El manuscrito de las almas Capítulo 7
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Capítulo 7

L a quietud de pronto se apoderó del ambiente y me encogió el estómago.

Un artificio parecía haber paralizado la llovizna para asegurarse de que el encuentro con el vagabundo tuviese lugar.

El cielo seguía encapotado y ocultaba todo rastro de luz nocturna.

La amalgama de ruidos procedentes de la maleza, bajo las rocas o tras los árboles, había enmudecido, como si toda señal de vida se hubiese escondido en las profundidades de la naturaleza.

La brisa helada también se había esfumado y había dejado un entorno asfixiante tras su marcha.

La espesura del fondo del cementerio se antojaba un paisaje postizo, un cuadro pintado con el único fin de adornar.

Tan solo el aroma a tierra mojada que ascendía desde el suelo atestiguaba que seguía allí, en el mundo real.

En medio de la negrura, éramos tres sombras casi imperceptibles sobre incontables cuerpos soterrados.

El sepulturero no me quitaba el ojo de encima, ligeramente encorvado y con el pavor como expresión.

Se apoyaba sobre la pala, pero su cuerpo trémulo lo hacía tambalearse y lo obligaba a rectificar su postura para mantenerse en pie.

El vagabundo se erguía a poca distancia de mí, interponiéndose entre el sepulturero y yo.

Su pose recta, aferrado al bastón, y su cabeza alta reflejaban una altanería propia de quien no tiene nada que perder.

Cuando fui capaz de abstraerme de esa sonrisa tétrica, percibí unos rasgos mucho más envejecidos de los que hasta entonces había advertido.

Me sorprendí a mí mismo con los labios apretados y los ojos muy abiertos, como si pretendiese hundirlo con la mirada. Tenía la respiración contenida y el corazón, a punto de explotar, retumbaba en mi pecho con intensidad.

—Dijo que lo sabía todo sobre el pueblo. —Noté mi voz más tosca de lo habitual—. La primera vez que nos vimos. Aquí mismo, en este cementerio, que sospechosamente visita con tanta frecuencia. Dígame, ¿qué sabe del Ángel de la Misericordia?

El anciano relajó de una vez sus facciones y su mesura se tornó en un semblante todavía más siniestro.

—Chico, ¿por qué habría de decírtelo si me vienes con semejantes exigencias? Sí, sé más de lo que te puedas imaginar sobre la gente con la que convives. Pero ¿qué me obliga a hablarte de ello?

—Estaba aquí el día que enterré a mi madre —recriminé exaltado—.

Usted y su amigo. Puede que él no hable, pero usted no calla, eso salta a la vista.

—Me vi tentado de referirme a las memorias desaparecidas de mi madre, de exigirle que me dijera qué sabía al respecto, pero decidí guardármelo por el momento.

No quise mostrar mis cartas sin saber el alcance de su conocimiento—.

Sé que algo extraño está sucediendo, algo que tuvo que ver con la muerte de mi madre y puede que con la de otras personas.

Algo que me ha traído hasta aquí. ¿No es justo saber cómo murió mi madre?

—Hablas mucho, pero dices muy poco —repuso taimado el vagabundo—. Voy a sintetizar lo que mis oídos han captado: tu madre ha muerto, como otras muchas personas, y no entiendes por qué. No te juzgo, comprendo la ira que te corroe por dentro, pero eso no es de mi incumbencia.

—¡Usted también estaría furioso si supiese que hay alguien detrás de la muerte de un ser querido!

Al alzar la voz, una bandada de pájaros más negros que el tizne de mi martillo levantó el vuelo a lo lejos y huyó en la dirección opuesta. Mis hombros subían y bajaban, y mi paciencia se agotaba.

—Hagamos una cosa, Roy. No hemos empezado adecuadamente, pero quiero ayudarte.

De verdad que sí. —De nuevo esa mueca perversa se dibujó en su cara—.

Respira hondo, cálmate un poco y hablemos de otra cosa.

Conozcámonos un poco, ¿no crees? ¿O es que los jóvenes habéis perdido definitivamente el respeto hacia los mayores?

Viendo que mis formas me estaban conduciendo hacia un callejón sin salida, decidí seguirle el juego, satisfacer su ego.

—Empiezo yo. Y lo hago por el principio, por presentarme. Mi nombre es Johne Wayfarer. Mucho gusto, Roy. Por cierto, Roy ¿qué más?

—Bean.

—Así mejor. Mucho mejor, de hecho. ¿No crees?

—Johne soltó una carcajada. El recelo del sepulturero, a su espalda, parecía haberse esfumado, aunque seguía utilizando a Johne como escudo—.

Bien, Roy, aunque yo ahora sea un cuentacuentos, no siempre ha sido así.

Me he dedicado a muchas cosas en la larga vida que he tenido.

Y, cuando no me ha quedado más remedio, tampoco me ha importado rebuscar entre la podredumbre que se acumulaba en los rincones más pestilentes de cada callejón del pueblo en busca de cualquier cosa que vender, aunque para ello haya tenido que apartar a las ratas con mis propias manos.

—Johne se divertía con su anécdota, pero mi desesperación iba en aumen­to—.

Pero te hablaré de un trabajo mucho más agradecido: el de comedor de pecados.

Me pagaban por absorber los pecados de los difuntos.

¿Cómo crees que lo hacía? Sencillo. Tan solo restregaban alimentos por el cuerpo sin vida y yo los ingería después.

No solo me llevaba una buena comida gratis, sino que además me pagaban.

En una ocasión hasta llegué a recibir un merk .

Casi una libra, ¿te lo puedes creer? ¡Estos ricos no saben ya en qué gastar su fortuna!

Pero si hay un oficio que era superior a mis fuerzas fue el de recolector de sanguijuelas.

¡Mira! —Se señaló el brazo—. Todavía se me eriza el vello al evocar aquella escena.

El problema no era atravesar el pantano con las piernas desnudas para que las sanguijuelas se aferrasen a ellas con las mandíbulas.

El problema venía después, cuando era el momento de retirarlas y el flujo de sangre no cesaba por cada una de las decenas de heridas.

¡Yo es que con la sangre no puedo! Una gotita y…

Mejor no sigamos con eso, que se me va la cabeza solo de imaginármelo.

—Una vida muy interesante, de verdad —fingí—. ¿Ahora puede…?

—Sí —me interrumpió—. Ha sido interesante, ha habido de todo. También me he dedicado a otras cosas más comunes, pero eso pertenece a otra vida. Una vida pasada de la que casi no almaceno recuerdos.

Su retórica comenzaba a exasperarme. Johne hubo de percatarse, pues hizo un ademán con el brazo y viró la conversación, al fin, hacia lo que verdaderamente me interesaba.

—¿Tú sabes lo que es un ángel, Roy? Los ángeles son seres perfectos, todo bondad al servicio de Dios. Con cualidades muy por encima de las nuestras. ¿De verdad crees que un ángel ha bajado y ha matado a tu madre? ¿Que está asesinando a quien le place?

A pesar de ser una banalidad, no me había parado a recapacitar hasta que lo dijo, no me lo había planteado. Si no era un ángel de verdad, se trataría entonces de un ardid, una ilusión, una máscara tras la que esconderse para disfrazar de sobrenatural algo mundano.

—En todo caso —prosiguió Johne—, estaríamos hablando de un ángel caído.

Eso, amigo, es otra cuestión. Te hablaré de ellos.

¿De verdad pueden existir seres perfectos, como lo serían los ángeles?

No, claro que no. Solo Él, solo Dios, lo es.

Al menos eso es lo que nos dicen. —Johne me guiñó un ojo e hizo una pausa.

Se estaba regocijando en su elocuencia de cuentacuentos—.

Por lo tanto, esa imperfección, por pequeña que sea, termina desbordando incluso en los ángeles.

Y traidores los hay por todas partes, entre los ángeles también.

Pero nada se le escapa a Dios, así que los desterró cuando se enteró para dar un castigo ejemplar.

Dicho esto, ¿crees ahora que un ángel caído puede ser misericordioso?

¿O realmente pretende algo más por su propio beneficio?

Las palabras flotaron en el silencio, resonando en mi cabeza al mismo ritmo al que se disipaban en el aire. Johne, mientras tanto, aprovechó para volverse y dirigirse al sepulturero. Este asintió y se alejó sin rechistar. Con su peculiar balanceo, se perdió en el bosque y no lo volví a ver.

—Lo entiendo, estoy de acuerdo —dije, todavía con la voz rasgada—. No es un ángel, se trata de alguien como usted y como yo, me da igual. Lo que quiero saber es cómo puedo encontrarlo. Necesito respuestas. Y he de pararle los pies o seguirá matando con impunidad.

Johne, con los ojos cerrados, negaba fuertemente con la cabeza. Se acercó a mí, lo que hizo que los músculos de todo mi cuerpo se tensasen. Llevaba los brazos cruzados tras la espalda y el bastón asomaba por uno de sus costados.

—Pero ¡qué impaciente eres! Te encanta sacar conclusiones antes siquiera de que haya finalizado mi relato.

—Johne me palmeó la mejilla varias veces con condescendencia.

Y, aunque el fuego ardió con más fuerza en mi estómago, no fui capaz de reaccionar—.

No se trata de alguien como tú, eso podría tallarlo en piedra ahora mismo.

Aunque no puedo decir lo mismo respecto a mí…

Yo solo he dicho que no es ningún ángel, pero eso no quiere decir que no posea ciertas cualidades que se escapan al entendimiento humano… A menos que abras tu mente, claro está.

¿De qué estaba hablando? Sus desvaríos se habían vuelto incomprensibles. Eso, o es que yo no quería creer lo que trataba de transmitirme.