Capítulo 8 #3
Sin darle tiempo a responder, Angus acercó el reluciente escalpelo a su espalda y lo hundió en la carne con decisión.
El rugido ahogado de Johne lo sacudió por dentro.
Realizó varios cortes y extrajo la porción de piel que necesitaba con la mayor agilidad posible, asegurándose de no echar a perder la muestra mientras los berrinches ensordecidos del anciano le azotaban los oídos y el corazón.
Al terminar, roció agua de vida sobre la lacerante oquedad que había quedado en su dorso.
Presionó con fuerza con otro paño de lino, también impregnado en agua de vida, y, cuando la sangre comenzó a brotar con menos intensidad, supo que era el momento de cortar la hemorragia.
Tomó una varilla de hierro plana, la colocó sobre la llama del candil y, cuando la punta brillaba incandescente, la dejó caer sobre la herida.
Un último grito llevó al mendigo a resguardarse en la inconsciencia para soportar el dolor.
Minutos más tarde, Johne despertó como un conejo al que han sacado de su madriguera. Intercambiaron unas palabras y Angus, que ya tenía cuanto necesitaba, lo citó dos semanas después, de nuevo en el cobertizo, bien entrada la madrugada.
En ese tiempo, la parte fácil fue encurtir la piel de Johne como ya lo había hecho en otras ocasiones.
Lo difícil fue exprimir cada una de las palabras que Johne había logrado que se le clavasen en la memoria, evocar cada experiencia como si la hubiese vivido él mismo y trazar cada rasgo de aquel singular personaje.
Angus dejó que todo fluyese a través de su pluma, que se derramase con la tinta y que se inmortalizase sobre el papel.
La noche en que Johne regresó, Angus fue incapaz de dirigirle la palabra.
Un nudo en la garganta le impedía articular sonido.
El corazón galopaba, los músculos le temblaban y tenía la piel estremecida permanentemente.
Tuvieron que pasar unos segundos hasta que Angus consiguiera tragar saliva y armarse de valor para soltar el lastre.
Había pensado mil formas de decírselo, pero al final optó por la más directa.
—Johne, hoy va a morir.
Por el rostro sereno del vagabundo, daba la sensación de que creía que se trataba de un juego de palabras, una metáfora de lo que estaba por venir. No se imaginaba cómo de precisa era esa afirmación.
—He escrito este libro que versa sobre su vida —dijo Angus mostrándole un elegante tomo manuscrito encuadernado con su propia piel, aunque obvió darle ese último detalle.
Podría sonar muy macabro sacado de contexto.
«Un libro sobre el alma humana merece una cubierta humana», pensó Angus para sí.
Después alejó el tomo y se volvió de nuevo hacia el vagabundo—.
Para lo que vamos a hacer ahora solo puede confiar en mí —comenzó Angus—.
Va a ingerir este veneno. Es una dosis mortal para alguien que duplicase su peso.
En este otro frasco —dijo elevando la otra mano— tengo el antídoto.
Si estoy en lo cierto, no será necesario hacer uso de él, pero, si el tema se complica, no dudaré en utilizarlo.
En tal caso, todo se reducirá a un par de días en los que su cuerpo se depurará y saldrá adelante.
De cualquier forma, siempre existe un riesgo de…
Bueno, dígamelo una vez más, ¿está listo?
Por primera vez la seriedad cubrió el rostro de Johne. El médico creyó que huiría y no lo volvería a ver jamás. Pero no fue así, no se escapó, aunque tampoco desapareció la inquietud de su mirada.
Sin pensárselo dos veces, Johne se bebió el veneno de una sentada.
De repente todo el mundo alrededor de Angus comenzó a dar vueltas, como si él mismo hubiese ingerido el brebaje.
Unos destellos de luz parpadeaban a su alrededor, el silencio lo ensordeció, la saliva en su boca se agrió y su olfato se aguzó tanto que podía oler el sudor de Johne.
Tras unos instantes en que el tiempo parecía haberse detenido, el vagabundo estalló en una sucesión de espasmos musculares.
El blanco de sus ojos se tornó en un rojo escarlata, una burbujeante espuma brotó de su boca, hacía aspavientos e intentaba taparse los oídos como si estuviesen a punto de explotar.
Angus contuvo la inercia que lo inducía a inocularle el antídoto, tenía que aguantar un poco más.
Sofocó sus deseos naturales de salvar a sus pacientes por un bien superior y respiró.
Apuró todo el tiempo que pudo, hasta que vio que el cuerpo de Johne se quedó completamente inmóvil y contraído sobre sí mismo.
Gotas de sangre caían directamente desde los oídos de Johne, parecían contar los segundos.
Uno… Dos… Tres… Si lo dejaba más, corría el riesgo de perderlo para siempre, así que agarró la cura, dispuesto a metérsela por el gaznate, pero, justo antes de verterla sobre su boca, Johne inspiró con violencia.
Los síntomas comenzaron a remitir con celeridad, y el anciano, aún aturdido, terminó por recobrar el aliento y el ardor que había perdido poco antes.
Angus palpó su cuerpo y certificó su nivel de consciencia: Johne estaba sano. Luego destensó los dedos de su mano y atesoró el frasco con el antídoto intacto. Parpadeó varias veces, creyéndose en un sueño, hasta que salió de su embelesamiento.
«Ha funcionado…», pensó sobrecogido.