El manuscrito de las almas Capítulo 9
29%

Capítulo 9

D urante semanas volví a recluirme en mi mundo. Me encerré en mis pensamientos y me refugié en mis anhelos de hallar la huella de un rastro que no existía. Creí que el consejo de Flora sería más acertado de lo que en realidad fue.

No me costó mucho hacerme con el libro que versaba sobre la vida de Octavia Clark.

Leslie me lo prestó con la condición de que le hablase de cuanto me resultase interesante sobre su hermana, promesa que nunca llegué a cumplir.

Más elevado fue el coste de conseguir el de Pattie Webster.

Así se llamaba la tía del hombre que, días antes, en la taberna, había mencionado al Ángel de la Misericordia, ese con el que hube de disculparme en el mismo lugar antes de ofrecerle unas monedas.

Receloso al principio, pues no le confesé ni mis suposiciones ni mis propósitos, accedió a dejármelo durante un mes con tal de tener cerveza gratis un par de noches.

Lo primero que comprobé fue que, en efecto, ambos presentaban la sencilla rúbrica con las iniciales del Ángel de la Misericordia al final.

Con la vela como única compañera, pasé largas noches analizando con detenimiento aquellas hojas manuscritas.

Mi esperanza mermaba con cada página que dejaba atrás y la pesadumbre me hundía conforme transitaba por esos renglones, como si cargase sobre la espalda cada una de las palabras que leía.

El golpe de gracia vino de mano de la sensatez que recuperé al finalizar la lectura sin haber extraído nada.

Me enfureció no percibir algo que uniese sus vidas, no por el hecho de verme de nuevo en el punto de partida, sino porque parecía que el destino se burlaba de mi menguada cordura.

Aparté los tomos de mi vista y salí a caminar en mitad de la noche.

No tardé en perder la sensibilidad en la punta de los dedos cuando el frío comenzó a trepar por ellos.

No me importaba la ausencia de luz. En el fondo buscaba la oscuridad, deseaba ser víctima de un saqueador para tener la excusa de descargar la ira contenida sin que la culpa me devolviese el golpe.

Sin embargo, la lluvia no solo me empapó por fuera, también me anegó por dentro y logró templar mi desazón.

Me aclaró la mente y concebí una última estupidez que quizá funcionase.

Si lo único que tenían en común aquellos libros era que los firmaba la misma persona, utilizaría ese dato para continuar con la búsqueda de esa sombra que se volvía incorpórea cada vez que estaba a punto de agarrarla.

La mañana del siguiente domingo me encaminé hacia la iglesia.

El día era gris de lado a lado y una neblina casi transparente, cargada de humedad, había invadido el pueblo.

Daba la impresión de que las fachadas sudaban entre las juntas de las piedras que las formaban.

Pese a ello, el gentío no detuvo su rutina semanal y el bullicio se hacía más palpable cuanto más cerca me encontraba del templo.

Se trataba de una de las construcciones más recientes de la ciudad, con el estilo reformado acorde a esas directrices religiosas que todavía irritaban a una parte de la población.

El edificio era rectangular y alargado, y lo coronaba una cubierta a dos aguas.

Las esquinas y los bordes resaltaban por el color de las piezas arcillosas que contrastaba con el gris predominante que se vislumbraba desde la lejanía.

Un estrecho umbral abovedado, también cubierto por un tejadillo, invitaba a la congregación a entrar.

Dentro, al fondo, un enorme ventanal filtraba la luz mortecina que colmaba la estancia.

Todavía me hallaba escrutando el interior de la iglesia cuando el pastor me sacó de mi abstracción.

—Buenos días, Roy. Cuantísimo me alegra ver que vuelves al redil.

—Su tono sosegado pretendía transmitir paz, aunque no surtió ese efecto en mí.

Asintió con satisfacción—. Desde que Helen nos dejó, no te había visto por aquí.

Seguro que se alegrará de verte de nuevo entre nosotros tanto como lo hago yo.

—Sin Helen y sin Catriona —dije apostillando que también había perdido a mi esposa—. No me sentía con fuerzas para volver, pero creo que hay que avanzar y retomar la normalidad poco a poco.

—Claro que sí, Roy. El Señor siempre está con todos nosotros, pero hace falta que pongamos de nuestra parte. —Después sonrió con timidez—. El sermón de hoy te hará sentir bien, ya lo verás.

—Eso espero, la verdad. —Hubo un largo silencio en el que el pastor ya había puesto su mirada en otros asistentes cuando lo interpelé de nuevo—: Aunque ahora que lo dice… ¿podría pronunciar unas palabras al final de su sermón en recuerdo de ellas?

El pastor torció el gesto contrariado. Cualquier señal que pudiese asemejarse a una ceremonia por el fallecimiento de una persona estaba mal vista, pero, al tratarse solo de unas palabras tras la homilía, el pastor terminó aceptando, más por la amistad que lo había unido a Helen que por concederme el favor, aunque para mí era suficiente.

Los minutos se convirtieron en horas. El sermón del pastor no fue distinto al de cualquier jornada: tibio y anodino.

Sus palabras se antojaban huecas, como si se tratasen de cáscaras vacías a las que tan solo había que dar unos toques para escuchar el sonido rebotar en su interior.

Me irritaba tener la sensación de que nos engañaba deliberadamente a todos los feligreses, pero me molestaba todavía más que él mismo fuese el primero en creerse sus razonamientos.

¿De verdad nunca se había cuestionado nada?

¿Todo en la vida le había sonreído de la manera en que aparentaba?

¿O se trataba todo de una interpretación?

Aquellas divagaciones internas, aunque me exaltaron, consiguieron mantenerme distraído.

Cuando se acercaba el final, le hice un gesto en la distancia para recordarle nuestro acuerdo.

Me devolvió un sutil movimiento de cabeza y me presentó ante los allí congregados.

Atravesé la iglesia siendo el foco de todas las miradas y con un silencio sepulcral que me permitió oír cada una de mis pisadas con más intensidad que la anterior.

Subí al púlpito, me giré y sentí la presión en la cabeza.

Discerní cómo murmuraban y conjeturaban entre ellos.

Mantuve la calma y recordé por qué estaba haciendo eso.

Había ensayado lo que iba a decir, solo tenía que reproducir las mismas palabras en alto.

—Amigos y vecinos. —Carraspeé antes de repetirlo más fuerte—: Amigos y vecinos, aunque algunos de vosotros ya me conocéis, me presentaré. Soy Roy Bean. Estar aquí arriba no es fácil. No es fácil explicar con palabras lo que me hostiga, así que intentaré no andarme por las ramas.

El tumulto inicial dio paso al enmudecimiento colectivo. La expectación ante lo que estaba a punto de decir se reflejaba en sus rostros. Ya no susurraban ni se miraban los unos a los otros. Sus ojos se me clavaron como aguijones en la piel. Inspiré profundamente.

—Hoy he vuelto a la iglesia después de un duro revés.

Hace poco he sufrido la pérdida de mi mujer y mi madre casi al mismo tiempo.

No soy el primero ni seré el último sobre el que recaiga una desgracia de este tipo, eso lo sé.

Sin embargo, lo que vengo a decir hoy puede que evite alguna.

—Hasta ese momento la vergüenza me había hecho rehuir de la multitud, enfocar la vista en el suelo, que, seguro, no se mofaría de mí.

Pero sabía que, si quería convencer con mis palabras, debía dirigirme directamente a ellos, así que alcé la cabeza y proseguí—: Lo que voy a contar a buen seguro os va a sorprender y puede que incluso os llegue a perturbar.

Debéis mantener la calma, pues yo llevo camino andado y por eso he venido a advertiros.

—Por el rabillo del ojo percibí el ceño fruncido del pastor, que empezaba a reparar en que algo no iba según lo previsto—. Hay un asesino entre nosotros.

El rumor se extendió con rapidez. Fui incapaz de distinguir palabra alguna, pero sabía que las habría de todo tipo: de aceptación y de rechazo, de duda y de certeza.

El pastor enrojeció y se apresuró en mi dirección desaprobando mis palabras con la cabeza.

El desasosiego me asaltó, el tiempo se agotaba de repente y aún no había proclamado lo que realmente importaba.

—Alguien que se hace llamar el Ángel de la Misericordia —grité para hacerme oír por encima del alboroto— es el causante de la muerte de mi madre y, al menos, de otras dos mujeres.

Pero todos sabemos que los ángeles son bondadosos, eso puede atestiguarlo nuestro querido pastor.

—Este ya me había alcanzado y me agarró del brazo, pero logré zafarme y alejarlo de un empellón—.

El Ángel de la Misericordia es un impostor y debéis ayudarme a encontrarlo.

De lo contrario cualquiera de nosotros puede ser el siguiente.

El pastor, que había reclamado ayuda a voces, volvió junto con dos hombres corpulentos, que me agarraron de piernas y brazos y me transportaron a través de la muchedumbre, que me observaba atónita.

—Si no me creéis, ¡buscad entre vuestros libros! —chillé haciendo acopio de los resquicios de energía que me quedaban—. Si tenéis un manuscrito firmado con sus iniciales, ¡sabed que sois los siguientes!

Intenté desembarazarme de mis captores sin éxito.

La luz cenicienta del día me cegó un instante justo cuando me lanzaron con ímpetu al exterior del templo.

Noté el golpe seco contra el suelo y el posterior roce con la gravilla.

El pastor cerró las puertas de la iglesia tras de sí y supe que mi relación con la fe se había quebrado definitivamente.