El manuscrito de las almas Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Lo oí sin querer —repuso mientras sendas gotas brotaban de sus lagrimales y descendían por su piel—. Me desperté de un susto, creo que fue un golpe, y, al no escuchar a nadie hablando, pensé que me había quedado sola y me entró miedo. Aguanté la respiración y os escuché.

Angus exhaló un bramido y sin darse cuenta escudriñó de nuevo al hombre, que seguía impertérrito en la sala de estar con esa escalofriante expresión.

Lo miró de arriba abajo y solo entonces un destello de razón cruzó su mente y analizó las posibilidades reales: si no era un vagabundo, al menos vivía como tal; de edad avanzada, tampoco supondría una gran pérdida en el peor de los casos, y, aunque aparentaba estar sano, igualmente se le ocurriría alguna forma de comprobar los resultados.

Aunque era un buen sujeto, se negó a darle la razón a su hija.

—No tienes excusa —la reprendió—. Hoy no cenarás y ahora mismo quiero que te vayas a dormir. Ya hablaremos de esto mañana con más calma, cuando estemos a solas.

Margery se alejó con los hombros caídos, arrastrando los pies, pero no protestó.

Se encerró en su cuarto y Angus se llevó a Johne al rincón más alejado para discutir con él de la forma más privada posible.

El hombre se desplazaba con pasos largos, sin prisa, tomándose su tiempo para atravesar la estancia.

Al sentarse, Angus lo vio indagar la enorme cantidad de libros de las estanterías de su biblioteca personal.

—¿Qué le ha contado mi hija? Dígamelo todo, es importante para saber por dónde debo empezar.

—Tranquilícese, doctor. La niña no sabe nada de sus…

¿Cómo podría llamarlo para que no suene demasiado sórdido?

Mmm… ¡Sus observaciones! Como ve puedo ser tremendamente prudente —manifestó sonriente—.

No, para nada, ni siquiera las intuye. Es demasiado inocente.

No se deje engañar por mi elocuencia, yo también me hallo terriblemente intrigado con el asunto.

Pero nadie reaccionaría como lo ha hecho usted si no existiesen ciertas connotaciones ilícitas detrás. ¿Estoy en lo cierto?

—¿Alguien le espera cada noche? ¿Tiene algo especial por lo que vivir?

De ser así, no sería apto. Tengo mis límites, ¿sabe?

—Johne negó con la cabeza—. Bien. ¿Está dispuesto a ponerse en manos de un doctor al que no ha visto en su vida y que puede que esté más loco que usted, aunque no lo aparente?

—Johne soltó una carcajada que llenó la estancia.

Presuroso, se llevó un dedo a los labios y, con un movimiento de cabeza, asintió con lentitud—.

He de serle sincero, los resultados pueden ser tan afortunados como nefastos, en el sentido más amplio. ¿De verdad quiere seguir adelante?

—Nunca me ha resultado más fácil tomar una decisión. Por supuesto que sí —contestó sin titubear—. ¿Por dónde empezamos?

—La pregunta es: ¿cuándo empezamos? Hay que hacer un trabajo previo, tenemos que conocernos mejor. Más bien, yo debo conocerle mejor a usted.

El crepitar de las llamas fue lo único que quedó entre ambos tras aquella última afirmación. Angus pensó bien cómo proceder, pues había algunas diferencias respecto a lo que se había imaginado cuando iba a ser Bob quien yaciese en su mesa.

—Tendremos una serie de encuentros lejos de aquí —expuso Angus—.

Elija usted el lugar. El número de veces dependerá de cómo de fructíferos sean estos.

Todas las conversaciones girarán en torno a usted, su vida, quién es en realidad.

Quiero estar seguro de con quién voy a compartir… lo que voy a compartir.

Así fue como, durante poco más de una semana, Angus llegó a conocer algo más a Johne Wayfarer. No obstante, tenía sensación de haber retirado únicamente la cáscara.

Cada día, el médico se escabullía en plena madrugada para que Margery no se enterase de nada.

Lo primero que corroboró fue algo que ya sabía: Johne vivía de la mendicidad, aunque más allá de las apariencias no parecía que le fuese mal y, por supuesto, el ánimo no era el de alguien repudiado por la sociedad.

Cada encuentro nocturno tuvo lugar en un sitio diferente, siempre alejados del centro del pueblo, siempre solitarios como su alma, siempre espeluznantes como su sonrisa.

A pesar del tiempo que pasó junto a él, Angus nunca se sintió cómodo.

No fue capaz de dejar atrás la sospecha de que, de un momento a otro, el mendigo se quitaría la máscara, y le aterraba la idea de descubrir quién habría detrás.

Los largos monólogo de Johne, más allá de hablar de una vida intensa, de vivencias de todo tipo y desavenencias con muchos, dejaban entrever un ego exaltado.

Quizá como consecuencia de haber sobrevivido a todo ello o quizá como la causa por la que las había superado.

En cualquier caso, lo que resultaba palpable era el orgullo que sentía hacia sí mismo. Admirable, dada su situación.

En el último encuentro, Angus le pidió que lo acompañase a su casa, a lo que accedió sin vacilar.

Johne aguardó en el cobertizo mientras él fue a por sus herramientas.

Al volver, le indicó que se tumbase bocabajo, con la espalda al descubierto, en la misma mesa donde tiempo atrás había reposado su primer sujeto y el experimento había resultado infructuoso.

La zozobra lo dominó por momentos. Con algo de esfuerzo, consiguió apartar esa imagen de su cabeza y se dispuso a comenzar.

—Esto le va a doler —advirtió el médico—. Beba esto y procure no hacer ruido. Recuerde que Margery está durmiendo no muy lejos de aquí.

Angus sacó un pequeño frasco, cuyo contenido era oscuro y espeso, y se lo acercó a los labios.

—Es láudano, lo más potente que tengo para el dolor. Tómeselo todo; tengo más por si lo necesita después. —Alargó el brazo para coger un paño y se lo ofreció a Johne—. Esto es para que lo muerda. ¿Está listo?