El manuscrito de las almas Capítulo 10
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Capítulo 10

A ngus enredaba entre sí las hierbas y las raíces del potaje, ya tibio, que tenía frente a él.

Estaba perdido en el fondo del cuenco mientras recreaba la imagen en su cabeza sobre lo que se disponía a hacer esa noche.

El nudo en el estómago, que llevaba ahí desde que se lo planteó la primera vez, no paraba de crecer conforme se acercaba el momento y, si lo dejase lo suficiente, acabaría por devorarlo desde dentro.

No podía postergarlo más o la angustia terminaría por impedirle comer.

En esa ocasión, hasta su hija, que solía tomarse su tiempo, se había acabado la cena antes que él.

—¿En qué piensa, padre? —Las palabras de Margery interrumpieron sus elucubraciones—. Ha estado callado todo el rato. Creo que ni siquiera ha escuchado nada de lo que he dicho yo.

Aquello cayó sobre él con todo el peso de la culpa. No solo por haber estado ausente durante la velada, sino porque en realidad lo había estado durante las últimas semanas.

—Discúlpame, Margery. Últimamente las visitas me agotan más de lo habitual —mintió.

—¿Puedo levantarme de la mesa? Estoy cansada de ver cómo su comida da vueltas. —Angus hizo un gesto afirmativo. Margery se puso en pie animada y preguntó—: ¿Puedo salir un rato a tomar el aire?

—Por supuesto que no. Ya es noche profunda, es demasiado peligroso.

La expresión de su hija perdió todo rastro de felicidad.

—Solo quiero pasear por el bosque que hay detrás de casa. No hay nadie por ahí, no me pasará nada. Llevo aburrida todo el día sin salir de aquí y ahora que ha dejado de llover es usted quien me impide divertirme.

—Podrás hacerlo mañana o al día siguiente, o cuando sea que no llueva, pero siempre cuando haya luz y gente. No me culparás a mí de la lluvia, ¿no?

La niña torció el gesto y cruzó los brazos.

—Además, hoy me has estado ayudando a elaborar mis medicinas —continuó Angus intentando restarle importancia al asunto—. Hemos ocupado casi toda la mañana, hasta que tuve que acudir a mis visitas.

—Eso no es divertido, eso es trabajo. Su trabajo, por cierto, no el mío —sentenció con una voz áspera.

La punzada le atravesó el pecho a Angus, pero el dolor pronto se convirtió en irritación ante la insolencia de la niña.

—He dicho que no puedes salir y no hay más que hablar —zanjó.

Margery titubeó, pero las palabras se disolvieron en su boca.

Se dio media vuelta y se encerró en su alcoba.

Tras de sí, tan solo dejó un portazo y el súbito silencio que atronaba los pensamientos de Angus.

Estos eran una mezcla entre el rumbo de la relación con su hija y sus propósitos personales de grandeza.

Pasadas unas horas, fueron estos últimos los que permanecieron en su cabeza.

Se arrimó al calor y la luz de la chimenea con su maletín.

Sacó todo lo necesario y lo fue colocando alrededor de la silla en la que estaba sentado en el orden exacto en el que iba a precisar cada uno de los elementos.

Una vez que estuvo todo preparado, su mirada se perdió en el crepitar de las llamas unos segundos en los que logró vaciar la mente de tribulaciones.

Cuando volvió en sí, miró instintivamente hacia la alcoba de Margery y aguzó el oído.

No percibió sonido alguno tras la gruesa madera que los separaba.

Agarró un trozo de tela, la retorció hasta hacerla tan dura como una cuerda y se la metió entre los dientes.

Se descubrió la pierna derecha y agarró el escalpelo.

Los nudillos se le marcaban por la fuerza con la que sujetaba el utensilio y, aun así, la mano le temblaba como si no fuese él quien la gobernase.

Ni siquiera la primera vez que había empuñado uno y había rajado a una persona había perdido el control de esa manera.

Descendió lentamente y lo posó sobre la pierna.

Un escalofrío cruzó su cuerpo con la misma celeridad con la que un relámpago divide el horizonte.

La incisión se abrió con la facilidad con la que se desprende la piel de la fruta, y una gota de sangre asomó.

No se lo pensó más y enterró la afilada hoja en la carne al tiempo que mordía la tela.

Le fue inevitable proferir un sonido gutural que sofocó en cuanto la estancia dejó de darle vueltas.

Las lágrimas se mezclaban con el sudor que le recorría la cara.

El muslo le palpitaba como si el corazón latiese debajo.

Volvió a colocar la cuchilla sobre el trazo que se había dibujado con tinta minutos antes y continuó.

Tras el primero de los cortes, el dolor le sirvió para adormecer toda la zona, así que el resto no le costó tanto y pudo extraer el pedazo de piel que quería.

Tomó el frasco con agua de vida y lo vertió sin mesura sobre el hueco que había aparecido en su pierna.

Después escupió la tela y dejó que un sorbo le quemase la garganta.

Por último, con una varilla de fierro, trasladó el ardor del fuego que bailaba delante de él hasta su piel descubierta.

Esta no tardó en ennegrecerse y formar un revestimiento duro que impidió que siguiese desangrándose.

Se dejó caer en el respaldo del asiento, se limpió con el mismo trozo de tela que antes había arrojado al suelo y después el sueño lo dominó.

Despertó de un sobresalto, temeroso de que Margery hubiese aparecido y lo hubiese hallado en ese estado, pero no fue así.

Apenas debían de haber pasado unos minutos, porque todo seguía igual.

Lo primero que hizo fue ocultar el pedazo de piel entre la sal para que comenzase a deshidratarse.

Luego recogió sus herramientas y las metió en el maletín.

Al ponerse en pie, un latigazo le recordó que no debía apoyar del todo la pierna, así que hubo de aferrarse a los muebles para llegar al camastro.

Esa noche concilió el sueño con facilidad.

Los días posteriores ocultó su herida y mintió a Margery acerca de su cojera.

Cada tarde, después de cumplir con sus labores, proseguía con el tratamiento de su propia piel.

Por fortuna, no era algo de lo que esconderse y podía dedicarse a ello en presencia de su hija.

Ya lo había visto encuadernar libros multitud de veces, normalmente con piel de animal, aunque para ella era indistinguible.

Una tarde, cuando la luz persistía, aunque el sol hubiese caído tras las montañas, Angus revisó sus diarios de medicina.

Sacó el que más le enorgullecía. Entre esas hojas atestadas de experiencia e idealismo se hallaban los secretos de la investigación que aquel día pretendía dar por concluida.

Solo quedaba arropar aquel montón de tinta que recogía su experiencia en la vida con su propia piel encurtida.

Cuando lo hizo, acarició el dorso orgulloso del resultado y se recreó en los minúsculos ornamentos que había esparcido con sutileza.

Después devolvió el libro a su lugar, rodeado por otros muchos, y se mantuvo en pie, sereno, observando a su alrededor.

No tenía claro si había cambiado algo. Quería creer que así era, pero no estaba seguro de si la sugestión se estaba entreteniendo a su costa.

Mientras se aclaraba, escuchó a lo lejos unas voces hacerse cada vez más sonoras.

No tardó en reconocer la de Margery, aunque no así la de su acompañante, mucho más taimada y comedida.

Angus se asomó y vio a Bob, con sus dificultosos andares, subir la cuesta hacia su casa mientras Margery revoloteaba a su alrededor como una polilla, haciendo alarde de la energía que parecía faltarle a él.

—¡Mire a quién me he encontrado de camino, padre! —gritó Margery una vez llegaron a la puerta donde Angus los esperaba—. ¿Puede quedarse a cenar hoy también? Así podré salir a jugar un rato más ahora que está anocheciendo.

Angus escrutó el semblante de Bob, pretendiendo leer si sería o no una buena idea, pero la expresión indiferente de este no le asistió en absoluto. Sin embargo, el brillo en la mirada de Margery fue suficiente para tomar la decisión.

—Me dijo el otro día que podría salir de noche siempre que hubiera gente —insistió Margery, recordándole sus propias palabras.

—¿Te apetece cenar con nosotros, Bob? —preguntó Angus con pausa.

Bob asintió con la misma lentitud y sin emitir sonido alguno. Angus les hizo un gesto y entraron al embriagador calor del hogar.

Rebuscó algo especial con lo que satisfacer el gusto de ese pobre muchacho.

La voz aguda de Margery dando vueltas por la casa inundaba la estancia como lo hacía el chisporroteo de los leños quemándose por primera vez en la hoguera.

Bob también parecía estar pasándoselo bien, incluso le asomó un amago de carcajada.

La tertulia nocturna, ya en la mesa, secundó sus convicciones y dio buena cuenta de la amistad que se había trabado entre ambos, quizá porque los dos estaban necesitados de alguien que comprendiese su soledad.

Ese juicio, fuese más o menos certero, azotó a Angus y le hizo volver a replantearse si de verdad él era la persona adecuada para Margery.

Dejó que ellos llevasen las riendas de la conversación e intentó inmiscuirse lo menos posible, disfrutando simplemente de la felicidad de su hija mientras aún fuese posible.

Cuando el estómago de los presentes estuvo repleto y la lengua desgastada, Margery aceptó irse a dormir sin poner objeciones y Angus acompañó a Bob a la entrada para despedirlo.

—Vuelve cuando quieras, ¿de acuerdo, Bob?

El joven asintió con la cabeza y tragó saliva. Cuando apenas quedaba una rendija para que la puerta se cerrase, Angus notó oposición. La mano izquierda de Bob la estaba sujetando.

—No he venido por casualidad. —Angus volvió a abrir y juzgó con la mirada al muchacho, que parecía temeroso—. Quería volver a hablar con usted de la oferta que me hizo. ¿Sigue en pie?

Por alguna extraña razón, el corazón de Angus tamborileó en su pecho. Agarró a Bob del brazo que tenía estirado y le metió con presteza de nuevo en la casa. Miró a un lado y a otro de la solitaria calle y cerró con suavidad.

—¿Por qué ahora? ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? —susurró.

La voz de Angus sonaba a reproche, como si se arrepintiese de haberle hecho la propuesta y ahora quisiese amedrentarlo.

—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Tal vez quiero poder sentir el viento en la cara mientras corro. —Hizo una pausa, cabizbajo, y Angus relajó sus facciones—. O quizá quiero saber qué se siente al notar el calor del sol sin que me juzguen las miradas… No lo sé.

—La primera vez lo tenías claro, no querías ser como los demás. ¿Qué ha cambiado?

—No ha cambiado nada. Sigo creyendo que no tiene nada de malo ser diferente.

El problema es que el mundo no lo ve así.

Me negaba a darles la razón, por eso renegué de su propuesta.

Pero, al final, todos esos que se burlan de mí o que me niegan una forma de ganarme la vida menos miserable, porque creen que es mejor para todos si no me dejo ver en público, continúan su vida sin consecuencias, mientras que yo sigo pudriéndome en las cloacas.

—Está bien, entiendo lo que dices —cortó Angus a tiempo para evitar que una lágrima se derramase por el rostro enrojecido de Bob—.

Era mera curiosidad. Aun así, déjame decirte que no te puedo garantizar nada.

Ya he realizado el procedimiento a otras personas y ha funcionado, pero sigo indagando sobre sus posibles efectos.

Tú serías un caso muy particular y tengo verdadero interés en ver los resultados.

—¿En qué consiste? —dijo titubeante.

—Mejor déjame que te lo muestre.

En compañía de Bob, por algún motivo que desconocía, se sentía más confiado para corroborar su propia conversión. Extrajo los dos frascos, uno con el veneno y el otro con el antídoto. Le explicó a Bob qué se disponía a hacer y le pidió que sujetase el antídoto de emergencia.

—Si se me va de las manos, deberás hacer que me lo beba —indicó Angus—. Pero no te precipites. Tienes que aguantar todo lo posible, hasta que creas que he muerto.

El pavor ensombreció el rostro de Bob, que sin decir nada lo decía todo.

El médico bebió de un trago el veneno, seguro de sí mismo.

Poco tiempo hubo de pasar hasta que comenzó a retorcerse en el suelo.

Sus músculos se contrajeron como lo hacían los de Bob, el blanco de los ojos se tiznó de sangre y comenzó a notar el ácido en la garganta antes de expulsar la cena.

Bob parecía desesperado y sin saber muy bien cómo reaccionar.

Tanto fue así que el frasco con el antídoto se le escurrió de entre los dedos retraídos y el suelo quedó cubierto con la única salvación de Angus si algo se torcía.

Este no pudo evitar sentir un conato de miedo ante el imprevisto, pero las palabras no acudieron a sus labios.

El sopor se apoderó de su cuerpo, no así de su mente, que aún seguía lúcida en medio de la oscuridad.

Escuchó los pasos irregulares de Bob ir y venir de un lado a otro de la estancia, y en alguna ocasión notó su aliento en el cuello.

De pronto su cuerpo comenzó a recomponerse. Los párpados le pesaban y tenía la boca grumosa, pero, aun así, podía ver y hablar. El pinchazo en la pierna había quedado disimulado por la debilidad que le impedía sostener su propio peso. Bob lo alzó y Angus se sentó frente a él.

—¿Lo ves? —se jactó Angus con una voz tremendamente ronca—. No puedo morir. Si mi cuerpo ahora es capaz de revertir el efecto de este potente veneno, podría ser capaz de revertir tus dolencias. En eso consiste.

Angus tosió y unas gotas de sangre mancharon su ropa. Luego miró fijamente a Bob, que era la viva imagen del espanto, y esperó a que este volviese en sí.

—¿Qué tengo que hacer? —inquirió con decisión.

—Por el momento, ven a pasar más tiempo con Margery.

Creo que eso no será ningún sacrificio para ti.

—Todavía con problemas para articular palabras, tragó saliva y prosiguió—: Después, cada noche, cuando ella duerma, tú me contarás todo sobre tu vida.

Es vital esta parte, tienes que sincerarte.

Nada de ocultarme información, nada de esconder algo relevante.

De lo contrario, puede que esto no funcione, y ya has visto cuáles serían las consecuencias.

Bob movió la cabeza de arriba abajo. Angus se fijó en que los dedos de la mano derecha, la que tenía completamente pegada al pecho, estaban sufriendo unos pequeños espasmos.

—Puedes estar tranquilo, no eres el primero ni el segundo, pero no olvides que esto es algo que va más allá de los límites de la ciencia y, por tanto, es más impredecible. ¿Hay algo que quieras preguntarme?

Angus pudo ver un fino fulgor abrirse paso en medio de la oscuridad profunda de las pupilas del muchacho.

—¿Cuándo empezamos?