El manuscrito de las almas Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Este ser existe —continuó Johne—. Digamos que, al igual que los ángeles, es inmortal.

Y, como los ángeles caídos, también se ha descarriado del camino.

Su juicio se ha nublado definitivamente, como termina sucediéndole a todo aquel que dispone de una cualidad de semejantes características.

Tan superior como para elevarse por encima de la humanidad y aspirar a convertirse en Dios.

¡Esa —remarcó la palabra— ha sido su verdadera perdición!

Estuvo cerca, no lo negaré, pero, si naces siendo humano, no tienes la capacidad de asimilar tanto poder.

La corrupción es natural, es condición humana sine qua non .

La locura de Johne se hizo tan evidente que invalidó sus palabras. No era más que un charlatán de poca monta cuyo único fin era embaucarme con su verborrea.

—Pensaba que quería ayudarme de verdad —refunfuñé—.

Que sabía algo que me llevaría hasta él.

Ahora veo que solo es un simple cuentista.

En realidad, la culpa es mía, porque eso ya lo sabía desde el principio.

En ningún momento me ha mentido, partiendo de la premisa de que todo lo que sale de su boca no es más que un cuento.

Johne se rio y dio un paso atrás. Inspiró profundamente y miró al cielo, que se estaba despejando.

—Como siempre, te encanta sacar conclusiones precipitadas. Creo que te he dado más información de la que eres capaz de digerir. No voy a continuar. Al menos no esta noche. Pero sé que rumiarás mis palabras y volverás a mí. Por supuesto que lo harás, Roy Bean.

Se dio media vuelta y caminó, con pasos amortiguados, a través de aquel campo de tumbas sin ninguna deferencia hacia estas. Siguió la misma trayectoria que el sepulturero antes. Cuando su forma se tornó casi indistinguible entre la espesura, se volvió y me gritó:

—Casi se me olvida. —Su voz reverberó—. Me debes algo, ¿no? ¿Cuál es el valor que merecen mis cuentos?

—Yo no le he pedido ningún cuento —grité—. Así que no le pagaré nada.

—Muy hábil, Roy Bean… Muy hábil.

Entonces se mezcló definitivamente con la arboleda y su silueta se desvaneció en la oscuridad.

Crispado a la par que desencantado, con la sensación de haber perdido el tiempo, puse rumbo a casa.

El reflejo de la luna en las paredes de piedra grisácea, que daban forma a la ciudad, era mi único acompañamiento.

Las calles desoladas daban buena cuenta de cuán tarde era y, pese a todo, no temía tropezarme con un asaltante o con un animal salvaje.

Cuando estaba a punto de alcanzar la puerta de mi casa, agazapada bajo esta, reconocí una forma humana. Al aproximarme un poco más, distinguí su cara y reparé en que estaba dormida.

—Flora —murmuré mientras sacudía con delicadeza su hombro envuelto en lana—. Flora, ¿qué haces aquí?

Su semblante mostró la misma duda al entreabrir los ojos. Miró a un lado y a otro, y luego a mí, hasta que pareció recordar qué la había llevado hasta allí.

—Me quedé muy preocupada cuando te vi huir así de la taberna —dijo con la voz ronca—. Pero claro, no me iba a ir yo también sin pagar. Para cuando me quise dar cuenta habías desaparecido, así que pensé que, si no era aquí adonde te dirigías, tarde o temprano lo harías.

Flora se reposicionó y dejó un hueco en el tranco para que me sentara junto a ella.

—Estás chiflada. Te podía haber pasado cualquier cosa. Una mujer sola en mitad de la calle, en plena madrugada… En el mejor de los casos podrías coger un enfriamiento.

—Eso seguro que no. No con mi feileadh mòr —repuso jovial señalándose la gruesa capa en la que estaba envuelta.

Pese a los intentos de Flora, los últimos acontecimientos tejían una urdimbre en mi cabeza que no me veía capaz de deshacer y que me martirizaba constantemente.

—¿Por qué te has ido así, Roy?

Resoplé con la intención de que el bufido desprendiese la cólera que me quemaba por dentro. No funcionó.

—¡¿Por qué me pasa esto a mí?! —la increpé.

Su expresión fue de sorpresa—. Primero mi mujer encinta y luego mi madre.

Y, no contento con eso, Dios decide no arrebatarme la vida a mí también, sino dejarme aquí sufriendo la pérdida en la más absoluta soledad.

¡¿Por qué?! Me he pasado la vida siendo una buena persona, jamás me he dejado llevar por el camino de la inmoralidad, he seguido la doctrina sin cuestionarme absolutamente nada.

¿Y aun así me merezco esto? ¿Por qué me castiga a mí y no a ese asesino que anda por ahí suelto?

Todo mi mundo se tambalea, todo en lo que he creído férreamente ahora parece estar construido sobre humo.

Ya no sé si de verdad hay un Dios ahí arriba o todo es una falacia para que la gente tenga miedo a un ser superior y contener así sus impulsos. Aunque a veces ni así sea suficiente.

—Roy… No sé qué decirte para que no te sientas así.

—No, claro que no —contesté esputando veneno—. Si nadie puede, ¿cómo podrías hacerlo tú, que no me conoces de nada?

Me giré hacia Flora. Sus ojos caídos y la pérdida de su característica alegría se me clavaron como un puñal. Noté cómo la acidez de mis palabras y el amargor de mi actitud habían terminado por quebrar su espíritu.

—Flora… Lo lamento. —Mis dedos se perdieron en el interior de mi desaliñada cabellera y me escondí entre las palmas de las manos, avergonzado y confuso—. Esto no tiene nada que ver contigo, no es justo. Tú no eres la que me debe dar la respuesta ni sobre ti debe recaer la rabia de su ausencia.

Flora recuperó su sonrisa. Fue su forma de aceptar mis disculpas.

—Siempre me ha gustado cómo se queda el cielo después de una tormenta, Roy. ¿A ti no?

Alcé la cabeza y contemplé el inmenso mar de estrellas que había sobre nosotros.

El cielo parecía haberse abierto sobre nosotros, dada la claridad de la calle, pero estaba tan obcecado con mis asuntos que ni siquiera me había parado un segundo a dejar que el encanto natural me aliviase, aunque fuese solo un poco. A mí también me gustaba.

—Hasta las estrellas se apagarán algún día —aseveró Flora—.

Esos lejanos puntitos también desaparecerán del cielo y nunca volverán.

Si eso es así, ¿por qué no habría de ser igual para nosotros?

Somos como pulgas en comparación ¿y pretendemos que no nos llegue nuestra hora como les llega a ellas?

La única condición para morir es estar vivo.

Agradecí sus esfuerzos. Lo hice para mis adentros, pues aún me costaba controlarme y no quería herirla de nuevo. La ira todavía recorría mi sangre como un veneno que necesitaba tiempo para expulsarse por completo del organismo.