables cuanto más me alejaba de mi hogar.

Llegué a las afueras del pueblo, pero había perdido todo indicio que seguir. Probablemente el asesino habría dejado atrás las calles empedradas para adentrarse en la maleza, donde su sangre empaparía la tierra y jamás volvería a ser vista. Las posibilidades de hallarlo serían remotas.

De súbito, un trueno rompió el cielo y descargó con fiereza sobre todo lo que alcanzaba la vista.

En pocos minutos, la riada que descendía de la parte alta de la colina purificó cuanto halló a su paso y borró toda huella de bien y de mal.

La llama del farol se extinguió y me sumió en la oscuridad.

Los ropajes se adhirieron a mi piel de tal forma que parecía estar desnudo.

Todo lo que vislumbraba a mi alrededor apenas eran unas cuantas casas aisladas sin señal de vida en su interior.

Entorné los ojos para intentar ver más allá de la cortina de agua que me cubría y, justo cuando estaba a punto de rendirme y darme la vuelta, noté un ápice de movimiento en la lejanía.

Sin despegar la vista de la ladera, me desplacé con lentitud hasta esconderme tras un matorral.

Volví a verlo y respiré hondo, a medio camino entre el alivio y el pánico.

Alrededor de la piedra ennegrecida y la madera resquebrajada de la última de las casas, la que se había incendiado hacía algo más de treinta años, daba vueltas el asesino de mi madre.

No tuve duda. Recordaba su ropa, se movía de igual forma y empuñaba la misma daga a la que se había resistido con la facilidad con la que se pestañea.

Algo en mi cabeza evitó que me lanzase hacia él sin pensármelo.

Pese al miedo, había una parte de mí que anhelaba respuestas y las quería ya.

Pero otra, por fortuna más racional, se preguntaba qué iba a cambiar respecto a nuestro anterior encuentro.

Si me enfrentaba a él con las mismas armas, acabaría obteniendo idéntico resultado.

Y puede que en esa ocasión no saliese indemne.

Debía aprovechar la ventaja de saber dónde se guarecía y trazar un plan para asegurar que esa vez no se escabullese.

Tenía que hacerlo rápido, no sabía cuánto tiempo seguiría allí.

El azoramiento no me dejaba pensar con claridad y el temporal no ayudaba.

Necesitaba una visión fresca, otra perspectiva más allá de mi ensimismamiento, y tenía claro dónde encontrarla. Así que retrocedí y fui en su búsqueda.

De repente, el diluvio ya no me importaba.

Atravesé el pueblo y llegué a la taberna, a la que accedí con premura.

Allí, otro tipo de humedad bañaba el ambiente, aunque esta era mucho más cálida y agradable.

El jaleo reinante hizo que mi aparición pasase desapercibida.

Crucé el umbral y me mantuve inmóvil oteando a través de las cabezas hasta que adiviné el contorno de la que me interesaba.

Como siempre, Flora bebía solitaria al fondo de la barra, aunque su rostro no reflejaba aflicción por ello.

Todo lo contrario, su expresión siempre parecía la de alguien a la que no le faltaba nada, aunque yo sabía que no era así.

No quise abrirme paso a través del gentío, pues habría sido como meter el aguacero en la taberna, así que hice aspavientos en la distancia hasta que Flora, al igual que gran parte de la muchedumbre, reparó en mi presencia.

—¡Roy, qué sorpresa verte por aquí! —dijo Flora sonriente cuando llegó hasta mi posición—. Hacía mucho que te esperaba. Ven, vamos a…

—Flora —la interrumpí con brusquedad—, no he venido por diversión. He venido porque necesito tu ayuda.

—Pues aquí estoy —continuó con tono jocoso—. Con cerveza todos los problemas se ven de otra manera. Vamos a la barra y me cuentas.

—Flora, lo que tengo que decirte es muy serio. Y este no es un lugar serio, precisamente. Vamos a mi casa, estaremos más seguros allí, créeme.

— Deoch an dorus , Roy. —Debió leer el desconcierto en mi cara, pues corrió a explicarse—: Perdón, quería decir que nos llevásemos la última para el camino.

—Creo que estás un poco borracha —dije con hastío—. Te necesito en buenas condiciones. Venga, vámonos.

Flora refunfuñó y su semblante se convirtió en el de una niña pequeña a la que le habían quitado su juguete, pero accedió a venir conmigo sin más reparos.

El poder purificador de la lluvia también le afectó a ella, pues, al llegar a casa, lo primero que hizo fue disculparse por su comportamiento, con un temple más serio, aunque sin perder la jovialidad que la caracterizaba.

Encendí algunas velas y Flora comenzó a proferir exclamaciones al aire al constatar el estado en que se encontraba todo.

—Antes que nada, sécate un poco —dije al tiempo que le ofrecía unos paños.

Yo hice lo propio y después, tras varios días que se me antojaron demasiados, volví a encender la chimenea. Nos sentamos al calor de las llamas y por fin pude dar rienda suelta a las divagaciones que me torturaban.

La puse al día de los últimos acontecimientos, desde la aparición de un tercer libro firmado con las mismas dos letras hasta el descubrimiento de su guarida en las afueras del pueblo.

Compartí con ella mi zozobra, mis dudas acerca de cómo llegar hasta él, de cómo combatirlo y cómo obtener las respuestas que ansiaba.

Al expresar en voz alta mi congoja me sentí ridículo e, incluso, un poco lunático.

Si yo, que había vivido todo aquello, podía llegar a pensar eso, ¿qué estaría pensando Flora?

Por fortuna, su reacción fue tan empática como apaciguadora.

—Lo único que puedo decirte es que has ido a buscar a la persona equivocada —dijo Flora—. Por lo que me has contado, el único que realmente puede ayudarte es el tal Johne Wayfarer, que ya sabía de la existencia de ese ser inmortal.

—No puedo seguir con esto yo solo —dije casi rogando—. Ese hombre, Johne, tampoco es alguien fácil de tratar. Las veces que lo he hecho, solo me ha mareado y se ha reído a mi costa.

—No he dicho que debas encargarte tú solo. Llévame con él, te acompañaré. Estoy contigo en esto, Roy… Hasta el final. —Hizo una pausa y la mueca de su cara me llenó de esperanza—. Es lo que hacen los amigos, ¿no?

Flora era mi amiga. No me había percatado hasta que ella misma había pronunciado esas palabras, pero definitivamente lo era.

Pensé que nunca volvería a tener otra compañera que no fuese la aciaga soledad.

Y, sin darme cuenta, se había forjado un vínculo.

Como pasaba con el martillo que, golpe tras golpe, terminaba por dar su forma final al acero.

—Vayamos ahora mismo —dije con súbita ilusión—. Sé dónde encontrarlo.

—¿Ahora? ¿Adónde?

—Al cementerio. Siempre anda rondando por allí.

—¡¿Al cementerio de madrugada?! ¿No se te ocurre un plan más peligroso? —ironizó Flora—. Además todavía no me he librado del frío y la humedad de nuestro último paseo bajo la lluvia.

—Flora, no sé cuánto tiempo más va a seguir esa criatura sobrenatural en la casa abandonada. Mañana puede que ya sea tarde.

Flora rebajó el tono de voz, apartó las bromas por un momento y me habló con el ceño fruncido:

—Escucha, Roy. Recuerda que yo vivo con el padre Philip.

No quiero abusar de su hospitalidad llegando más tarde de lo que ya es.

Dices que ese ser está herido, que te ha robado el tercer libro y que hoy mismo lo has visto volviendo a esa casa.

Sea lo que sea que se disponga a hacer, al menos necesitará un día más.

—Pero, incluso así, no podemos presentarnos a plena luz del día —la interpelé insistente—. Necesitamos que sea de noche para pasar desapercibidos.

—Pues mañana, al caer el sol, en lugar de vernos en la taberna, nos encontraremos en el cementerio —zanjó Flora—. Con toda la noche por delante y, con suerte, sin lluvia.