El manuscrito de las almas Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—Voy a ser sincera contigo, Roy. Hay algo en lo que te mentí, y, ya que tú te has sincerado conmigo desde el principio, me toca a mí hacer lo mismo.

—Aquello captó mi atención—. ¿Recuerdas que te dije que mi marido era agricultor en mi tierra?

Pues te mentí. De hecho, no se dedica a nada. Ya no. Le es imposible.

Su voz se partió en dos. Algo cambió de repente en su aura. Flora tragó saliva y no prosiguió hasta unos segundos después, cuando recompuso su entereza:

—La mayoría del tiempo está postrado en cama. Apenas es capaz de controlar sus movimientos, necesita ayuda en todo momento. —Hizo una pausa y se humedeció los labios—. El estado de su mente es aún peor. A veces no es consciente de sus propias acciones, se pierde en las conversaciones…

—¿Cómo fue? —inquirí con verdadera consternación—. ¿Cómo ha llegado a esa situación?

—No lo sé. Nadie lo sabe. —Sus ojos se acristalaron y por primera vez vi que la coraza que salvaguardaba a Flora también tenía sus puntos débiles—.

Al principio solo eran unos leves espasmos, movimientos involuntarios que apenas le afectaban en su vida diaria.

Pero todo se fue agravando y ahora solo soy yo la que nos ha de mantener a ambos.

Su hermana nos ayuda en todo lo que puede.

De hecho, ella es la que lo está cuidando en mi ausencia.

Flora apretó los párpados, pero no logró evitar que una lágrima surcase su mejilla. Pasados unos instantes se volvió hacia mí. Su expresión había recuperado el optimismo.

—Lo peor de todo es la incertidumbre de no saber hasta dónde va a llegar todo esto —continuó con voz queda pero firme—.

¿Por qué te cuento esto ahora? Primero para que no te sientas solo en la desgracia, que esa nos azota a todos por igual, antes o después.

Y segundo, y más importante, es para mostrarte que la duda no debe marcar tu vida.

No puedes pasártela preguntándote por qué a ti.

Yo he asumido la vida que me ha tocado. Intento vivir con la mayor ilusión y el mayor entusiasmo posible porque creo, sinceramente, que no hay otra forma.

Nos quedamos un rato en silencio, al abrigo de la noche, sin decir nada más, no era necesario. El sigilo me estaba serenando poco a poco.

—Roy —reanudó Flora con timidez—, siempre hablas de tu mujer y de tu madre. ¿Qué es de tu padre?

Negué con la cabeza.

—Era un mercader. En uno de sus viajes, creo que estando en un pueblo costero, enfermó y nunca regresó.

—¿Hace mucho de eso? Por lo unido que estabas a tu madre, imagino que sí, que os quedasteis solos hace mucho tiempo.

—No te falta razón… Nunca llegué a conocerlo. Sé la historia de boca de mi madre. Sucedió cuando yo aún estaba en su vientre.

Flora asintió y se calló de nuevo. Y, sin darme cuenta, me vi compartiendo con ella mis pesquisas acerca de lo que rodeaba la muerte de mi madre.

Le hablé de la exhumación de su cuerpo, de sus memorias desaparecidas, de las similitudes con la muerte de Octavia Clark y del Ángel de la Misericordia.

Le conté mis encuentros con Johne Wayfarer, el vagabundo, y su enigmático compañero, el sepulturero.

La hice partícipe de mi confusión y de mi frustración.

Y, cuando hube soltado aquella carga, experimenté un inesperado consuelo.

Flora no intentó desacreditarme, no pretendió justificar racionalmente ninguna de las muchas extravagancias de mi historia.

Al contrario, me animó a buscar a ese vecino que había nombrado al Ángel de la Misericordia en la taberna y comprobar si se mantenían esas misteriosas conexiones.

Me propuso que, si había otro libro que hablase de la vida de esa persona, lo leyera de principio a fin junto con el de Octavia Clark. Debía buscar puntos en común.

—Tendrás que hacerlo tú, porque yo no sé leer —concluyó Flora—. Después puedes contármelo y quizá pueda aportar otra perspectiva.

Tener a alguien de mi parte me concedió cierta seguridad de que todavía seguía con los pies en la tierra, que no había perdido la cabeza del todo y que mi recelo no era tan irracional como aparentaba ser.

Una luciérnaga extraviada se cruzó ante nosotros y su brillo destacó entre las sombras.

Su paso fue fugaz, nos abandonó rápidamente para continuar su camino, pero esa visión llevó a Flora a contarme historias populares de las Tierras Altas, de donde provenía.

Me habló de los fuegos fatuos, unos espíritus malignos en forma de puntos de luz que flotaban en bosques y pantanos, que revoloteaban para anunciar una muerte inminente y que ahuyentaban a los viajeros de su ruta.

Compartió conmigo muchas otras creencias.

La conversación se alargó hasta que fuimos conscientes de que ya faltaba poco para que el tamborilero recorriese el pueblo anunciando el inicio de una nueva y larga jornada.

Así que nos despedimos a tiempo para descansar algo antes del amanecer y nos emplazamos a terminar la charla en otro momento.

Lo poco que dormí esa noche soñé con cuervos que revoloteaban a mi alrededor, gatos negros con acusadores ojos amarillos y ángeles que me perseguían sin descanso.

Por suerte, por primera vez en mucho tiempo, distinguí algo más entre tantas figuras de oscuridad: unas motas de luz que me ponían en la senda correcta.