Capítulo 8
M argery se había pasado la tarde entera haciéndole preguntas a su padre.
Desde que le había dicho que aquella noche tendrían una visita que los acompañaría en la cena, la intriga se había adueñado de la niña y no había parado ni un minuto.
Angus aprovechó la circunstancia para pasar algo de tiempo con ella y la convenció para ser su ayudante y preparar la comida juntos.
Mientras la contemplaba moverse de aquí para allá, Angus ahondó en sus reflexiones acerca de su hija.
Aunque había depositado una buena dosis de confianza en ella y esta la había encajado con responsabilidad, los frecuentes callejeos de Margery no solían ser en compañía de nadie, salvo las pocas veces que él mismo iba a su lado.
Cuando le preguntaba, siempre hablaba sobre sus paseos por el pueblo y las caminatas por los campos aledaños, pero nunca le mencionaba a nadie.
Aunque a ella no parecía importarle, a Angus le preocupaba que se estuviese convirtiendo en un alma solitaria.
A juzgar por el comportamiento de Margery, no se debía a una introversión excesiva.
Todo lo contrario, no tenía reparos en dirigirse a cualquiera que se cruzase en su camino ni parecía rechazar las relaciones sociales.
Sin embargo, rara vez las tenía, y Angus se preguntaba si él tendría algo que ver en eso, si estaba haciendo algo mal que la terminaría por dañar con el paso del tiempo.
El ruido sordo de la madera lo sacó de su ensimismamiento, y padre e hija se giraron en dirección a la puerta.
Angus se secó las manos con un paño mientras Margery lo miraba con expectación.
Se acercó a la entrada y tiró de la puerta.
La figura de Bob Scott, ataviado con su túnica atada a la cintura, apareció en el umbral.
Angus se hizo a un lado y con un ademán lo invitó a pasar.
Este arrancó su particular marcha trazando ondas en el aire con las piernas.
El médico siempre había creído que se ayudaba de la pala para caminar, pero verlo por primera vez sin esta y atravesar la estancia sin mayor dificultad le hizo ver lo equivocado que estaba.
Margery examinó con ojos desmesurados a aquel joven que, con toda probabilidad, le doblaría la edad.
Una vez que Bob se hubo sentado, ambos se vieron autorizados a hacer lo propio. Margery no aguantó ni diez segundos en romper el hielo.
—¿Cómo te llamas?
Bob miró a Angus como si le estuviese pidiendo permiso para responder.
Este asintió con un gesto. El chico se limitó a decir su nombre con voz temblorosa, estrangulada y débil, pero ese tono tan seco no iba a ser suficiente para contener a Margery, que parecía que las palabras se le atropellaban sobre la lengua.
—¿Por qué andas tan raro?
La misma pregunta que le había rondado a Angus en todos sus encuentros con el extraño sepulturero y que siempre se había guardado para sí, Margery no había tardado ni un minuto en formularla sin tapujos.
Angus sonrió con disimulo ante la desvergüenza de su hija y después se giró hacia Bob interesado en la respuesta.
—Es la única forma que tengo de hacerlo.
—Agachó la cabeza. Luego miró a un lado y otro, evitando en todo momento el contacto visual con ninguno de los dos.
Tenía leves espasmos en la mano que tenía adherida al cuerpo.
Tragó saliva y continuó—: Mi cuerpo es así desde que nací.
Me caía tanto que casi siempre iba arrastrándome por el suelo, hasta que un día me harté y me busqué la manera de moverme estando de pie.
Angus había oído hablar, y sobre todo había leído en sus numerosos libros de medicina, acerca de ese tipo de afecciones en el movimiento, pero jamás lo había visto en persona. Desde el punto de vista médico, era un sujeto digno de estudio. Apartó esos pensamientos y se levantó de la mesa.
—Margery, ayúdame a traer la comida. Es hora de cenar.
El ambiente se relajó con el paso de las horas, aunque la postura rígida y la conducta de Bob perduraron toda la noche.
No obstante, aun habiéndose tomado los alimentos con recelo, Bob había apurado hasta el último resto de avena y su rostro se mostraba ahora más satisfecho de lo que lo había visto antes.
En algún momento incluso llegó a aparecer un conato de sonrisa ante las disparatadas hazañas que Margery había estado narrando durante toda la velada.
Cuando los leños de la chimenea se tornaron casi indistinguibles de la ceniza, Angus supo que era el momento de mandar a Margery a dormir y tratar con Bob el asunto por el que verdaderamente lo había traído a su hogar.
Ella se resistió, quería seguir descubriendo al exótico desconocido.
A pesar de su insistencia, a la niña le costaba sostener los párpados y tuvo que rendirse al mandato de su padre.
Cuando al fin Angus y Bob se quedaron a solas, y hubo pasado el tiempo suficiente como para asegurar que Margery no los oiría, el médico bordeó la mesa para colocarse junto a Bob. Este torció el gesto y se distanció cuanto pudo.
—¿Has disfrutado de la cena? —susurró Angus, casi como el siseo de una serpiente. Bob asintió en silencio—. Me complace. Ahora déjame explicarte por qué te he invitado. Como te dije, tengo una nueva proposición que hacerte, pero no veía adecuado hacértela en la frialdad de la calle.
Bob intentó alejarse un poco más, pero un fallo de cálculo, además de sus movimientos descontrolados, casi lo hizo caer de la silla. Para evitarlo, extendió el brazo bueno y se aferró a la mesa derribando uno de los cuencos, que estalló al chocar contra el suelo.
—¡Sssh! —se apresuró Angus con el dedo sobre los labios.
Recogió los pedazos del cuenco y se quedó inmóvil aguzando el oído. Margery parecía seguir sumida en las profundidades del sueño, así que el corazón de Angus se tranquilizó.
—No te asustes, Bob. Lo que te voy a proponer puede ser beneficioso para ambos. Y para muchos más…
Los ojos engrandecidos de Bob lo escrutaban con suspicacia mientras su boca permanecía sellada.
—Bob, tú sabes que he estado investigando.
Por eso te pedí que me consiguieses esos cuerpos.
Ahora parece que he llegado a un callejón sin salida, pues mi hipótesis inicial ha quedado refutada.
Pero sé algo más, que aún no puedo desvelarte, y que me dice que todavía hay camino por explorar.
Necesito a alguien como tú, alguien sin familia, sin nada que perder y mucho que ganar.
—Angus interrumpió su discurso y observó la impasible reacción de su interlocutor—.
Bob, ¿estarías dispuesto a que hiciese unos experimentos contigo?
Bob frunció el ceño y se negó efusivamente.
—De ninguna manera —se reafirmó.
—Escúchame. ¿Y si te dijese que puedo curarte? Que es posible que andes como Margery o como yo o como cualquier persona normal. ¿No merecería la pena intentarlo?
—¿Quién le ha dicho que deseo ser como los demás?
—No me puedes negar que en tu situación te habrás visto mermado o incapacitado en más de una ocasión. Y lo volverás a estar. ¿No te gustaría evitarlo si es posible? ¿Dejar de ser así para siempre? Yo puedo conseguirlo si me dejas…
—No —lo interrumpió—, no insista, por favor.
Angus le ofreció dinero a cambio, pero, aun así, hubo de ceder ante la negativa reiterada de Bob.
Se dijo que habría más gente ahí fuera ansiosa por vencer a la enfermedad, que no tenía que forzar a nadie.
El problema era encontrar a un individuo que accediese a su propuesta totalmente a ciegas y que fuese discreto.
No podía arriesgarse a que su descubrimiento, de confirmarse, se airease.
Eso si el sujeto sobrevivía a sus ensayos.
Cuanto más miraba a Bob, más veía en él a la persona idónea, pero Angus tenía claro que el consentimiento tenía que ser explícito.
Cuando Bob notó la rendición de Angus, sus hombros se relajaron y su respiración volvió a calmarse. Parco en palabras, se despidió y se marchó, aunque el médico tenía la certeza de que volverían a verse.
—Si cambias de idea, ya sabes dónde encontrarme.
Bob ni se giró.
Para sorpresa de Angus, no tuvo que pasar ni un día para que la solución a sus problemas llegase, aunque no le agradó la forma en que lo hizo.
Sucedió a la tarde siguiente, cuando Margery volvió a casa, y lo hizo acompañada.
La niña tiraba de un hombre que, a juzgar por su aspecto, rondaría los sesenta años.
El elegante bastón que sujetaba en una mano contrastaba con los ropajes andrajosos que vestía.
Su cabellera fina y blanca se volvió algo más ahuesada al diluirse en la calidez de la estancia.
Solo al tenerlo a poca distancia, Angus reparó en lo alto que era.
—Padre, este es Johne.
—Johne Wayfarer, para servirle —completó el desconocido. Luego sonrió hasta desconcertarlo.
Pese a la inocencia que parecía invadir tanto a Margery como a aquel hombre, a Angus le escamaba la situación y no pudo articular ni siquiera una respuesta de cortesía.
—¿Qué hace este señor aquí, Margery?
—Lo he traído para usted, padre.
Angus enarcó una ceja, desconcertado y receloso. Dejó que su silencio sirviese como interrogante.
—Necesitaba a alguien para sus investigaciones médicas, ¿no es así? —aclaró Margery—. Me lo he encontrado por la calle, se lo he propuesto y no ha dudado.
De súbito, una sensación le subió del estómago a la garganta. Notó cómo se le encendían las mejillas. Como si la niña hubiese desvelado un secreto impronunciable.
—¿Qué sabes tú de eso? ¿Quién te ha dicho que yo necesite a alguien? —espetó.
La felicidad en la cara de Margery se evaporó de un plumazo ante el ataque. Sus ojos se empañaron e intentó justificarse como pudo.
—Ayer le escuché decírselo a Bob. Le pidió…
—¡¿Qué hacías tú escuchando a hurtadillas?! —la interrumpió todavía más disgustado—. ¿Es eso lo que te he enseñado? ¿A espiar a escondidas?