El manuscrito de las almas Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Los días venideros se convirtieron en una tortura.

El recuerdo de mi intervención en la iglesia acudía a mi memoria con frecuencia.

Traté de discernir alguna frase, algún comentario de los presentes, y mi escaso éxito me sonrojaba por momentos.

Comencé a percibirme desde fuera, a ver la extravagancia de la que había sido protagonista y que me había puesto en evidencia delante de todo el mundo.

El transcurso de los días no hizo sino agravar ese sentimiento, ensanchar la distancia entre las dos mitades que me dividían: la racional y la emocional.

Pasé varias jornadas confinado entre las paredes de mi hogar, en la frontera entre la cordura o la locura, unas veces a un lado y otras al otro.

Me negaba a mostrarme al mundo que aguardaba ahí fuera para burlarse de mí.

Como apenas tenía apetito, los pocos víveres de que disponía fueron más que suficientes.

En esos días mi único acompañante fue el cesto con las prendas de mi difunta mujer, que me amedrentaba con solo mirarlo de soslayo.

Todavía no había tenido el valor de lavarlas y enterrarlas de una vez en el fondo del baúl, porque eso también la enterraría a ella para siempre.

En un par de ocasiones, Flora llamó a la puerta, pero fingí estar ausente y me cobijé en la oscuridad de mi hogar.

Sabía que era una mujer de costumbres y cada noche, a la misma hora, se iba a beber a la taberna.

Ella misma me lo había reconocido para que volviésemos a coincidir.

Quizá la preocupación fuese la que la había movido en mi busca, y quizá la decisión correcta habría sido dejarme guiar por alguien como ella, pero, como era de esperar, tomé el camino más lóbrego.

La tercera vez que aporrearon mi puerta, algo más concienciado de mi letargo malsano, me dispuse a darle a Flora las explicaciones que se merecía.

Me sorprendió no reconocer a la persona al otro lado del umbral.

Un chico, de unos diez años de edad, me miraba desde abajo con las cejas enarcadas y un gesto de preocupación.

Abrazaba un libro con fuerza como si se tratase de un delicado animal al que debía proteger.

No fue necesario más que ese semblante de candidez para hacerlo pasar.

El muchacho castañeteaba los dientes y varias fueron las sacudidas de su cuerpo que acusaban su estado.

Yo ya me había acostumbrado y no tenía leña para la chimenea, así que prendí algunas candelas y las coloqué a su alrededor hasta que la tez del chico se coloreó.

A la luz que desprendían, me expresó el miedo que había sentido al oírme hablar en la iglesia.

Me di cuenta de que la línea que separaba la locura de la inocencia era muy fina, pues, entre todo el gentío, solo la mente de un niño había sido lo bastante abierta como para ver más allá de la rareza de mi comportamiento.

Me contó cómo se había escabullido de su casa para venir a verme sin levantar sospechas entre su familia.

Le había costado encontrar mi casa y, por supuesto, el libro que sujetaba.

Trataba de la vida de su abuelo. Solo necesité unos segundos para descubrir que seguía el mismo patrón que el resto: su nombre, Ted Ferguson, en el título y las iniciales A y M como cierre.

Intenté apaciguar sus temores, le aterraba la idea de que su abuelo o cualquier persona de su familia estuviesen en peligro.

Me imploró que le dijese qué tenía que hacer para evitarlo.

Le pedí tiempo para estudiar el libro y le aseguré que yo mismo iría a devolvérselo con la respuesta que buscaba.

El niño, después de indicarme dónde vivía, se lanzó temblando a la intemperie.

En los días que siguieron recuperé un objetivo en la vida y la vaga esperanza de no errar con mis presentimientos. Pero, al igual que las veces anteriores, no obtuve más de lo que ya sabía. Todo parecía retornar siempre al mismo punto.

Una madrugada, cuando todavía no le había devuelto aquel tercer escrito a su dueño, algo me sacó del duermevela.

El crujido de la madera me despertó y unos golpes sordos me pusieron en alerta.

Sentí el suelo helado en la planta de los pies mientras me aproximaba a la puerta que daba acceso a la estancia principal, de donde venían esos ruidos.

Abrí una rendija y la respiración se me aceleró al discernir una figura en la penumbra.

Estaba rebuscando entre mis escasas posesiones.

Una capa cubría su silueta y una capucha ocultaba sus facciones.

El miedo me paralizó. No podía dejar de observarlo, pero algo me impedía moverme del sitio.

Cogió el libro de Ted Ferguson, el abuelo del niño, y se lo guardó en una faltriquera.

Entonces tuve la certeza de quién tenía frente a mis ojos.

Anonadado al principio, salí de mi abstracción al ser consciente de pronto de la oportunidad que se me había brindado. La última, si no actuaba con celeridad.

Me abalancé sobre la sombra que había allanado mi casa sin darle tiempo a reaccionar.

Caímos al suelo, pero el asaltante se liberó sin dificultad.

Me hizo rodar y se apresuró a ponerse de pie.

Sin mediar palabra, se dirigió hacia la salida, pero yo volví con decisión y lo agarré del brazo, que se me escurrió por culpa de la suavidad de la vestimenta que lo cubría, aunque al llegar a sus ásperos dedos pude atajar su intento de fuga.

Juraría haber distinguido una piel dura y estriada, como si la mano hubiera ardido hacía mucho tiempo.

Pero esa efímera impresión se evaporó cuando se desembarazó de mi agarre.

Un rugido grave precedió al empujón que me propinó y me aturdió.

Me había golpeado la cabeza contra la mesa y había terminado bajo esta.

La figura estaba a punto de tomar la puerta, así que reuní toda la fuerza que fui capaz y volví a intentarlo.

Comenzó un breve intercambio de golpes que finalizó cuando mi contrincante pareció hartarse y se sacó una daga que empuñó en señal de amenaza.

A esas alturas, yo no temía a la muerte, solo ambicionaba la venganza, de modo que, lejos de amilanarme, cargué contra él y lo derribé otra vez.

El forcejeo resultó confuso, en parte por la oscuridad y en parte porque la cabeza todavía me daba vueltas.

De repente, todo se detuvo. Su cuerpo estaba tendido bocabajo.

Me puse en pie, aún vigilante. Distinguí el reguero de sangre que se extendía por el suelo.

Lo giré y vi su propia daga clavada en el pecho.

A pesar de no haberlo hecho a propósito, el horror de aquel golpe mortal me convirtió la sangre en escarcha.

Jamás había matado a nadie, ni a un animal.

La sensación de culpabilidad me nubló la vista y casi me hizo desvanecerme.

Hinqué la rodilla y me apoyé con una mano en el suelo.

Cuando recuperé el control de mi cuerpo, me aproximé al cadáver con la intención de extraer la daga y descubrir su rostro.

Fue ahí, con la guardia en su momento de máxima vulnerabilidad, cuando la sombra volvió a la vida y me apartó con brutalidad.

Lo vi huir por la puerta como si un filo de acero no le hubiese atravesado el corazón.

Sucumbí entonces al agotamiento y todo fue negrura.